Había de todo: actas, anuarios, cartas, periódicos, presupuestos... La mayoría de ellos previos a mi fecha de nacimiento; varios, anteriores al de mi madre. Y aunque mi foco estaba claro, buscar cualquier documento que estuviera relacionado con los accidentes, me fue imposible no distraerme con las múltiples historias que surgían de los volúmenes que iba abriendo: los premios a los deportistas destacados, la organización de los campamentos, los resultados de las elecciones, los conflictos por mala conducta... Y sí, también acerca de las tragedias sucedidas; con los nombres de las víctimas y heridos, el resumen de lo ocurrido, los recortes de prensa, las condolencias a los familiares o los costos de los operativos de rescate.
Un ejercicio de revisión que se me hizo adictivo y desarrolló una necesidad embriagante por saberlo todo; incluyendo cómo irían a terminar los acontecimientos mencionados. Compulsión que se veía potenciada por la fantasía de que yo tenía el control del flujo del tiempo, porque, al dar vueltas las hojas a mi entero albedrío, podía ver el desarrollo de los eventos de semanas y meses en segundos; como si estos se estuvieran dando en tiempo “real”. Tiempo real de un pasado ido, claro está.
He de admitirlo, aquella fue la primera vez en mi vida que pude sentir físicamente la Historia.
Finalmente, tras días y días de esta fascinante experiencia, dejé la habitación para no volver. Luego visité otros organismos que podían tener registros relevantes; en algunos me fue bien, en otros no, pero al acabar lo que se podría llamar una primera ronda de investigaciones, no solo pude triplicar la cantidad de datos que tenía originalmente, sino que también, más importante aún, adquirí perspectiva. Una que me hizo entender el esencial hecho que podía narrar todas las historias que yo quisiera, pero que por ningún motivo debía permitir que tales relatos derivaran en evaluaciones o juicios de valor acerca de lo ocurrido.
O, dicho de otra manera, que a pesar de su utilidad y entendiendo que es lo que la gente más desea conocer, sería un error de mi parte involucrarme en hacer estudios de casos con los accidentes.
La razón no es obvia y explicarla tampoco es fácil. De hecho, a mí solo se me hizo evidente después de bastante tiempo y tras observar en detalle decenas de informes, artículos y reportes que ya lo habían intentado desde principios del siglo XX; los cuales mezclaban hechos (asumo que correctos) con ideas preconcebidas, aseveraciones antojadizas y silogismos equivocados. Una combinación no virtuosa que forzosamente no podía más que desembocar en discutibles conclusiones, tanto así que en varias ocasiones parecía ser que tales análisis no eran nada más que ajustes de cuentas por pasados conflictos entre los actores involucrados; o bien, herramientas de poder para desbancar a posibles competidores en futuros negocios que se estaban haciendo en torno a las actividades de montaña (sí, una vez más, la gama completa de la naturaleza humana presente).
Peor aún, dichos esfuerzos estaban condenados a la inutilidad desde su concepción debido a que adolecían de la misma falla fundamental: ninguno de ellos se sustentaba en un marco conceptual de trabajo. Es decir, las investigaciones eran realizadas sin un conjunto de definiciones, criterios o metodologías que dieran vida a una estructura formal que tuviera sentido, fuera coherente y generara un consenso mínimo en la comunidad.
Esta falencia, así como se describe, pareciera ser una cuya importancia es meramente académica; sin implicancias concretas. No obstante, nada más alejado de la realidad. Sin ella, por ejemplo, no es posible comprobar cuán ciertas son la multitud de frases manidas que rodean el montañismo (por ejemplo, si es verdad que la mayoría de los accidentes suceden al regreso). O, a que cuando se efectúan sumarios, por los mismos hechos se castiguen a unos pero no a otros dependiendo del “estado de ánimo” de los inquisidores (dirigentes, comités o tribunales de disciplina). Sin olvidar, por supuesto, la multitud de problemas que causa la continua publicación de estadísticas que son hechas sin rigor; las cuales, como dan para probar cualquier cosa, prontamente son utilizadas por quienes están en posiciones de poder para justificar lo que se les venga en gana. Tales como cobrar por rescates, cerrar áreas silvestres, aprobar centrales hidroeléctricas, establecer cuestionables normativas, promulgar equivocadas leyes o incidir en las decisiones de las cortes de justicia en las demandas por negligencia (o en las de carácter criminal).
