Anna Sewell - Belleza Negra

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Belleza Negra también conocida como Azabache es uno de los libros más vendidos de todos los tiempos.
La obra es narrada en primera persona como una memoria autobiográfica contada por un caballo llamado Azabache (en inglés original, Black Beauty) -partiendo con sus alegres días como potranco en una granja inglesa siguiendo con su difícil vida en Londres tirando cabriolés, hasta su feliz retirada en el país. Durante su camino, se encuentra con muchas dificultades y cuenta muchas historias de crueldad y amabilidad. Cada pequeño capítulo cuenta algún incidente en la vida de Azabache que contiene una lección o moraleja típicamente relacionada con la bondad, con la simpatía, y también sobre el trato de los caballos; con detalladas observaciones y extensas descripciones del comportamiento de los equinos, se da a la novela un buen toque de verosimilitud.

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-No es de extrañar -comentó John.- ¿No sabes acaso que la vieja Duquesa, del granjero Grey, era la madre de ambos? Era la primera vez que oía tal cosa. ¡De modo que el pobre Rob Roy, que perdió la vida en la cacería, era mi hermano! No me extrañó que mi madre se mostrara tan apenada. Parece que los caballos no tienen parientes; por lo menos, nunca se conocen después de ser vendidos. John parecía muy orgulloso de mí; solía cepillarme la crin y la cola hasta que me quedaban sedosas como la cabellera de una mujer, y me hablaba mucho. Claro está que yo no entendía todo lo que me decía, pero aprendí cada vez más a saber qué quería decir y qué deseaba que hiciera. Llegué a tenerle mucho afecto, pues era muy amable y bondadoso y parecía conocer los sentimientos de un caballo. Cuando me limpiaba, conocía los lugares sensibles y los que causaban cosquillas; cuando me cepillaba la cabeza, cuidaba mis ojos como si fueran los suyos, sin producir nunca la menor molestia. A su modo, el mozo del establo, James Howard, era igual de amable y bondadoso, de modo que me consideré afortunado. Otro hombre ayudaba en el patio, pero poco tenía que ver con Bravía y conmigo. Unos días más tarde, tuve que sacar el carruaje junto con Bravía. Me preguntaba cómo nos llevaríamos, pero ella se condujo muy bien, salvo que echó atrás las orejas cuando me llevaron junto a ella. Cumplió su labor honestamente y sin retaceos, de modo que no pude desear tener mejor compañera en un doble arnés. Cuando llegábamos a una cuesta, en lugar de aflojar el paso, echaba su peso contra el collar y empujaba hacia adelante sin vacilar. Ambos trabajábamos con el mismo ahínco, de modo que John tuvo que contenernos, con más frecuencia que apremiarnos, y sin verso obligado jamás a recurrir al látigo contra uno de nosotros. Llevábamos casi el mismo ritmo, y me resultó muy fácil seguirle el paso al trotar. Así era más agradable, y al amo le gustaba que siguiéramos bien el paso, lo mismo que a John. Una vez que salimos juntos dos o tres veces, nos hicimos muy amigos, lo cual me hizo sentir como en mi casa. En cuanto a Patas Alegres, no tardamos en llegar a ser grandes amigos. Tan alegre, animoso y bonachón era, que todos lo tenían como favorito, especialmente la señorita, Jessie y la señorita Flora, quienes solían pasear con él por el huerto, y divertirse jugando con él y con su perrito, Juguetón. Nuestro amo poseía otros dos caballos, que ocupaban otro establo. Uno era Justicia, una jaca enana, empleada para silla o para tirar del carro de los equipajes; el otro, un viejo zaino de caza, llamado Sir Oliver, que aunque ya no podía trabajar, era el gran favorito del amo, quien le permitía pasearse por todo el parque. A veces tiraba de algún coche liviano por los alrededores, o llevaba alguna de las señoritas cuando salían con su padre, ya que era muy manso y se le podía confiar un niño, tanto como a Patas Alegres. En cuanto a la jaca, era un caballo vigoroso, bien plantado y tranquilo, con quien solía conversar en el cercado, aunque claro está que no llegué a intimar tanto con él como con Bravía, que compartía el mismo establo conmigo. Era yo muy feliz en mi nuevo hogar, y si echaba de menos una cosa, no se debe pensar por ello que estuviera descontento. Todos los relacionados conmigo eran buenos; me alojaba en un establo aislado y soleado, y comía de lo mejor. ¿Qué más podía desear? ¡Libertad, pues! Durante tres años y medio de mi vida había tenido cuanta pudiera desear; en cambio entonces, semana tras semana, mes tras mes, y sin duda año tras año debía permanecer noche y día en un establo, salvo cuando me necesitaran; y entonces debía ser tan firme y tranquilo como cualquier caballo viejo que ha trabajado veinte años. Debía dejarme poner correas por todos lados, un bocado en la boca y anteojeras sobre los ojos. No me quejo, no, porque sé que así debe ser. Quiero decir solamente que para un caballo joven, pleno de brío y vigor, acostumbrado a un vasto campo o llanura donde levantar la cabeza, menear la cola, galopar a toda velocidad, ir y venir resoplando a sus amigos... digo que es duro no tener ya más libertad para hacer lo que se quiere. A veces, cuando me ejercitaba menos de lo habitual, me sentía tan colmado de vida y energía que, al sacarme John, no podía realmente quedarme quieto. Por más que me esforzara, sentía necesidad de saltar, bailar o hacer piruetas, y sé que debo haberle dado más de una buena sacudida, especialmente al principio, pero él era siempre bondadoso y paciente. -Quieto, quieto, muchacho -me decía -espera un poco, que una buena carrera te quitará enseguida el hormigueo de las patas.

