Si bien Guillermine no escribió ningún manifiesto ni dejó escritos, hay historiadores que ven en su vida, actuación y doctrina la responsable de levantar los primeros cimientos del feminismo. Con sus prédicas públicas y ejemplo de vida habría promovido una colectividad de mujeres que tenían una comunicación directa e igualitaria con Dios, salvando todas las jerarquías sociales y eclesiales de la época. Esta agrupación de fieles, que abarcaba todas las clases sociales, rompió con los paradigmas de la época en cuanto al valor y dignidad que se le asignaba a la mujer.
Sus seguidores formaron una secta que se denominó “los guillermitas”. Mayoritariamente provenían de Milán y sus alrededores. Guillermine hablaba de la Biblia en términos perfectamente ortodoxos, al tiempo que reivindicaba para la mujer un papel en pie de igualdad con el hombre en la comunidad cristiana.
Durante gran parte de su vida Guillermine vivió en la Abadía de Chiaravelle, en las cercanías de la ciudad de Milán, donde fue acogida por los religiosos, quienes le asignaron una casa dentro de los muros del convento para su protección; después de su muerte fue venerada por la orden como una santa. Una de sus más fieles seguidoras, Maifreda de Pirovano, se erigió como sacerdotisa del culto, lo que atrajo las iras de Roma cuando se supo que había celebrado una misa con ceremonia de consagración, tras la cual se la declaró papisa, por lo que se envió al Santo Oficio a investigar. Los inquisidores explotaron hábilmente las envidias y rencores que existían al interior de la secta y, utilizando todos los recursos destinados a extirpar la herejía, procesaron a los seguidores de Guillermine y Maifreda como herejes y los condenaron a la hoguera. Del rescate de algunas actas del juicio se pudo constatar que Guillermine también fue condenada como hereje no obstante ya estaba muerta, por lo que se ordenó exhumar su cuerpo que yacía enterrado en la Abadía para que fuera quemado junto al cuerpo vivo de Maifreda de Pirovano en el año 1300.
Las beguinas
Otras estudiosas de la historia de la mujer consideran a las predicadoras y “brujas” como precursoras del feminismo. Se trataba de mujeres que oficiaban de curanderas, parteras o sanadoras que vivían al margen de la comunidad que atendían.
En los Países Bajos -Holanda, Flandes- surgieron también alrededor del siglo XIII, para luego extenderse por casi toda Europa, mujeres que buscaban una vida más allá del matrimonio o el convento. Convivían en grupos pequeños, administrando sus bienes en comunidad, escribiendo sobre temas espirituales, asistiendo enfermos y haciendo obras de caridad. Se las denominó “beguinas”. Cristianas laicas con orígenes aristocráticos o burgueses, tenían conocimientos en griego y latín. Muchas hacían traducciones de textos religiosos a las lenguas vulgares, desarrollando prácticamente la única literatura existente en esos días. Estas mujeres vivieron, para los cánones de la época, libremente, sin acatar reglas ni obediencia al orden jerárquico social o eclesial. Su vida transcurría al margen de la familia y de la autoridad religiosa mientras duraba su apostolado, y podían marcharse cuando lo quisieran.
Entre ellas destaca la francesa Margarita Porete (1260-1310), cuyo libro El espejo de las almas simples fue el primer manual espiritual escrito en lengua vernácula en lugar del latín.
En algunas regiones, las beguinas alcanzaron la misma fama que los trovadores, siendo fundadoras de la primera literatura flamenca, francesa y alemana.
Debido a su autonomía de pensamiento y acción, además de sus orígenes nobles, lograron un acceso limitado a la propiedad privada, pudiendo explotar sus tierras en forma independiente para su autosustentación. Ello significó que fueran vistas como peligrosas por la jerarquía eclesiástica, provocando que estuvieran permanentemente bajo sospecha. Muchas fueron enjuiciadas como brujas o herejes y condenadas a la hoguera por la Inquisición.
