Danielle Steel - Una Imagen En El Espejo

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Para las gemelas Olivia y Victoria Henderson, nacidas con once minutos de diferencia, su relación fue tan compleja como maravillosa, y muchas veces, cuando solo ellas conocían su secreto, maliciosamente juguetona… Olivia y Victoria deslumbran con su extraordinaria belleza a la alta sociedad de Nueva York en los años de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, pese a su absoluta semejanza física ambas son muy distintas: Olivia, tímida, hogareña y seria; Victoria, independiente, sufragista y sin ningún interés en formar una familia. Pero las circunstancias determinan que sea Victoria quien contraiga un matrimonio que la hará infeliz hasta que… la sustituya Olivia. Una de las novelas más divertidas de la autora más leída del mundo.

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– Espero verle más por la ciudad, Charles -dijo Edward al estrechar la mano del abogado en la puerta.

Mientras Victoria seguía hablando de Nueva York sin prestar atención a las visitas, Olivia observó a Charles, quien aseguró a Henderson que le vería con frecuencia si John Watson le permitía llevar sus negocios. Edward instó a los dos a visitarle más a menudo. Charles agradeció la invitación y miró a Victoria. No sabía de cuál de las dos gemelas se trataba, pero sentía una gran atracción por ella.

Henderson los acompañó al coche, y Olivia les contempló desde la ventana. A pesar de su agitación, Victoria se percató de ello.

– ¿Qué te pasa? -Había interceptado la mirada de Olivia.

– ¿Por qué lo preguntas? -inquirió a su vez su hermana mientras se dirigía a la biblioteca para comprobar si había retirado la bandeja.

– Estás muy seria, Ollie -observó Victoria. Se conocían demasiado bien, lo que en algunas ocasiones resultaba pe- ligroso y, en otras, simplemente irritante.

– Su esposa murió en el Titanic el año pasado y según nuestro padre tiene un hijo pequeño.

– Siento lo de su mujer -dijo Victoria sin que su voz delatara compasión alguna-, pero ¿ no te parece un hombre muy aburrido? -preguntó mientras pensaba en todos los placeres que le esperaban en Nueva York, como reuniones políticas y mítines de sufragistas, actividades que no interesaban en absoluto a su hermana-. Lo encuentro muy seno.

Olivia asintió en silencio y entró en la biblioteca para escabullirse del interrogatorio de su hermana. Cuando salió, satisfecha de que hubieran retirado la bandeja, Victoria ya había subido a cambiarse para la cena. Olivia había preparado el vestido esa misma tarde, ambas llevarían un traje de seda blanco con un broche de aguamarina.

Olivia fue a la cocina en busca de Bertie.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó la mujer con preocupación.

A pesar del calor, Olivia había paseado durante largo rato y ahora estaba muy pálida.

– Estoy bien. Mi padre acaba de comunicarnos que a principios de septiembre iremos a Nueva York. Estar mos un par de meses, pues tiene que ocuparse de varios asuntos. -Ambas sabían lo que significaba eso: toneladas de trabajo-. He pensado que podríamos empezar a organizarlo todo mañana a primera hora.

Había mucho en lo que pensar, muchas cosas que preparar, algo que su padre ignoraba por completo.

– Eres una buena chica -dijo Bertie mientras le acariciaba la mejilla y escrutaba sus ojos azules para adivinar qué le había disgustado. En esos momentos Olivia experimentaba una sensación extraña en su interior que la confundía y ponía nerviosa-. Haces tanto por tu padre -la alabó Bertie. Conocía bien y quería a las gemelas, con sus virtudes y defectos. Por muy diferentes que fueran, ambas eran buenas chicas.

– Hasta mañana, entonces.

Olivia subió para cambiarse, pero decidió ir por la escalera trasera con el fin de tener tiempo de pensar y evitar que Victoria leyera su mente como si se tratara de un libro abierto.

Intentó pensar en otras cosas, pero cuando entró en el dormitorio que compartía con su hermana descubrió que no podía apartar de su mente al abogado. Con la mano en el pomo de la puerta, cerró los ojos unos instantes y se obligó a distraerse con asuntos más mundanos, como las sábanas nuevas que tendría que encargar o las fundas de almohada para su padre.

