Enrique Martínez García - Ser y educar

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Ser y educar. Fundamentos de pedagogía tomista pretende reivindicar una pedagogía fundada sobre un saber verdadero acerca del hombre, de su naturaleza, de su fin, de sus necesidades. Una auténtica filosofía de la educación, capaz de ordenar los otros saberes pedagógicos más concretos, más empíricos, más descriptivos. La filosofía de la educación permite reconocer el fin: ¿por qué educamos? Y con la idea clara de adónde vamos se recorren con mayor rapidez y precisión los trayectos cortos, el quehacer educativo cotidiano.
Y para ello se recurre a santo Tomás de Aquino, Doctor Humanitatis, quien legó una profunda enseñanza acerca del hombre, de su dignidad personal, del fin último de su vida, de su psicología, de las virtudes que perfeccionan su vida intelectual y moral, etc. Pero, además, dedicó toda su vida a la docencia, y esa experiencia imprime una autoridad particular a su enseñanza. El maestro Tomás de Aquino vuelve hoy a las aulas para guiarnos por los caminos de la educación, que él recorrió primero.

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1.1. El alumno Tomás

De la formación recibida en sus primeros años sabemos bien poco, excepto que cumplidos los cinco años fue presentado como oblato en el monasterio benedictino de Montecasino, en donde fue instruido en la espiritualidad que establece la Regla de san Benito, así como en conocimientos básicos de latín, gramática de la lengua vernácula, lectura, escritura, matemática elemental y armonía; todo ello siempre bajo la dirección personal de un monje profeso2.

Le siguió su formación en el studium generale de Nápoles, la universidad fundada en 1224 por el emperador Federico II para competir con el estudio pontificio de Bolonia. Allí cursó las siete artes liberales: el trivium -lógica, gramática y retórica- y el quadrivium -aritmética, geometría, astronomía y música-; también estudió la filosofía natural de Aristóteles, en un momento en que en París se hallaba prohibida. El método de trabajo consistía en la lectio o estudio del texto, las disputationes o discusiones sobre cuestiones concretas, y las reportationes o repeticiones de las clases. En referencia a sus maestros podemos mencionar dos, Pedro de Hibernia y otro llamado Martín; además, en el temprano escolasticismo medieval la formación intelectual y moral de todo estudiante era seguida por un profesor en particular, quien debía prestar sobre su tutorando un juramento de scientia et moribus.

Tras su ingreso en la Orden de predicadores sabemos que fue retenido a la fuerza por su familia durante un año o más en Rocassecca. Según Guillermo de Tocco, dedicó Tomás este tiempo a leer la Biblia y a estudiar las Sentencias de Pedro Lombardo, texto oficial de los bachilleres que enseñaban teología3.

Libre ya del encierro, se pudo dirigir al convento dominico de Saint Jacques en París; allí pasó probablemente el año canónico de noviciado, criándose en el espíritu de la Orden mendicante. Poco después fue destinado a Colonia, en donde Alberto, el Grande, andaba organizando un studium generale; en él halló Tomás un formidable maestro:

Cuando hubo escuchado [al maestro Alberto] interpretar todas las ciencias con tan maravillosa sabiduría, se regocijó extremadamente al haber encontrado tan pronto aquello que había venido a buscar, alguien que le ofrecía tan pródigamente el cumplimiento de los deseos de su corazón4.

Tras cuatro años como discípulo de san Alberto Magno, y dedicado en silencio a su estudio -fue entonces cuando recibió el calificativo de buey mudo-, regresó a París como bachiller sentenciario, esto es, como lector de las sentencias de Pedro Lombardo. Quedó bajo la dirección del maestro Elías Brunet, de quien no conocemos ningún escrito; sus más directos maestros iban a ser, sin embargo, Pedro Lombardo y los textos patrísticos que iba a leer y comentar. En una ocasión, siendo ya maestro de teología, le dijo un estudiante que si le gustaría ser señor de la ciudad de París; Tomás le respondió: «Yo preferiría las homilías del Crisóstomo sobre el Evangelio de san Mateo5». Donde apreciamos más su amor a los Santos Padres es, sin duda, en la Catena Aurea, «visión casi perfecta de la exégesis patrística6», en la que citó a veintidós Padres latinos y a cincuenta y siete Padres griegos.