Más tarde, en cuanto salíamos del poblado, me permitía trotar unos cuantos kilómetros, y me llevaba de vuelta tan fresco como antes, aunque ya libre de inquietudes, como decía él. Cuando no se ejercita bastante a los caballos briosos, se los tacha de asustadizos, y algunos caballerizos los castigan, pero nuestro John no, pues sabía que era sólo fogosidad. Sin embargo, tenía sus propias maneras de hacerme comprender, por su tono de voz o un tirón de la rienda. Si estaba muy serio o resuelto, yo lo advertía en su voz, y eso ejercía más poder sobre mí que ninguna otra cosa, pues le tenía mucho afecto. Debería agregar que a veces nos daban libertad por unas horas, habitualmente en domingos, durante el verano. Nunca sacábamos el carruaje los domingos, ya que la iglesia quedaba cerca. Para nosotros era toda una fiesta que nos dejaran sueltos en el cercado hogareño o en el antiguo huerto; tan fresco y suave era el pasto bajo nuestras patas tan dulce era el aire, y tan placentera la libertad de hacer lo que se nos ocurría: galopar, echarnos, rodar de espaldas, o mordisquear el pasto. Entonces, cuando nos deteníamos juntos bajo la sombra del castaño grande, era un momento oportuno para conversar.

