Danielle Steel - Una Imagen En El Espejo

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Para las gemelas Olivia y Victoria Henderson, nacidas con once minutos de diferencia, su relación fue tan compleja como maravillosa, y muchas veces, cuando solo ellas conocían su secreto, maliciosamente juguetona… Olivia y Victoria deslumbran con su extraordinaria belleza a la alta sociedad de Nueva York en los años de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, pese a su absoluta semejanza física ambas son muy distintas: Olivia, tímida, hogareña y seria; Victoria, independiente, sufragista y sin ningún interés en formar una familia. Pero las circunstancias determinan que sea Victoria quien contraiga un matrimonio que la hará infeliz hasta que… la sustituya Olivia. Una de las novelas más divertidas de la autora más leída del mundo.

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Olivia deseó tener tiempo para ir a nadar mientras recorría su sendero favorito, que conducía a un hermoso jardín oculto en la parte posterior de la finca, por donde le agra- daba cabalgar. En esa parte, una valla estrecha separaba Henderson Manor de las tierras del vecino, pero a menudo la saltaba para disfrutar de un largo paseo a caballo. A nadie le importaba, todos compartían estas colinas como una gran familia.

A pesar del calor, anduvo. durante largo rato. Ya no pensaba en el coche desaparecido, sino en Charles Dawson y en la manera tan trágica en que había perdido a su mujer. Imaginó su creciente desesperación cuando llega- ron las primeras noticias del hundimiento. Estaba sentada en un tronco, pensativa, cuando de pronto distinguió a lo lejos el ruido del motor de un coche. Aguzó el oído y cuando levantó la vista divisó el Ford robado, que cruzaba la estrecha verja de madera que conducía a la parte posterior de la casa. A pesar de rozar uno de los lados del auto- móvil, el conductor no disminuyó la velocidad. Atónita, Olivia descubrió en el interior del vehículo a su hermana, que sonreía y la saludaba con una mano en la que sostenía un cigarrillo. Observó cómo detenía el coche sin dejar de sonreír y lanzaba una bocanada de humo en su dirección.

– ¿ Sabes que Petrie iba a decir a nuestro padre que alguien había robado el coche y que, si le hubiera dejado, habría llamado a la policía?

No estaba sorprendida de verla en el coche, pero tampoco contenta, si bien se había acostumbrado a las travesuras de su hermana menor. Las dos jóvenes se miraron fijamente: la primera, con semblante tranquilo, pero a todas luces disgustada; la segunda, satisfecha de su hazaña. Con excepción de la diferente expresión de sus rostros y el cabello más alborotado de Olivia, eran totalmente idénticas: los mismos ojos, la misma boca, los mismos pómulos y el mismo pelo, incluso los mismos gestos. Aunque existían innumerables diferencias entre ambas, resultaba muy difícil distinguirlas. Incluso su padre se confundía a menudo cuando se encontraba a solas con una de ellas, y los sirvientes rara vez acertaban. En el colegio sus compañeros jamás habían logrado diferenciarlas, y su padre decidió que recibieran instrucción en casa porque causaban estragos en las aulas y llamaban demasiado la atención. Siempre cambiaban de identidad y martirizaban a los profesores o, según Olivia, al menos eso hacía Victoria. El hecho de recibir clases particulares las había aislado y ahora sólo contaban con su mutua compañía. Aunque añoraron la escuela, su padre no estaba dispuesto a que se convirtieran en una atracción de circo. Si en el colegio no podían controlarlas, la señora Peabody y sus tutores se encargarían de ello. De hecho, la señora Peabody era la única persona capaz de distinguirlas en cualquier parte, de frente, de espaldas, e incluso antes de que pronunciaran media palabra. Además conocía su secreto, el único rasgo que permitía diferenciarlas: Olivia tenía una pequeña peca en la parte superior de la mano derecha, mientras que Victoria la tenía en la izquierda. Su padre también lo sabía, pero era más fácil preguntar y confiar en que no mintieran, lo que hacían bastante a menudo.

Su increíble parecido siempre causaba asombro. Su presentación en sociedad dos años antes en Nueva York había provocado una gran conmoción y por eso Henderson insistió en regresar a Croton antes de Navidad. No le agradaba ser el centro de atención allá donde fueran, tenía la sensación de que todos trataban a sus hijas como extraterrestres, era agotador. Victoria lamentó tener que abandonar la gran ciudad, pero a Olivia no le importó. Desde su regreso, Victoria se quejaba sin cesar de lo aburrido que era Hudson.

