– ¿Habías imaginado esto?
– Desde que te vi entrar empapada en la pensión.
– Demuéstrame cómo lo imaginabas.
Will se tumbó a su lado, apoyando la cabeza en la mano, y deslizó los dedos sobre sus senos en una tentadora caricia. Volvió a besarla, se levantó de la mesa y le tendió la mano.
– Ven conmigo.
– ¿Adónde vamos?
– A un lugar mucho más cómodo que esta mesa -la agarró de la cintura, la deslizó al borde de la mesa y la colocó de nuevo entre sus piernas.
Deslizó las manos por sus muslos, le hizo rodearle la cintura con las piernas y la levantó en brazos.
Se dirigió entonces hacia una puerta que había en la cocina con un letrero en el que decía «privado». La abrió de una patada y accedieron a un cómodo cuarto de estar, perfectamente amueblado, con un aparato de música y estanterías llenas de libros.
– Me preguntaba dónde vivirías -dijo Claire, mirando a su alrededor.
Will cruzó la habitación para acceder a otra ocupada en gran parte por una enorme cama.
– Esto fue lo que me imaginé. A ti en mi cama.
Claire enterró la cabeza en el cuello de Will. Estaba con Will y aquél era el lugar en el que él vivía. Allí pasaba las noches, solo en una enorme cama.
Una cama casi tan alta como la mesa de la cocina, de modo que cuando Claire se sentó en el borde del colchón, las piernas le quedaban a la altura del torso de Will.
Le rodeó el cuello con los brazos y él besó sus senos, acariciando con la lengua cada pezón.
Aunque con el pulso acelerado. Claire se sentía envuelta en una agradable languidez. Era como si Will y ella estuvieran solos en la isla. Sabía que el mundo real se interpondría entre ellos en cuanto llegaran los huéspedes. Pero, de momento, lo tenía para ella sola.
Le quitó la blusa y el sujetador y se deshizo rápidamente de los vaqueros. Claire cerró los ojos y dejó que la sensación de sus manos sobre su piel inundara sus sentidos.
Parecía fascinado con su cuerpo, dispuesto a memorizar cada centímetro de su piel, cada una de sus cunas. Sus labios seguían los caminos que abrían sus manos y, cuando llegó a su vientre, la tumbó en la cama y deslizó los dedos por la cintura de las bragas. Se las quitó también, pero él no parecía tener ninguna prisa en desnudarse. Aun así, llevaba desabrochados el bolón de los vaqueros y la cremallera, de modo que Claire podía ver su erección presionando la tela.
Will continuó besando la parte interior de sus muslos. Ella sentía el calor de sus labios sobre su piel, la huella de fuego que dejaba su lengua. Cuando Will le alzó las piernas. Claire supo inmediatamente lo que quería. Pero todavía no estaba preparada para soportar el impacto de sus labios sobre su sexo.
En el instante en el que Will comenzó a saborearla con la lengua. Claire gimió. Al principio, ni siquiera era capaz de respirar. La intensidad de su reacción le robaba el aire de los pulmones. Mecida en las comentes de placer que atravesaban su cuerpo, alargó las manos para hundirlas en el pelo de Will.
Éste sabía exactamente lo que estaba haciendo, sabía cómo buscar el máximo efecto. Claire intentaba continuar aferrándose a la realidad, pero no tardó en descubrirse completamente perdida en la niebla del deseo. Anhelaba sentir a Will dentro de ella, pero no tenía control alguno sobre la situación.
Will controlaba su pulso y su respiración, sus estremecimientos y temblores. Claire jamás había sentido nada tan intenso como aquella lenta seducción. Y cada vez que llegaba al límite, al borde del orgasmo, Will retrocedía.
Pero entonces, volvió a acariciarla, y el deseo estalló con toda su fuerza. Claire musitó su nombre, suplicándole en silencio la satisfacción completa. En aquella ocasión, Will no se detuvo y cuando notó que estaba a punto de desbordarse, la ayudó a llegar hasta al final, dejando que la arrastraran olas de intenso placer…
Cuando cedió el orgasmo, Will se tumbó con ella en la cama y la estrechó contra él. Claire cerró los ojos, completamente saciada, adormilada casi por el placer. Will la había tocado de la manera más íntima, pero ella no había sentido inhibición alguna. De hecho, le había gustado que Will tomara de esa forma su cuerpo.
