– Si no te importa, creo que me gustaría tener algún tiempo para mí. Voy a vestirme y, mientras tanto, tú podrías aprovechar para bajar a recepción a ver si puedes alcanzar a esa pareja de Lincolnshire.
Will la miró con cierto recelo.
– Muy bien, pero esta noche cenaremos juntos. Prométemelo.
– Sí -dijo Claire-. Esta noche cenaremos juntos.
Will se levantó de la cama, se abrochó los vaqueros y recorrió la habitación con la mirada, buscando su camisa. La encontró a los pies de la cama y se la puso.
– Ayer lo pasé maravillosamente -musitó mientras se la abrochaba con la mirada fija en su rostro.
– Yo también -contestó Claire sonrojada. Will pareció entonces satisfecho. Asintió antes de dirigirse hacia la puerta.
– ¿Quieres desayunar?
– Creo que bajaré a por una manzana y me iré.
Will buscó en el bolsillo de los vaqueros y le tendió unas llaves.
– Llévate la camioneta. Tengo otro coche. Dejaré el móvil en el asiento del conductor. Si te pierdes o tienes algún problema, busca en la agenda y llámame a la posada. Iré a buscarte inmediatamente.
– Estamos en una isla. No creo que sea fácil perderse.
– Bueno, en ese caso, llámame si necesitas… cualquier cosa -le dijo. Abrió la puerta para salir al pasillo, pero en el último momento retrocedió, la agarró por la cintura y la besó-. Estaré abajo.
Claire sonrió.
– Sí, lo sé.
Cuando por fin se quedó sola. Claire se sentó en el borde de la cama. Todo había sido demasiado rápido. Corría el riesgo de entregarse a aquella fantasía sexual durante el resto de sus vacaciones, lo que haría terriblemente difícil su marcha. Pero Claire no se hacía ilusiones sobre su relación con Will Donovan. Al fin y al cabo, él vivía en una isla que estaba a un océano de distancia de Chicago. Y además, ella tenía un prometido en los Estados Unidos.
Se vistió rápidamente y bajó. Will estaba en la cocina, concentrado en el periódico. Claire agarró una manzana de un frutero que había en el mostrador, le prometió a Will que volvería antes de la cena y se permitió un largo y apasionado beso de despedida. Él hizo todo lo posible para convencerla de que le dejara acompañarla, pero Claire se mostró tajante. Necesitaba encontrar ese manantial y no quería discutir con él.
Conducir un vehículo con el volante a la derecha no fue fácil al principio. Pero Claire se las arregló para llegar hasta el pueblo. Una vez allí, decidió aparcar en el primer hueco que encontró y continuar caminando.
No tuvo ningún problema para encontrar la tienda de Sorcha, con un dragón tallado en madera encima de la puerta. Aunque Will le había dicho que estaría cerrada, intentó abrir la puerta. Sí, estaba cerrada. Miró por la ventana, pero era imposible ver nada en el interior, que estaba completamente a oscuras.
– Está en el círculo de piedras -le dijo alguien.
Claire dio media vuelta y vio a la enfermera del pueblo. Annie Mulroony, que se acercaba con dos bolsas de la compra.
– ¿La ayudo con las bolsas? -se ofreció Claire.
– No, no. Tengo el coche aquí al lado. ¿Cómo tienes la muñeca?
– Mucho mejor -contestó Claire, extendiendo la mano y moviendo los dedos-. Apenas me duele.
– Sorcha se está preparando para la celebración Samhain. Organiza un espectáculo en el círculo de piedras. Es mañana a las ocho, todo el mundo va. Se canta, se baila y se encienden hogueras.
– Quería ver su tienda.
– Seguro que viene antes de la cena -Annie se interrumpió-. ¿Cómo es que has decidido quedarte tanto tiempo? Supongo que Will te estará tratando bien.
– Sí, claro que sí.
– Es un hombre muy atractivo, ¿verdad?
Claire miró nerviosa a su alrededor. ¿Todo el mundo sabía lo que había pasado la noche anterior? ¿O serían imaginaciones suyas?
– Sí, es un hombre atractivo.
