– ¿Solo buenos amigos?
Debería haber sido una pregunta. Su voz debería haber sonado más firme.
Mike apretó su mano con fuerza y Willow estuvo segura de que lo de mantener la relación a un nivel platónico era imposible. Pero antes de que pudiera reiterar su determinación de que fuera así, Mike soltó su mano y empezó a mirar alrededor.
– Esta cocina es un poco espartana. Le vendrían bien algunas estanterías.
Willow se sintió culpable al recordar la hermosa casa que el padre de Mike les había regalado y que para ella era una pesadilla.
– ¿Conoces a algún carpintero?
– Sí -contestó él-. ¿Hay algún vaso por ahí?
– De plástico.
– Pues habrá que usar vasos de plástico -murmuró Mike, sacando una navaja multiusos del bolsillo-. ¿Platos?
– De papel.
– ¿Palillos?
– Solo hay tenedores de plástico.
– Estupendo. Así no tendremos que discutir sobre quién friega los platos.
– Los buenos amigos no discuten.
– ¿No? -sonrió él, sacando el pequeño sacacorchos de la navajita-. Bueno, la verdad es que tú y yo nunca hemos discutido -añadió, quitando el corcho de la botella y sirviendo dos vasos de vino-. Siempre teníamos mejores cosas que hacer.
Willow se dio la vuelta, sintiéndose como una idiota. Podrían estar en el apartamento de Mike en aquel momento. O en el suyo. Abrazados en la cama, sin nada mejor que hacer que… estar en la cama. Si no hubiera dicho nada aquel domingo por la noche, si le hubiera hecho caso y se hubiera quedado a dormir… Pero no, eso habría sido romper sus reglas.
Había creído ser tan lista… Pero no lo era. Era arrogante y tonta y estaba pagando el precio. En aquel momento y para siempre.
Mike nunca había querido casarse de verdad o no habría salido corriendo de la iglesia. Solo se había dejado llevar por su libido.
¿Y cuál era su excusa? ¿Aquellos ojos grises que le prometían un mundo? Y se lo daban…
– Vamos a calentar esto durante un par de minutos -intentó sonreír Willow, tomando el vaso de vino e intentando que no le temblara la mano cuando sus dedos se rozaron-. ¿Por qué brindamos, Mike? ¿Por la gran escapada?
Mike consiguió esbozar una sonrisa.
– ¿Por qué no me enseñas esto mientras esperamos?
– No hay mucho que ver.
El centro recreativo había sido antes una casa solariega y las habitaciones se abrían todas desde un pasillo, con una escalera de caracol a cada lado.
– Abajo está la cocina, el comedor, el cuarto de estar -empezó a explicar ella, abriendo puertas mientras hablaba y subiendo la escalera a gran velocidad para no rozarlo, para no sentir su aliento en el cuello-. Y arriba hay dos enormes habitaciones que tendrán literas para los niños. Los chicos aquí, las chicas aquí. Ahí están los cuartos de baño y las dos habitaciones para los profesores.
Mike iba abriendo puertas. En el suelo de una de las habitaciones vio el saco de dormir de Willow. Tenía un aspecto muy solitario. La otra habitación parecía aún más solitaria.
– Aquí hay mucho que pintar. ¿Vas a hacerlo tú sola?
– Hay más gente. Seguro que el teléfono de Emily no ha dejado de sonar en todo el día -dijo ella, desafiante-. No tienes que quedarte si no quieres.
– No tengo que hacer nada. Voy a quedarme porque quiero.
Mike miró el rostro de la única mujer que había querido tener cerca para siempre. Para ganarla, para conservarla, había comprometido su vida, aparentando ser lo que no era. Y, de alguna forma, ella lo había sabido. Quizá no con la cabeza, pero sí con el corazón, había sabido que algo fallaba.
Aquella vez lo haría bien. Si Willow quería alejarse de él, lo haría del hombre que era, no del hombre que aparentaba ser.
– Como tú quieras.
– Te prometo que a partir de hoy, viviré la vida en mis términos -dijo entonces Mike. Por un momento, le pareció ver un brillo de tristeza en los ojos azules, un brillo que delataba su corazón-. No más compromisos, no más engaños.
