Ahí pasó casi diez años.
Después de esa larga estancia, al despuntar los calores de una nueva primavera, abandonó el neuropsiquiátrico y llegó al centro de Buenos Aires. A pesar del tiempo transcurrido, no fue capaz de regresar a su barrio por temor a los vecinos, por la actitud hostil demostrada hacia él y hacia su familia.
Por un instante pensó en las enseñanzas acerca de la moral inculcadas por su padre y en el cariño brindado por su madre para impulsarlo a ser un hombre de bien al servicio de la patria. Su corta inteligencia analizaba con tenacidad los hechos de su pasado, pero con resultados inciertos al momento de evaluar las circunstancias de su vida. Una bruma densa le impedía a su cerebro procesar los datos complejos de la realidad y se conformaba con la simple evocación de la época en la cual se ocupaba con tanta honra de los perros perdidos.
Sin parientes, se dedicó a vagar por las avenidas porteñas haciéndose de alguna manta, pidiendo comida en los bares del Bajo, durmiendo en sitios malolientes, sentado a contemplar durante horas el cielo estrellado de las noches de abril. Y se detenía si la baba le pegoteaba demasiado la camisa y lloraba, sosegado, recordando el arroyo y la honrosa tarea de su padre, la de proveer de alimento a los suyos, tratando de no pensar en el doloroso acto del sacrificio. Y a veces, muchas veces, pensaba en los abrazos de su madre agradeciendo el puñado de billetes ganados con el trabajo realizado para Antonio. Y eso era suficiente para calentarle el pecho, sin saber en absoluto de sentimientos, ignorando el nombre de esa sensación tan placentera.
El Bolo solía dormir tirado sobre un colchón en uno de los extremos de la escalinata de la parroquia. Adulto, cargado de hombros y obeso, hundido ya en la oligofrenia, con el rostro deforme y el párpado izquierdo caído, se babeaba, por la comisura del labio del mismo lado, mirando hacia la nada.
Recordó con orgullo un exacto período de su infancia, cuando su padre había confiado en él, a fin de asegurar la cena digna de su familia honesta. Y ese recuerdo lo hizo reflexionar, en silencio, hasta donde se lo permitía la limitada posibilidad de elaborar una idea sencilla. Un dejo de nostalgia le tocó el alma. Se restregó la manga del saco pringoso limpiándose la saliva de la cara, enfocando sus pensamientos en otra cosa.
Algo lo distrajo: un bulto marrón tironeaba de la punta de la frazada. Era un cachorro. Se alejaba y volvía en forma reiterada, quizás con temor a ser agredido. Sin duda no tenía dueño. Quería seguir su camino, pero no se decidía por la dirección a tomar, si por aquí o por allá.
Optó por la hilera de canteros menos iluminada y se fue moviendo la cola.
El Bolo, rengueando un poco, lo siguió. Trató de hacerlo con cuidado: el sonido de la suela no debía asustar al animalito. Y cuando lo pudo alcanzar lo tomó con firmeza de una de las patas y lo levantó. Con benevolencia deslizó la mano enorme por encima del lomo y el cachorro estiró las orejas hacia atrás: le gustaba sentir el contacto de la piel humana. Le acarició el hocico y el perrito en vez de morderlo se mantuvo quieto, pero sin dejar de temblar. La persecución había sido de sólo una cuadra y el Bolo estaba terriblemente cansado.
Agitado por el trajín de sus piernas ulcerosas, se sentó en el cordón de la vereda. El perro se echó a su lado y le pasó la lengua húmeda por los dedos.
Parecían dos cirujas esperando que una limosna cayera del cielo.
Y no caía.
Sin embargo, ya habían recibido el envío divino sin darse cuenta. Se trataba de simples regalos espirituales.
Para el Bolo: la indulgencia de una compañía; la exclusiva gratitud a la cual podía aspirar. Pues la cualidad congénita, la condición de idiota, bloqueaba su acceso a las emociones complejas, por ejemplo, el amor o la amistad.
Para el cachorro: la concedida a los animales domesticados, la única permitida al destino de los perros perdidos, la de haber encontrado la calidez de una caricia.
Bastó sólo eso a fin de sostener la unión de ambos destinos, y así se mantuvieron en el suspenso del atardecer, como dos criaturas casi de la misma especie, mirando con la inocencia de los ojos ausentes el inmaculado paso del tiempo y el sencillo discurrir de las cosas.
EL TRABAJO DEL RÍO
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