La cuarta ola feminista se alza como un feminismo en el que surgen nuevos objetivos y estrategias para la lucha social a partir de las banderas del multiculturalismo, la ecología y el activismo online.
La investigación sobre el tema y el desarrollo de la historia del movimiento en diversos puntos del planeta me llevó a constatar que el feminismo liberal clásico -o de la igualdad jurídica- fue el que inspiró a las feministas que se reflejan en la primera ola. Por el contrario, el discurso del feminismo radical actual se encuentra secuestrado por la ideología de género y la filosofía posmoderna, que ha permeado todos los ámbitos de la cultura y la sociedad a través de lo que se ha denominado la “batalla cultural”. De ahí la importancia de desarrollar este texto con una visión neutra del movimiento, haciendo un recorrido por su evolución y sus múltiples corrientes, intentando soslayar el tinte ideológico que exhiben la mayoría de las obras consultadas a través de la compilación breve y no exhaustiva de biografías y reseñas de las obras principales que constituyen su teoría, así como la descripción sumaria de estas nuevas corrientes.
Creo que en su origen el feminismo como movimiento social y político nunca pretendió ser un movimiento ideológico de derechas o izquierdas, sino plantearse como un movimiento social universalista, transversal y reivindicativo de derechos humanos fundamentales, que agrupara bajo el mismo paraguas a la mitad de la humanidad históricamente visible y a la mitad silenciada, lo que hasta ahora sólo ha logrado verdaderos avances y resultados tangibles en el mundo occidental.
En el mundo siempre han existido mujeres extraordinarias que han brillado por sí mismas y han dejado huella en la historia por sus talentos. Sin embargo, sólo hablamos de feministas cuando nos referimos a aquellas que dejaron prueba de sus reivindicaciones frente al estatus de su condición de mujer, considerada históricamente como inferior al hombre en los distintos ámbitos, buscando quizás despertar la conciencia colectiva sobre esta arbitraria creencia ancestral. Es así como, para hacer una cronología histórica del movimiento feminista, cabe remontarse a las primeras constancias escritas que hacen una vindicación de igualdad de derechos entre hombres y mujeres en cualquier ámbito.
El diccionario de la R.A.E. en su 21° edición señala que la palabra “feminismo” significa: “(Del lat. Fémina, mujer, hembra, e-ismo)m. 1. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres./ 2. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”. La definición me parece parcial y pobre, aunque demuestra claramente lo que la mujer ha tenido que enfrentar a lo largo de la historia. Aparece de manifiesto en cualquiera de las dos acepciones de la R.A.E. que el mundo siempre estuvo dividido entre hombres y mujeres como dos categorías diferentes, en las que los primeros eran los que detentaban tradicionalmente el poder y en consecuencia, los derechos, mientras que las segundas estuvieron sometidas y, por tanto, invisibilizadas, con lo cual tuvieron que luchar primero para ser reconocidas como seres humanos dotados de mente y espíritu, y luego como personas sujeto de derechos.
El camino de la conquista que ha tenido que hacer la mujer a lo largo de los siglos por dicho reconocimiento ha sido lento, largo y muchas veces doloroso. En los inicios de este siglo XXI recién podemos afirmar que la igualdad de la mujer como persona no se cuestiona en los países del mundo occidental, al menos a nivel teórico, atendido que la igualdad de derechos fundamentales en tanto su calidad de persona humana se encuentra consagrada ya desde mediados del siglo XX en la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948.
Las precursoras
Son tantas las precursoras del feminismo que algunas se pierden en los anales de la historia. Sin embargo, todas ellas se caracterizaron por su individualidad y excepcionalidad en una sociedad que no reconocía ningún protagonismo a las mujeres. Sus vidas y acciones se vieron invisibilizadas mayoritariamente por una cortina del silencio y la omisión en los registros históricos de sus contemporáneos. Aún así, algunas trascendieron a su época y han llegado a nuestro conocimiento.
La poeta griega Safo de Lesbos -o Safo de Mitilene-, contemporánea de Homero, por ejemplo, se caracterizó por su cultura y libertad en la escritura de algunos poemas que todavía subsisten. Notable también fue Hipatia de Alejandría (370-415), matemática y filósofa griega cuya inteligencia y extraordinarios logros científicos y matemáticos llevaron a que la Iglesia la acusara de hereje y fuera cruelmente asesinada por una turba de fanáticos cristianos. Por su parte, Hildegarda Von Bingen (1089- 1179) fue una mujer cuya cultura y conocimientos abarcaron distintas áreas del saber, como filosofía, biología y música, desempeñándose además como abadesa durante el Sacro Imperio Romano Germánico. Otro ejemplo fue Leonor de Aquitania (1122-1204), casada con dos reyes y madre de tres monarcas, que se destacó como mecenas de las artes y primera mujer que combatió en una cruzada cristiana.
He omitido muchísimos nombres, pero no es mi intención abarcar a todas las maravillosas mujeres singulares que han existido en el mundo porque, sin duda, sería un esfuerzo imposible. Mi intención al nombrarlas es dejar en evidencia su trascendencia, pese a las barreras que cada época impuso a su género.
Los primeros manifiestos o escritos que abogan por la situación desmedrada de la mujer en la sociedad, y que trascendieron, se remontan a la Edad Media y surgen en el contexto religioso de una Europa sumergida en la religión y la superstición. La Iglesia Católica ejercía un control absoluto sobre la vida y costumbres de la época, imponiendo especialmente a las mujeres una pesada carga de restricciones y prohibiciones. Ellas sólo podían actuar en el ámbito privado y siempre bajo el amparo o dominación del padre, marido, o varón al que se hubiera otorgado su tutela. En la literatura y estudios de la época existía una creencia generalizada que las mujeres encarnaban el pecado, la lujuria y todos los vicios desatados desde la caída de Eva y la pérdida del paraíso. Para los historiadores y filósofos medievales era impensable considerar siquiera a la mujer como una persona humana. Jurídicamente su posición tenía el nivel de los esclavos y animales domésticos, desconociendo la posibilidad de que pudiera albergar un alma.
Guillermine de Bohemia (1210-1281)
Muchas estudiosas de la historia de la mujer sitúan el inicio del despertar colectivo de esta en la voz de Guillermine (o Guillerma) de Bohemia. A fines del siglo XIII, Guillermine cuestionó la interpretación que la Iglesia Católica hacía de las Sagradas Escrituras respecto del rol de la mujer en la sociedad cristiana y su eventual trascendencia después de la muerte.
El motivo de su cuestionamiento era que ella sentía que la Iglesia no la representaba; tras un profundo estudio de la Biblia había concluido que, dado que no existía una deidad femenina en su doctrina, lo que se manifestaba en que Eva sólo constituía una extensión de Adán, el sacrificio de Cristo era un acontecimiento que sólo redimía a los varones. Por lo tanto ella -y toda la comunidad femenina- no podía ser alcanzada por la Gracia del Hijo de Dios, ya que la Iglesia mantenía a las mujeres al margen de la redención. En virtud de estos argumentos filosóficos decidió crear una Iglesia de Mujeres. Esta iglesia es conocida como un movimiento místico que también contó con numerosos hombres entre sus adeptos, y cuya finalidad era hacer una reinterpretación de las Escrituras e incluir el reconocimiento de las mujeres para la salvación de su alma. No podemos, sin embargo, considerarlo propiamente una revolución feminista, ya que su rebelión se enmarcaba en los límites de la teología y sólo pretendía el reconocimiento de la mujer como sujeto de redención dentro del culto eclesial romano.
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