Capítulo III

BRAVÍA

Un día, estando Bravía y yo solos a la sombra, tuvimos una larga plática. Como ella quería saberlo todo acerca de mi crianza, se lo conté. -Bueno -comentó luego -si me hubieran criado como a ti, acaso tendría tan buen carácter como tú, pero ahora creo que nunca más lo tendré. -¿Por qué no? -le pregunté. -Porque para mí, todo fue muy diferente –repuso ella.- Nunca hubo nadie, hombre ni caballo, que fuera bueno conmigo, ni a quien quisiera complacer. Para empezar, me apartaron de mi madre en cuanto dejé de mamar, y me encerraron con otros potrillos jóvenes; a ninguno de ellos le importaba nada de mí, ni a mí de ellos. No tuve un amo bondadoso, como el tuyo, que se ocupara de mí, me hablara y me llevara cosas sabrosas para comer. El hombre que nos cuidaba jamás me dirigió una palabra amable. No quiero decir que me maltratara, pero no se ocupaba de nosotros sino para comprobar que teníamos comida suficiente y cobijo en el invierno. Por nuestro campo corría un sendero para caminantes, por donde solían pasar muchachones que nos arrojaban piedras para hacemos galopar. A mí nunca me alcanzaron, pero un hermoso potro joven recibió un mal tajo en la cara, que, según creo, le habrá dejado una cicatriz para toda la vida. Aunque no nos importaban esos muchachos, su conducta nos volvió más salvajes, por supuesto, y nos hicimos a la idea de que eran nuestros enemigos. Nos divertíamos mucho en el prado, ya fuera galopando de un lado a otro, persiguiéndonos por el campo o descansando a la sombra de los árboles. Pero cuando lo pasé mal, fue cuando llegó el momento de la doma. Vinieron varios hombres a atraparme, y cuando por fin me arrinconaron en una punta del campo, uno me sujetó por el flequillo y otro por la nariz, con tal fuerza que apenas si podía respirar, mientras el tercero me aferraba la mandíbula con su dura mano y me abría la boca de un tirón; así, a la fuerza, me colocaron el bocado. Hecho esto, uno me arrastró por el cabestro, mientras otro me azotaba por detrás. Fue esa la primera experiencia que tuve de la bondad humana: pura fuerza. Ni siquiera me dieron una oportunidad de saber qué querían. Yo era muy animosa; sin duda muy salvaje y les ocasionaba muchas molestias, pero el caso es qué era terrible estar encerrada en un establo, día tras día, en lugar de andar en libertad. Me enardecía, languidecía y ansiaba salir. Tú bien sabes que ya es bastante malo aunque tu amo sea bueno y te halague bastante, pero yo no tuve nada de eso. Tal vez el anciano amo, el señor Ryder, pudo haberme dominado sin tardanza, y logrado cualquier cosa de mí, pero había dejado lo más arduo del oficio a su hijo y otro hombre experto. Él iba sólo de vez en cuando, para supervisar. Su hijo era un hombre fuerte, alto y atrevido, llamado Samson, quien solía jactarse de no haber sido derribado por ningún caballo. En él no había nada de bondad, como en su padre, sino sólo dureza: en la voz, en la mirada en la mano. Desde un primer momento comprendí que lo que deseaba era doblegarme, convirtiéndome en una bestia mansa, humilde y obediente. "¡Una bestia mansa!" Sí, no pensaba en otra cosa -agregó Bravía, pateando el suelo como si el solo pensarlo la enfureciera.- Si no hacía exactamente lo que él quería, se ponía furioso, y me hacía dar vueltas a la carrera por el campo de entrenamiento, con esa rienda larga, hasta cansarme. Creo que bebía bastante, y estoy segura de que cuanto más bebía, peor era para mí. Un día me atormentó cuanto pudo, y me acosté fatigada, angustiada y furiosa; todo me parecía tan injusto... La mañana siguiente, fue en mi busca temprano, y de nuevo me hizo correr largo rato. Apenas si había descansado una hora, cuando fue a buscarme de nuevo con una montura, una brida y un nuevo tipo de bocado. Nunca supe bien cómo fue... Recién acababa de montarme en el campo de entrenamiento, cuando, enojado por algo que hice, dio un fuerte tirón de la rienda. El bocado nuevo me hizo doler tanto, que me encabrité de pronto; entonces él, más furioso aún, se puso a azotarme. Ya completamente rebelada contra él, comencé a patear, menearme y encabritarme como nunca; fue una verdadera pelea. Él se mantuvo largo rato sobre la montura, castigándome cruelmente con su látigo y sus espuelas, pero la sangre me hervía y no me importaba lo que me hiciera, con tal de lograr zafarme de él. Por fin, y al cabo de una lucha terrible, lo arrojé de espaldas. Lo oí caer pesadamente en el césped, y sin mirar atrás, galopé al extremo opuesto del campo, desde donde, al volverme, vi que mi torturador se levantaba lentamente y se dirigía al establo. Yo vigilaba desde la sombra de un roble, pero nadie fue a apresarme. Pasó el tiempo; el sol calentaba