Santo Tomás nunca abandonó la docilidad intelectual debida a tales autoridades. La madurez intelectual que iba alcanzando le permitía, sin embargo, tratarlos con la libertad de espíritu que se funda en la verdad; en aquellos momentos era ya un alumno más que aventajado, y de discípulo iba convirtiéndose en maestro; de ahí que se haya afirmado:

Es inevitable la impresión de que el verdadero respeto que Aquino sentía por el Maestro [Pedro Lombardo] y por los maestros en ningún modo limitaba su propia libertad de pensamiento7.

Esta libertad de pensamiento, propia sólo de quien ya ha madurado su aprendizaje, le llevó precisamente a ir más allá de los autores patrísticos, buscando también en los filósofos paganos cuanto en ellos hubiera de verdad. Su preferido fue, a todas luces, Aristóteles, el Filósofo; el deseo de conocer su auténtico pensamiento le hizo buscar traducciones directas del griego, que pudo conseguir gracias a la labor de Guillermo de Moerbeke. Por recuperar la filosofía aristotélica y con ella nutrir la investigación teológica tuvo que sufrir los ataques de la tradición agustiniana, temerosa de que se aguara el vino de la sabiduría cristiana; si Tomás se mantuvo firme en su convicción fue, sin duda, por su honesta opción por la verdad:

Tomás -explica Abelardo Lobato- sale a la palestra bien seguro de su tesis, pero un tanto solo. Él ha optado por la verdad, venga de donde viniere, por la defensa de la razón humana y su capacidad para conocer la realidad. Él ha defendido el recto uso de la filosofía en teología, que no es aguar el vino de la revelación, sino imitar a Cristo cuando en Caná convierte el agua en vino8.

Mas, por encima de cualesquiera otros, el Maestro de Tomás fue Dios mismo. La Sagrada Escritura pasó a ser de este modo el libro por excelencia en el que aprendió, dejándose educar por la Palabra que «es viva y eficaz, más cortante que espada alguna de dos filos» (Hb 4, 12), tal y como él mismo nos recuerda en su Principium biblicum9. Y fue a Cristo, Palabra definitiva del Padre (Cf. Hb 1, 1-2), a quien buscaba en la lectura y meditación de las Escrituras; es por ello que prefirió siempre su sentido espiritual, interpretándolas desde la perspectiva de Cristo, como afirma en su Postilla super Psalmos:

San Jerónimo en Super Ezech. nos enseñó una regla que observaremos en los Salmos: a saber, que deben explicarse de tal modo, en lo referente a la historia [bíblica], que ésta aparezca como figura de ciertos aspectos de Cristo o de su Iglesia10.

Sintió predilección por las epístolas de san Pablo11, mas está claro que fueron los Evangelios su primordial alimento: «Del Evangelio recibimos nosotros la norma de la fe católica y la regla de toda la vida cristiana12».

Todo su estudio, así como su docencia, fue siempre dócil al Magisterio de la Iglesia. Con sumo cuidado atendió, por ejemplo, a la doctrina de los Concilios ecuménicos13, y con filial obediencia puso poco antes de morir todos sus escritos y enseñanzas bajo la autoridad de la Iglesia:

Yo he enseñado y escrito mucho sobre este Santísimo Cuerpo y sobre los otros sacramentos, según mi fe en Cristo y en la Santa Iglesia Romana, a cuyo juicio yo someto toda mi enseñanza14.

Su lectura de la Escritura era, sin embargo, algo más que un mero estudio intelectual, era auténtica oración. Acerca de la mano de Dios en la labor docente de Tomás cuando era bachiller sentenciario en París, explica Bernardo Gui:

Dios agració su enseñanza tan abundantemente que empezó a causar una impresión maravillosa en los estudiantes [...] Nadie que le escuchara podía dudar que su mente estaba llena de una nueva luz procedente de Dios15.

Un momento precioso de este magisterio divino para con Tomás lo hallamos en su preparación para la promoción como maestro regente en teología en la Universidad de París. La preocupación por la responsabilidad que le iba a ser encomendada le condujo a la oración. Cuenta Bernardo Gui lo que sucedió:

Le pareció ver a un anciano, de pelo blanco y vestido con el hábito dominico, que se le acercó y le dijo: «Hermano Tomás, ¿por qué estás rezando y llorando?» «Porque -contestó Tomás- me obligan a tomar el grado de maestro y yo no creo que esté totalmente capacitado. Además no se me ocurre qué tema elegir para mi lección inaugural». A esto el anciano replicó: «No temas: Dios te ayudará a llevar la carga de ser maestro. Y en cuanto a la lectura, coge este texto: Tú regaste las colinas desde tus altas moradas: la tierra se llenará con el fruto de tus obras (Sal 103, 13)». Entonces desapareció16.

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