Christine de Pizan (1364- 1430)
Escritora y filósofa francesa, Christine de Pizan responde al claro desprecio hacia la mujer que imperaba en el cristianismo temprano. Ella se rebeló ante la discriminación teológica que percibía en la interpretación de la Biblia por la Iglesia respecto de las mujeres, a las que sentía que dejaban fuera de la redención y el paraíso.
Nació en Venecia, Italia, pero durante su niñez su familia se trasladó a Francia, donde fue educada y vivió hasta su muerte. Fue la primera mujer en ser reconocida como escritora profesional, además de una gran polemista, participando en encendidos debates literario-teológicos de la época. En sus numerosos escritos abordó temas como la violación y el derecho de las mujeres al conocimiento, dejando a su muerte, en 1430, en el Convento de Poissy, numerosas obras que trascendieron a la historia.
La obra más conocida de Christine de Pizan fue publicada en 1405 y se tituló La ciudad de las damas. Se trata de un texto que abre una brecha importante en los parámetros culturales desde el propio pensamiento cristiano. La escritora ataca el discurso de la inferioridad de las mujeres en la Iglesia y la sociedad y ofrece una visión alternativa basándose en la Virgen María como defensora, protectora y guardiana de esa ciudad alternativa. Esta idea generó una nueva conciencia acerca de la dignidad de la mujer como persona humana. Aunque la Pizan no cuestionó directamente la jerarquía eclesiástica ni exigió la igualdad social entre los sexos, se le puede considerar como una de las primeras voces feministas, ya que su discurso atacó las ideas dominantes de su tiempo sobre la inferioridad e intrínseca maldad que se le atribuía a la mujer. El discurso buscaba elogiar la superioridad de las mujeres sobre los hombres desde un punto de vista moral, atribuyendo el vicio a lo masculino y la virtud a lo femenino, reflexionando cómo sería una ciudad donde no existieran ni las guerras ni el caos que promovían los hombres.
En su obra realizó un catálogo de mujeres excepcionales, empezando por aquellas citadas en la Biblia y agregando otras de la historia y la leyenda. Aludía a reinas y nobles, y colocaba a la Virgen María como arquetipo a seguir, para significar el aporte de las mujeres al mundo. Su voz fue acallada durante siglos pues desafió las convenciones de su tiempo, y cuando enviudó, a los 25 años, mantuvo con sus ingresos de escritora a sus tres hijos, su madre y una sobrina, lo que constituye un misterio de sobrevivencia para la época y da cuenta de su talento.
Sus obras fueron por años atribuidas al renombrado escritor Bocaccio, hasta que en 1786, otra mujer, Louise-Felicité de Kéralio, escritora y traductora francesa, las recuperó, restituyendo su autoría a Christine de Pizan.
La misoginia y la subordinación de la mujer fueron constantes durante los siglos. En España los refranes frecuentemente lo reflejaban: “A mal caballo, espuela; a la mala mujer, palo que le duela”; “Dar con buen melón y buena mujer, acierto es; el melón y la mujer, malos son de conocer”; “Mujer buena y segura, búscala en la sepultura”. El mundo occidental durante el Renacimiento se abre a un pensamiento universal como ideal del hombre, sin embargo, el culto a la belleza, el ingenio y la inteligencia no incluía como actores a la mitad de la población, es decir, a las mujeres. Paulatinamente, con la Ilustración, surgieron brechas en el pensamiento dominante, aunque siempre se trató de voces aisladas en las clases más educadas.
Las preciosas y los Cuadernos de quejas
A fines del siglo XIV, surge lo que se conoce como “la querelle des femmes” (la querella de las mujeres), debate literario y académico en defensa de la capacidad intelectual, el derecho a la educación y el acceso a la universidad y a la política de las mujeres. La discusión tuvo a muchas representantes, entre ellas, la filósofa francesa Marie de Gournay (1565 -1645), que en su libro La igualdad de los hombres y las mujeres, publicado en 1622, sostuvo que la consecuencia lógica era el derecho de la mujer a ser considerada persona, pues, estrictamente hablando, el ser humano no es ni masculino ni femenino.
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