mucho, las moscas que zumbaban a mí alrededor se posaban en mis ijares ensangrentados, lastimados por las espuelas. Como no había comido nada desde temprano, tenía hambre, pero el pasto de ese prado no bastaba para alimentar un ganso. Yo ansiaba tenderme a descansar, pero con la montura sujeta al lomo no tenía alivio posible, como tampoco una gota de agua para beber. Así pasó la tarde y bajó el sol. Al ver que se llevaban a los demás potros, pensé que iban a alimentarse bien. Por fin, cuando ya el sol se ponía, vi que salía mi anciano amo, con un tamiz en la mano. Era un caballero muy distinguido, de cabello muy blanco, pero cuya voz reconocería yo entre mil: no era aguda, ni tampoco grave, sino plena, clara y tierna, y cuando daba órdenes, tan firme y decidida que todos, tanto caballos y hombres, se daban cuenta de que esperaba ser obedecido. Llegó a mi lado en silencio, y entonces, sacudiendo la avena que llevaba en el tamiz, me habló alegre y bondadosamente: "Ven aquí, muchacha, ven aquí, ven aquí". Yo me quedé quieta y lo dejé acercarse. Cuando me ofreció la avena, me puse a comer sin temor, ya que con su tono lo había disipado por completo. Mientras tanto, él me palmeaba y acariciaba, y al ver la sangre coagulada en mis costados se enojó mucho. "Pobrecita, ¡fue un mal asunto, un mal asunto!” dijo antes de tomarme por las riendas para conducirme al establo. Al ver en la puerta a Samson, bajé las orejas y le eché un tarascón. "Apártate, y no te pongas en su camino” dijo mi amo; "ya has tratado bastante mal a esta yegua". El gruñó algo, llamándome bestia mañosa. "Oyeme” dijo su padre, "un hombre de mal carácter nunca conseguirá que un caballo lo tenga bueno. Todavía no conoces tu oficio, Samson". Dicho esto, me condujo a mi casilla, con sus propias manos me quitó la montura y la brida, y me dejó atada. Pidiendo un balde de agua caliente y una esponja, se sacó la chaqueta, y mientras el peón del establo le tenía el balde, él me lavó los costados con la esponja, con mucha suavidad, pues sin duda se daba cuenta de que los tenía magullados y heridos. “¡So!, mi linda, quieta, quieta...” me decía. Su voz me hizo bien, y el lavado me alivió mucho. En las comisuras de la boca tenía la piel tan desgarrada, que no pude comer heno, ya que sus tallos me hacían daño. El me miró la boca con atención, meneó la cabeza, y ordenó al peón que me llevara afrecho molido, con un poco de harina. ¡Qué sabroso estaba! y tan suave, que me curó la boca. Mientras yo comía, él me acariciaba y decía al peón: "Si no se puede domar a un animal tan brioso como éste por las buenas, nunca servirá para nada". Después de esto iba a verme a menudo, y cuando mi boca quedó curada, el otro domador, Job, fue quien siguió con mi entrenamiento. Como era firme y considerado, no tardé en aprender lo que él deseaba. Cuando volvimos a encontrarnos en el cercado, Bravía siguió hablándome de su primer hogar. -Después que me domaron, me compró un tratante para que hiciera pareja con otro caballo zaino. Durante algunas semanas nos condujo juntos; luego nos vendió a un caballero de la sociedad, y fuimos enviados a Londres. El tratante nos manejaba con rienda tensa, cosa que yo detestaba más que nada en el mundo, pero allí nos dirigían con la rienda aún más tirante, porque el cochero y su amo pensaban que así quedábamos más elegantes. A menudo nos llevaban por el parque y otros sitios a la moda. Tú, que nunca has sentido una rienda tensa, no sabes lo que es, pero yo puedo decirte que es algo espantoso. A mí me gusta menear la cabeza, y tenerla tan alta como cualquier caballo, pero piensa cómo te sentirías si, al echar atrás la cabeza, te obligaran a tenerla así durante cuatro horas seguidas, sin poder moverla para nada, salvo levantándola más arriba aún, mientras el pescuezo te duele hasta que no sabes cómo soportarlo. Encima de esto, tienes dos bocados en lugar de uno, y el mío era afilado. Me lastimaba la lengua y la mandíbula, y la sangre de mi lengua coloreaba la espuma que no cesaba de brotarme de los labios, cuando me frotaba y agitaba contra el bocado y las riendas. -¿Tu amo no pensaba para nada en ti? -pregunté. -No... Lo único que le importaba, era la elegancia de su carruaje, como ellos decían. Creo que sabía poco de caballos, y dejaba eso en manos de su cochero, que le decía que yo tenía mal carácter, y que no me habían habituado a la rienda tirante, pero que no tardaría en acostumbrarme. Sin embargo, no era él quien podía conseguirlo, pues cuando yo estaba en el establo, furiosa y cansada, en vez de palabras bondadosas que me tranquilizaran y aliviaran, no recibía más que alguna mirada hosca o algún golpe.

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