– Es un buen partido para cualquier jovencita. Yo llegué a pensar que haría una buena pareja con Sorcha. Pero mi hija es un poco… temperamental. Es un hombre muy rico, ¿sabes? Aunque no lo parezca -Annie se inclinó hacia ella-. No me gustan los cotilleos, pero en realidad esto no lo es, puesto que apareció en publicado en todos los periódicos. El caso es que Will es millonario.
– ¿Will? ¿Se ha hecho millonario con la posada?
– Inventó un programa de ordenador. Tenía una empresa en Killarney y la vendió antes de volver a la isla. Creo que esto es como un escondite para él. Supongo que se cansó de tener a todas esas mujeres detrás de él.
Claire asintió, incómoda con el rumbo que estaba tomando la conversación. Si Will tenía tantas mujeres tras él, ¿qué estaba haciendo con ella? ¿Sería para él una muesca más en el cabecero de su cama? Claire desvió la mirada hacia la biblioteca del pueblo.
– Creo que pasaré por la tienda más tarde -se despidió de Annie y continuó avanzando hasta la biblioteca.
Una vez allí, entró. Pasó por delante de la zona de los libros de ficción y de autoayuda, pero tardó varios minutos en encontrar la sección que estaba buscando.
– Historia local -dijo mientras sacaba un libro de la estantería.
– ¿Puedo ayudarte? -una mujer regordeta y pelirroja entró en aquel momento en la habitación, secándose las manos en un delantal-. Estaba preparándome una taza de té. ¿Le importaría…? Ah, eres la norteamericana. Te llamas Claire, ¿verdad? Yo soy Beatrice Fraser.
– Sí, soy Claire O'Connor, la estadounidense. Y por lo visto han debido publicar mi llegada en el periódico del pueblo. Todo el mundo parece saber quién soy.
– Bueno, no es difícil reconocerte con ese acento tan marcado. Y. créeme, la llegada de una joven atractiva a la isla nunca pasa desapercibida. ¿Te han hecho ya alguna propuesta de matrimonio? Porque si te interesa quedarte en la isla, yo soy la casamentera del pueblo, además de la bibliotecaria.
– Estás de broma, ¿verdad?
– La población de Trall lleva treinta años reduciéndose, no bromeamos con ese tipo de cosas. Pero bueno, supongo que no te dejarás impresionar por ninguno de nuestros solteros, sobre todo después de haber visto a Will Donovan. Es un hombre muy guapo, ¿verdad?
Claire se sonrojó violentamente. Necesitaba cambiar de lema cuanto antes.
– Estaba… estaba buscando una guía sobre la isla.
– Las guías están en la mesa de al lado de a puerta. Cuestan tres euros veinte.
Claire había hojeado la guía de la isla la noche anterior en la posada mientras esperaba a Will, y en ella no decían nada del manantial.
– En realidad, estaba buscando información sobre el manantial del Druida. Mi abuela me ha hablado de él. Estuvo en la isla hace cincuenta años y bebió agua de ese manantial.
– Ah, ese manantial es el principal atractivo para los turistas.
– Esperaba poder encontrarlo, pero nadie sabe dónde está.
– ¿Y eso te sorprende? Aquellos que odian ver a los turistas por toda la isla preferirían que la leyenda se olvidara. Y los que dependen de la leyenda prefieren mantener el misterio. Si todo el mundo supiera dónde está el manantial, irían hasta allí, llenarían sus cantimploras y se marcharían.
– Entonces, ¿no vas a decirme dónde está?
– Por supuesto que no. Pero en la biblioteca hay una gran colección de guías antiguas. También puedes consultar los libros de viaje -Beatrice le guiñó el ojo-. Y ahora, creo que voy a tomarme ese té. ¿Quieres una taza?
– Sí -contestó Claire con una sonrisa-, me encantaría.
Una hora y dos tazas de té después. Claire tenía la respuesta o al menos, las pistas que podían llevarla basta el manantial. Se guardó el mapa que había garabateado precipitadamente y volvió al coche. Llevaba consigo una botella por si encontraba el manantial. En cuanto hubiera conseguido llenarla, habría completado su misión.
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