Claire se deslizó a lo largo de su cuerpo y, cuando llegó a su cintura, le bajó los pantalones y comenzó a besarle y a mordisquearle las caderas.
Will se estiró y se aferró a los postes del cabecero de la cama, dispuesto a disfrutar todo lo que pudiera. Cuando Claire le tomó por fin con los labios, cerró los ojos y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para controlar la necesidad de liberarse.
En el pasado. Will siempre había disfrutado de aquella práctica. En ocasiones, le gustaba incluso más que la penetración. Pero, por alguna razón, en aquel momento no era en su placer en lo que pensaba. Estaba pensando en Claire, en su capacidad para ofrecerse, para pensar en sus deseos sin ocuparse de los suyos. Estaba decidida a complacerle, y no había nada que Will deseara más que demostrarle que lo estaba consiguiendo.
Aunque sabía que había otros hombres en su vida, incluso un prometido, continuaba creyendo que lo que compartían era único para los dos.
Claire tiró de los pantalones, los bajó hasta debajo de sus caderas y, cuando no pudo seguir avanzando. Will la ayudó. Pero aquello sólo sirvió para minar todavía más su control. Claire continuaba acariciando su sexo, hundiéndolo y sacándolo del calor de su boca. Will sintió que comenzaba a tensarse la energía que se concentraba en su vientre y supo que estaba cerca del orgasmo. Claire también lo notó, porque, poco a poco, comenzó a aumentar el ritmo de sus caricias.
Y justo cuando Will estaba a punto de dejarse llevar. Claire se detuvo bruscamente. Will abrió los ojos y la miró.
– ¿Has oído eso?
– ¿Si he oído qué?
– Ha llegado alguien. Creo que George y Glynis han vuelto -era la pareja del día anterior.
– Diablos -musitó Will-. A lo mejor se van -esperaron en silencio, pero cuando Will oyó que le llamaban, soltó una maldición-. Supongo que no.
Claire sonrió y se levantó de la cama.
– Siempre podemos retomar esto más tarde.
– Para ti es fácil decirlo -bajó la mirada hacia su erección-. Me pondré un delantal en la cocina. Tú quédate aquí.
Se puso rápidamente los vaqueros y agarró una camiseta limpia. Claire parecía estar divirtiéndose con la situación.
– Lo retomaremos más tarde -le advirtió Will antes de marcharse.
Corrió a la cocina, tomó un trapo y se lo colocó en la parte delantera de los vaqueros. Encontró a la pareja de ancianos esperándole en recepción.
– Lo siento -les dijo-, no les he oído llegar. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
– Necesitamos un cubo y una pala -dijo George.
– Hemos estado en la playa y hemos visto esos cristales pulidos por el mar. Tengo un amigo que hace joyas con ellos -añadió Glynis.
– Bueno, pueden buscar en el garaje, seguro que allí encuentran todo lo que necesitan.
– De acuerdo, lo haremos.
Will los observó marcharse, corrió a la cocina y desde allí a su dormitorio. Encontró a Claire sentada en la cama, mirando una foto enmarcada.
– Es una chica muy guapa -dijo, enseñándole la foto.
– Es mi hermana -le explicó Will-. Maureen.
Le hicieron esa foto antes de casarse. Ahora tiene tres hijos.
– ¿Sólo tienes una hermana?
– Sí, ¿y tú?
– No tengo hermanas, aunque siempre deseé tener una. Pero tengo cinco hermanos.
– ¿Cinco?
– Sí, cinco chicos -le tendió la foto-. ¿Tienes más fotografías de personas que para ti sean especiales?
– Espera.
Will se acercó al salón, regresó con la cámara digital, le hizo una fotografía y se la mostró.
– Mira.
– Yo no soy tu novia ni nada parecido. Will Donovan.
– Ah, ¿quieres ver fotografías de mis antiguas amantes? Bueno, tengo un montón de cajas -bromeó.
La verdad era que no guardaba ningún recuerdo de sus relaciones anteriores. No creía que tuviera sentido una vez terminadas. Pero en aquel momento tenía una fotografía de Claire, algo que conservar cuando ella dejara Irlanda.