– ¿Eso es lo que nuestra relación ha sido para ti? -preguntó Willow, con expresión herida-. ¿Un compromiso, un engaño? Dime la verdad.
La verdad. Mike quería decirle que su relación era lo único que había sido de verdad. Pero eso no era lo que ella estaba preguntando.
– Sí -admitió por fin-. Yo me había comprometido, estaba haciendo cosas que no quería hacer. ¿Tú no?
– Sí, también -murmuró Willow, intentando disimular las lágrimas-. La comida ya estará caliente.
Después, se volvió y prácticamente se tiró escaleras abajo, intentando poner distancia entre ellos.
– Esto está buenísimo -estaba diciendo Willow, sentada en el suelo-. ¿Dónde lo has comprado?
– En Maybridge. Hay un restaurante chino muy especial.
Willow levantó la mirada. ¿Maybridge? ¿Qué hacía Mike en Maybridge? ¿Retomar la vida que había dejado atrás cuando su padre se puso enfermo?
– Maybridge es muy bonito.
– Siempre quise llevarte -murmuró Mike-, Pero cuando empieces a trabajar en el Globe tendrás todo Londres para elegir.
A Willow le daba igual Londres. Quería saber qué había estado haciendo Mike en Maybridge.
– Tú solías trabajar allí antes de que tu padre se pusiera enfermo, ¿no? -preguntó. Mike la miró, como intentando averiguar dónde quería llegar con aquella pregunta-. Nunca hablabas de ello -siguió Willow. Ella siempre se había mostrado interesada en la vida de Mike, pero su curiosidad se veía frenada por una barrera invisible. Mike solía cambiar de conversación, distraerla con algo-. Te peleaste con tu padre, ¿verdad?
– ¿Eso es lo que has oído en la oficina?
– Sí.
– No me peleé con él, Willow. Lo que pasa es que nunca me han gustado los libros de contabilidad ni los beneficios publicitarios. Yo necesitaba otra cosa. Mi padre no lo entendía y por eso era más fácil vivir en otro sitio.
– ¿Y encontraste lo que buscabas en Maybridge?
– Una parte -contestó él-. Y después encontré el resto cuando volví a casa.
Sus ojos parecían asegurar que ella era el resto. Pero no había sido suficiente. La asustaba haber sido tan egoísta como para no darse cuenta de lo que preocupaba a Mike durante las últimas semanas, lo que lo había hecho salir corriendo de la iglesia.
Mike, con la espalda apoyada en la pared y una rodilla levantada, volvió a prestarle atención a la comida.
– No te gusta hablar de ti mismo, ¿verdad?
– Es una costumbre muy poco elegante.
Willow estaba buscando respuestas y Mike lo sabía. En realidad, nunca le había contado lo que hacía antes, pero ella tampoco había insistido.
No, eso no era justo. Willow estaba interesada, había sido él quien siempre cambiaba de tema, inseguro sobre cuál sería su reacción. Tenía miedo de contarle la verdad y por eso no se había sincerado con ella.
– ¿Ya está? ¿Aquí se acaba el interrogatorio?
– Sí -contestó Willow.
Aquella respuesta lo dejó absurdamente desilusionado. Quería que ella demandara respuestas, que insistiera. Pero, ¿por qué iba a hacerlo? Willow tenía otra vida planeada. Una vida en la que él no estaba incluido.
No le había dicho nada. Como siempre, pensó Willow. Pero quizá era demasiado tarde para llenar los espacios en blanco. Deberían haber hecho eso meses antes, pero cuando estaban juntos, Mike no quería contarle nada.
Y, en aquel momento, cuando ya no había nada entre ellos, sería una estupidez seguir haciendo preguntas que él no quería contestar.
– Lo siento mucho, Mike. Siento mucho haber estropeado tu entrada definitiva en la compañía. ¿Tu padre sigue con la intención de retirarse y dejártelo todo a ti?
– Me temo que sí. Las publicaciones Armstrong son más importantes que un pequeño escándalo. Necesitará un par de semanas para convencerse a sí mismo de que la culpa de lo que ha pasado es tuya pero acabará haciéndolo. Se le da bien engañarse a sí mismo.
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