¿Tendría ella el mismo poder sobre él? Acababan de dar un paso más hacia un acto que en aquel momento parecía casi inevitable. Claire sabía que no podía permitirse el lujo de enamorarse de Will, y hacer el amor podría significar el final definitivo de su resolución.
No sabía si podía confiar en sí misma, en su capacidad para controlar su corazón. Ni si podía confiar en él. Ni lo que Will esperaba de ella. Suspiró suavemente cuando sintió sus brazos alrededor de la cintura. Era tan fácil olvidarse de Eric cuando estaba con Will, imaginar que podrían llegar a compartir un futuro.
A lo mejor había llegado el momento de regresar a casa, antes de que le resultara imposible marcharse de la isla. Claire hundió los dedos en el pelo de Will. Ya pensaría en ello al día siguiente. Aquel día, se entregaría completamente a él.
Will miró el reloj de la mesilla de noche. Eran casi las doce y los huéspedes comenzarían a llegar en menos de una hora. Si se levantaba en aquel momento, tendría tiempo de ayudar a Sorcha y de regresar para recibir a los huéspedes.
Tomó aire y cerró los ojos. Cuando había mezclado el agua del manantial con el remedio para la resaca, no esperaba que funcionara. Había sido un experimento estúpido. Pero después de lo que había pasado entre Claire y él, estaba empezando a creer en la magia de Sorcha.
Maldijo para sí. No, era absurdo. Desde que Claire había llegado a la posada había habido química entre ellos. No era magia, sino pura y simple lujuria. Y Will no estaba seguro de que debieran seguir avanzando en su relación.
No había nada que deseara más que hacer el amor con ella, que perderse en su interior. Pero no podía olvidarse del mundo real. Durante los últimos días, había estado viviendo una fantasía. Pero Claire se marcharía antes o después.
Era tan fácil desearla… Cuando le miraba, no veía en él dinero, poder, o la posibilidad de una vida cómoda. Le veía tal y como era. Con Claire, no tenía que cuestionarse sus intenciones y por eso le resultaba tan fácil estar a su lado.
Le apartó un mechón de pelo de la mejilla y la besó en la frente. Claire se estiró en la cama y abrió los ojos.
– Tengo que irme -susurró Will-. Si no me voy ahora, Sorcha me matará. Y quiero volver a tiempo de recibir a mis huéspedes.
Claire asintió y se levantó de la cama.
– Podría ayudarte -dijo mientras se ponía la camisa-. O ayudar a Sorcha, mejor dicho. ¿Cuánto tiempo nos ahorraríamos si fuera yo a ayudarla?
Will sonrió.
– Media hora, cuarenta y cinco minutos como mucho.
– Podemos hacer muchas cosas en cuarenta y cinco minutos.
Will gimió suavemente mientras la tumbaba de nuevo en la cama, excitado ante la posibilidad de pasar varios minutos más besándola y acariciándola. Pero cuando Claire deslizó la mano desde su pecho hasta su vientre, sospechó que no bastaría con unos cuantos minutos.
Claire introdujo la mano en la cintura de sus vaqueros y rió suavemente al sentir cómo se erguía su sexo ante su contacto.
– ¿Qué haces? -preguntó Will.
– ¿Necesito explicártelo? Después de todo lo que me has hecho, pensaba que tenías mucha experiencia con las mujeres.
– Nunca había estado con una mujer como tú.
– ¿Con una estadounidense?
– No, no es eso -Claire le rodeó el miembro con la mano y Will contuvo la respiración-. Yo… yo, lo que quiero decir… Es que no había estado nunca con una mujer que me hiciera… -se interrumpió cuando Claire comenzó a acariciarle- que me hiciera sentir lo mismo que tú.
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