CAPITULO 2

La tarde del primer miércoles de septiembre, Olivia y Victoria partieron hacia Nueva York en el Cadillac Tourer, que conducía el chófer de su padre, Donovan. Les seguía Petrie al volante del Ford con la señora Peabody. Los co- ches iban cargados de provisiones. El día anterior habían salido dos vehículos más con los baúles de ropa y los enseres que Olivia y Bertie consideraban imprescindibles para la casa. Victoria, por su parte, sólo se había preocupado de empaquetar dos arcas de libros y un maletín lleno de periódicos que quería leer, mientras que de la ropa dejó que se ocupara Olivia. Jamás le había preocupado lo que lleva- ha, siempre se fiaba del gusto de su hermana, que devoraba todas las revistas de moda de París, mientras que ella prefería las publicaciones políticas y clandestinas del partido de las mujeres.

A Olivia le inquietaba el estado en que encontraría la casa de la Quinta Avenida que llevaba dos años deshabita- da. Mucho tiempo atrás había sido un lugar acogedor. Allí era donde había fallecido su madre, y el lugar guardaba re- cuerdos muy dolorosos para su padre. Por otro lado, también había acogido el nacimiento de las gemelas, y en ella Edward Henderson y su joven esposa habían compartido momentos muy felices.

Cuando llegaron, Olivia dejó que Donovan, llave inglesa en ristre, se ocupara de los cuartos de baño y ajustara y aflojara todo cuanto fuera necesario. Mientras tanto, pidió a Petrie que la llevara al mercado de flores de la Sexta A venida con la calle Veintiocho y regresó dos horas más tarde con el coche repleto de ásters y azucenas. Deseaba llenar la casa con las flores predilectas de su padre, que llegaría dos días más tarde.

A continuación necesitaron todo un ejército de sirvientes para retirar las fundas de los muebles, airear las habita- ciones y sacudir los colchones y las alfombras. La tarde del día siguiente, cuando Olivia y Bertie se reunieron en la cocina para tomar el té, estaban satisfechas del trabajo realizado. Habían encendido los candelabros, cambiado la disposición de los muebles y retirado las pesadas cortinas para que entrara más luz.

– Tu padre estará muy contento -comentó Bertie mientras le servía una segunda taza.

En esos momentos Olivia pensaba en las entradas que debía comprar para el teatro. Habían estrenado varias obras nuevas y su hermana y ella estaban decididas a asistir a todas antes de regresar a Croton-on-Hudson. Fue entonces cuando se preguntó dónde estaría Victoria, a la que había visto por última vez a primera hora de la mañana, cuando se disponía a ir a la biblioteca Low de Columbia y al museo Metropolitan. Le había aconsejado que la acompañara Petrie, pero su hermana había insistido en coger un tranvía, pues prefería la aventura. Se había olvidado de ella por completo hasta este instante y sintió cierta inquietud.

– ¿ Crees que a mi padre le importará que hayamos cambiado la disposición de los muebles? -preguntó con aire distraído, con la esperanza de que Bertie no se percatara de su creciente nerviosismo.

La preocupación hizo que olvidara el dolor de espalda que le había provocado el intenso trabajo de los dos últimos días. Las hermanas tenían un sexto sentido y presentían cuándo la otra se encontraba en un apuro. Era una especie de dispositivo de alarma que advertía del peligro, pero Olivia no estaba segura del mensaje esta vez.

– Tu padre estará encantado -aseguró Bertie sin advertir su inquietud-. Debes de estar agotada.

– La verdad es que sí -admitió Olivia, que se dirigió de inmediato a su dormitorio para pensar con tranquilidad.

Ya eran las cuatro de la tarde, y Victoria había salido poco después de las nueve de la mañana. Se recriminó no haber insistido en que la acompañara alguien, esto no era Croton-on-Hudson, su hermana era una joven atractiva, que carecía de experiencia en la gran ciudad. ¿ y si la habían agredido o secuestrado? Mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, oyó el timbre del teléfono y supo de inmediato que era ella. Corrió hacia el único aparato que había en la casa, en la planta superior, y descolgó el auricular.

– ¿Diga?

Estaba segura de que sería Victoria, por lo que sufrió una gran decepción al oír una voz masculina al otro lado de la línea. Sin duda se había equivocado de número.

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