Mantener en la sociedad un debate ilustrado importa. Y para el caso de este tema, eso nunca fue posible debido a la mencionada ausencia de marcos conceptuales válidos. Los que, de haber existido, hubieran permitido clasificar correctamente los datos.
Que tampoco había.
Otro descubrimiento que se me reveló pronto en las indagaciones y que literalmente me dejó con la boca abierta. Efectivamente, y por más increíble que pueda parecer, tras doscientos y más años de historia como país, ninguna persona o entidad había sido capaz de construir un catastro de accidentes. Sí, es cierto, en mis recorridos encontré varios dignos intentos, pero ellos eran demasiado incompletos y/o excesivamente informales como para convertirlos en un punto de partida sólido para estudiar el fenómeno.
En resumen, el estado del análisis de la accidentabilidad en las montañas de Chile a esa fecha se podía resumir en una simple frase: no había nada. Ni marcos conceptuales, ni datos, ni estudios previos en los cuales basarse.
Pasaron dos años. Yo continué con mis visitas a otras organizaciones, sostuve decenas de entrevistas con personas cercanas al tema (testigos, socorristas, guardaparques, policías, etcétera) y la información recopilada creció tanto que tuve que ahora migrarla a una base de datos. En todo aquel período dilatando la decisión de si, dado que no era tan buena idea abocarme a lo que originalmente quería, me dedicaría en cambio a contribuir de alguna manera en atacar las carencias descritas; específicamente compilando los accidentes producidos. Dudas que se mantuvieron por bastante tiempo porque, dadas mis experiencias previas, sabía exactamente a lo que me iba a enfrentar: me tomaría años, no habría ayuda y probablemente sería criticado.
Hasta que estando en otra biblioteca, esta vez incómodo y con frío mientras afuera llovía, al abrir un nuevo tomo de hojas gastadas di sin querer con la historia de Alfredo Suárez.
2. Precisiones
Ese fue el día en que las dudas desaparecieron y mi decisión se hizo obvia. En vez de escribir humanas historias o hacer estudios de casos, haría una recopilación; una que contuviera la máxima información posible de todos los accidentes que hubieran ocurrido en nuestras montañas.
Ahora, ¿qué significaba exactamente eso, cómo lo iba a llevar a cabo y qué resultado concreto originaría? Ni idea. Tanto así que me tomó una década adicional de idas y vueltas formalizar tal impulso.
Probablemente la primera gran determinación que surgió fue que, dada la cantidad de años que llevaba estudiando el tema, lo iba a implementar sin la participación de otros autores o instituciones. Por tres razones principales. Primero, porque ya estaba desarrollando una visión de la problemática de la accidentabilidad que no parecía tener símil en la comunidad local; lo que, en caso de asociarme con terceros, se expresaría en retrasos debido al desgastante proceso de conciliación que típicamente se da en grupos con puntos de vista heterogéneos. Segundo, que dada la cantidad de intereses creados que rondan a este tema (por ejemplo, a ningún centro de esquí le gustaría salir liderando algún ranking de accidentabilidad), por ningún motivo quería que la investigación perdiera el carácter de independiente con la que se iba a desarrollar; propósito que podría diluirse, sutil o brutalmente, si surgían conflictos de intereses que después tendrían que ser zanjados por un colectivo. Tercero, y no tengo problemas en admitirlo, si al hacerse público este trabajo llegaban reconocimientos, yo deseaba que estos se asociaran directamente a mi persona; o sea, nada más que el natural anhelo por retribución cuando un proyecto demanda severos esfuerzos por extensos períodos de tiempo.
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