Aparte de la vida en Nueva York, lo único que interesaba a Victoria era el sufragio de las mujeres. Olivia estaba harta de que siempre hablara del mismo tema: bien de Alice Paul, la organizadora de la manifestación de abril en Washington, donde fueron arrestadas decenas de mujeres y cuarenta resultaron heridas, y sólo la intervención de la policía logró restablecer el orden, o bien de Emily Davison, que había fallecido hacía dos meses al correr hacia el caballo del rey en un derby; por otro lado estaban las Pankhurst, madre e hijas, que causaban estragos en Inglaterra con su reivindicación de los derechos de las mujeres. Con la mera mención de sus nombres, a Victoria se le iluminaban los ojos, mientras que Olivia los entornaba de aburrimiento.

Olivia esperaba que su hermana le diera alguna explicación.

– ¿Habéis llamado a la policía?- preguntó Victoria divertida.

– No -respondió Olivia con tono severo-. He sobornado a Petrie con una limonada y galletas y le he pedido que no dijera nada hasta la hora de cenar, pero debería haber dejado que lo hiciera; sabía que todo esto era cosa tuya.

– ¿ Cómo lo sabías? -inquirió Victoria, que no se mostraba en absoluto compungida.

– Tenía un presentimiento. Un día de éstos dejaré que avisen a la policía.

– No lo harás -replicó Victoria con seguridad y un brillo desafiante en los ojos.

Eran como dos gotas de agua, pues además del parecido físico llevaban un vestido de seda azul idéntico. Olivia preparaba la ropa de las dos cada mañana, y Victoria se la ponía sin rechistar. Estaba encantada de tener una hermana gemela, a ambas les gustaba. Victoria había salido de muchos atolladeros gracias a Olivia, que siempre estaba dispuesta a hacerse pasar por ella para sacarle de algún apuro o por mera diversión, como cuando eran pequeñas. Aunque su padre las reprendía, a veces resultaba difícil evitar la tentación. No tenían una vida normal, estaban muy unidas, en ocasiones incluso tenían la impresión de ser una sola persona, pero en el fondo eran muy diferentes. Victoria era más atrevida y traviesa, siempre era ella la que se metía en líos, la que deseaba ver otros mundos, mientras que a Olivia le agradaba estar en casa y actuar dentro de los límites establecidos por la familia, el hogar y la tradición. Victoria quería luchar por los derechos de las mujeres y consideraba el matrimonio una costumbre bárbara e innecesaria, ideas que en opinión de Olivia eran una locura, un capricho pasajero.

– ¿ Cuándo has aprendido a conducir?

Olivia acompañó la pregunta con unos golpecitos impacientes del pie.

Victoria se echó a reír y lanzó el cigarrillo sobre un montón de tierra. Olivia siempre representaba el papel de hermana mayor, aunque sólo se llevaban once minutos, que sin embargo marcaban una gran diferencia, pues Victoria había confesado hacía tiempo que se sentía culpable de la muerte de su madre. «¡Tú no la mataste! -había protestado Olivia-. «¡Dios nos la arrebató!»

Un día la señora Peabody presenció la discusión y les explicó que un parto siempre era difícil, incluso en circunstancias normales, y que tener gemelos era una hazaña que sólo los ángeles podían acometer. Por tanto, estaba claro que su madre era un ángel que las había depositado en la tierra para regresar después al cielo. Aunque esta idea le sirvió de consuelo durante algún tiempo, Victoria seguía convencida de que ella era la culpable de su muerte y su hermana no había logrado hacerla cambiar de opinión.

– Aprendí yo sola este invierno -respondió Victoria encogiéndose de hombros

– ¿Tú sola? ¿Cómo?

– Cogí las llaves y lo intenté. Al principio abollé el coche un poco, pero Petrie no sospechó nada, pensó que le habían dado un golpe mientras estaba aparcado -explicó Victoria con orgullo

Olivia la observó con severidad al tiempo que reprimía una carcajada.

– No me mires así; es algo muy útil; podré llevarte a la ciudad cuando quieras

– O estrellarnos contra un árbol, me temo. -Olivia se negaba a dejarse ablandar por su hermana. Podría haberse matado, estaba loca-. Además, no me gusta que fumes.

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