– ¿Qué se supone que puedo hacer por Sorcha? -preguntó Claire.
– Vuelve a la cama -le pidió Will-. George y Glynis se han ido y tenemos cincuenta minutos para terminar lo que has empezado.
– No, eso puede esperar, di me qué hay que hacer.
Will gimió.
– Hay que llevarle unas cajas que están en el garaje. Pesaban mucho, así que te ayudaré a cargarlas. Tienes que llevarlas hasta el círculo de piedras. Allí habrá gente que te ayudará a descargarlas.
Claire le tomó la mano.
– Y ahora, sigamos.
Will volvió con ella a la cama, la colocó a horcajadas sobre él y le rodeó la cintura con las manos.
– Dime una cosa -comenzó a decir-, ayer por la noche dijiste que tenías un prometido. ¿Es eso cierto?
Claire contuvo la respiración.
– Sí, lo tenía, y lo digo en pasado. Me dejó. La verdad es que no estábamos prometidos de manera oficial, pero yo estaba convencida de que iba a pedirme que me casara con él. Y me había comprado el anillo o, por lo menos, eso era lo que yo pensaba. Lo tenía todo planeado y de pronto… -se interrumpió.
– Así que eso forma parte del pasado -repitió Will aliviado-. Pero hay otra cosa que necesito saber.
– La respuesta es que no lo sé -dijo Claire.
– Todavía no te he hecho ninguna pregunta.
– Pero sé cuál va a ser. Vas a preguntarme si todavía le quiero. Y mi respuesta es que no lo sé.
– Lo que iba a preguntarte es cuánto tiempo piensas quedarte aquí -la contradijo Will.
– Vaya -se sonrojó ligeramente-. Según mi billete, tendría que marcharme hoy, pero me temo que eso no va a ser así.
Will sacudió la cabeza.
– Podías quedarte todo el fin de semana.
– No lo sé…
– No te cobraré la habitación, siempre y cuando duermas conmigo -dijo con una sonrisa-. Y si tienes que pagar más dinero por cambiar la fecha de la vuelta, también me haré cargo de ello.
– Me he quedado sin trabajo, Will. Tengo que volver y empezar a buscar. Y quieren vender el bloque en el que tengo alquilado mi apartamento, así que tendré que buscar casa y…
– No te estoy pidiendo que te quedes a vivir aquí. Sólo unos cuantos días más. No le hará ningún darla prolongar tus vacaciones.
– De acuerdo -dijo Claire no muy convencida-. Pero pagaré mi habitación.
– Sólo si duermes sola.
– ¿Y quién ha dicho que vaya a dormir contigo?
– Nunca se sabe lo que puede pasar.
Tenía tres noches más que, en aquel momento, le parecían una eternidad. Ninguno de los dos sabía lo que podría llegar pasar, y eso hacía que todo resultara mucho más excitante.
Las hogueras ardían por todo el perímetro del círculo de piedras, Claire jamás había visto ni oído nada igual: el incesante sonido de los tambores, los sonidos misteriosos de los silbatos de estaño y el remolino de melenas y túnicas blancas que seguía a Sorcha y a sus amigas mientras bailaban alrededor de un altar de piedra.
Will y ella habían llegado cuando ya había empezado la ceremonia. Él le había contado previamente que acudían todas las personas de la isla para no arriesgarse a convertirse en víctimas de la cólera de Sorcha.
Después de la primera ceremonia, pasaron un cesto que se llenó de monedas y billetes. Claire estaba asombrada por la capacidad de Sorcha para ganarse la vida con la magia, pero pronto le informaron de que el dinero que se sacaba con la fiesta de Samliain estaba destinado a comprar libros para la biblioteca.
– Esto es sorprendente -dijo Claire. Estaba sentada sobre una manta junto a Will-. Es una mezcla de Halloween y la Super Bowl.
– Es lo más parecido a un espectáculo que tenemos en Trall.
Las mujeres comenzaron a girar alrededor de las hogueras, tirando algo a las llamas desde unas cestas de mimbre.
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