Lynne Graham: El Hijo del Griego

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Lynne Graham El Hijo del Griego
  • Название:
    El Hijo del Griego
  • Автор:
  • Жанр:
    Современные любовные романы / на испанском языке
  • Язык:
    Испанский
  • Рейтинг книги:
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El Hijo del Griego: краткое содержание, описание и аннотация

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¡Como novia sí, pero como esposa no! Lindy no se podía creer que fuera la novia del armador Atreus Dionides. ¡Ella, que estaba rellenita y se ganaba la vida haciendo velas! Pero Atreus parecía encantado con sus curvas cuando le hacía el amor apasionadamente en su casa de campo. Claro que Lindy se iba a llevar dos buenas sorpresas: la primera, que ella sólo era la amante de los fines de semana y que Atreus se quería casar con una joven de la alta sociedad griega; y la segunda, imposible de esconder, que estaba embarazada de él.

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Al llegar, se había dejado caer en el porche y había llorado de humillación y de rabia.

Dos días después, había recibido un impresionante ramo de flores con una nota de disculpa de Atreus Dionides y su número de teléfono para que lo llamara y quedaran para salir a cenar.

¡Menudo caradura!

Lindy se llevaba muy bien con Phoebe Carstairs, la mujer que iba a limpiar la casa. La asistenta también limpiaba en la casa principal y le había contado que el nuevo propietario era un donjuán, que todos los fines de semana se llevaba a una joven nueva y que ellas se acostaban con él la primera noche. Por lo visto, todas eran rubias y flacas.

Lindy había leído entre líneas y había comprendido que Atreus Dionides estaba acostumbrado a que las mujeres lo adularan y se entregaran a él con facilidad. A él le gustaba disfrutar de ellas sólo durante un fin de semana.

Lindy no era y jamás sería así. ¿Cómo se atrevía Atreus Dionides a pensar por un momento que iba a querer volver a verlo después de cómo la había tratado? Desde luego, le había quedado muy claro cómo era aquel hombre. Por fuera, cumplía con la descripción agradable que hacían de él en los medios de comunicación, guardaba las apariencias de hombre de negocios brillante que había convertido una anticuada empresa familiar en una de las navieras más importantes del mundo. Y, sí, también era cierto que era impresionantemente guapo y rico. Sin embargo, bajo aquella fachada bien estudiada, no era más que un canalla sin modales, frío y asqueroso.

Si por ella fuera, no volverían a verse jamás.

Sin embargo, se iban a ver mucho antes de que lo que Lindy creía y en una circunstancia que no le iba a permitir expresarle la animadversión que sentía por él.

El dormitorio de Lindy era la única estancia de su pequeña casa de guardeses desde la que se venía Chantry House y lo único que se veía era el ala oeste de la mansión, que llevaba semanas cubierta de andamios porque se estaba reformando para alojar más personal de servicio.

Una noche muy clara, Lindy estaba cerrando las cortinas para acostarse cuando vio humo saliendo del tejado de la casa principal. No había chimenea y se suponía que esa zona de la casa estaba deshabitada todavía. Nerviosa, llamó a Phoebe, que vivía en el pueblo. La asistenta salió al jardín de su casa y le dijo que veía el humo desde allí.

– ¿Hay alguien dentro? -le preguntó Lindy.

Sí, el señor Dionides ha llegado esta tarde. Y también está Dolly, la gata que he recogido hoy en el refugio para que se hiciera cargo de los ratones -añadió, refiriéndose al refugio que dirigía su hermana Emma-. Estoy llamando al señor Dionides al teléfono fijo mientras hablo contigo, pero no contesta. ¿Y si está inconsciente por el humo? Tú estás mucho más cerca que yo. ¡Ve corriendo y despiértalo antes de que muera carbonizado!

Aunque no le hacía mucha gracia, Lindy corrió hacia su bicicleta y se puso a pedalear a toda velocidad. Lindy se dijo que no debía dejarse llevar por el miedo atroz que le daba el fuego, que tenía que cumplir con su deber, así que siguió pedaleando por el camino. La casa estaba completamente a oscuras.

Al llegar frente a la puerta principal, dejó caer la bici al suelo, subió los escalones de dos en dos y llamó a la aldaba con todas sus fuerzas. Nada. Continuó llamando con la otra mano, con todas sus fuerzas, hasta que se hizo daño. Ya se oían coches llegando.

– ¿Pero qué pasa? Son más de las doce de la noche -se quejó Atreus Dionides abriendo la puerta y mirándola con el ceño fruncido.

Llevaba un traje muy elegante a pesar de que era tarde y estaba muy guapo. Lindy se dijo que no era el momento de pensar en esas cosas y se apresuró a darle el mensaje.

– ¡Su casa se está quemando! -exclamó avergonzada al volver a verlo.

– ¿Pero qué dice? -contestó Atreus Dionides mirándola con incredulidad.

– Su casa se está quemando… ¡no sea estúpido! -insistió Lindy.

– ¿Cómo puede ser? -objetó Atreus bajando un par de escalones.

– El ala oeste. ¡La última planta!

Atreus Dionides salió corriendo en aquella dirección. Lindy lo siguió a duras penas, pues tenía las piernas más largas que ella y corría a mucha más velocidad. Al doblar la esquina del edificio, aparecieron ante ella las llamas anaranjadas y Lindy tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a gritar de pavor.

En aquel momento, varios hombres bajaron de los coches que habían llegado y se acercaron a la carrera. Atreus Dionides les dio instrucciones en griego y los hombres, a los que Lindy había identificado como sus guardaespaldas, salieron corriendo en dirección a la casa.

– ¿Van a entrar? ¿Es seguro? -se asombró Lindy.

– Si no lo fuera, no les habría dicho que entraran -contestó Atreus Dionides-. El fuego está lejos de la biblioteca. Necesito mi ordenador portátil y los documentos que tengo allí.

Lindy no se podía creer que aquel hombre prefiriera recuperar papeles de trabajo en lugar de los maravillosos cuadros que, según le había contado Phoebe, cubrían las paredes de la mansión. ¿Se daba cuenta aquel hombre de la velocidad con la que las llamas se comen un edificio? Los recuerdos de su infancia se apoderaron de Lindy, que se estremeció de pies a cabeza.

Apretando los puños, se acercó a Phoebe, que estaba de pie junto a unas cuantas personas más, mirando como quien ve una película.

– Vamos, hay que sacar las obras de arte -les dijo.

En un abrir y cerrar de ojos, había organizado una fila de voluntarios y se pusieron a sacar los cuadros. Lindy siempre había tenido grandes dotes de organización y no le costó nada coordinar al personal. En cuanto los guardaespaldas de Atreus Dionides se unieron a ellos, la cadena comenzó a funcionar con velocidad. No tardaron mucho en sacarlo todo. Gracias a Dios, muchas de las estancias todavía estaban vacías a causa de las obras.

Cuando hubieron terminado, Lindy se quedó mirando las mangueras que apuntaban ya hacia el tejado. El olor del humo la ponía histérica.

– Las llamas van hacia el tejado -anunció Atreus Dionides.

– ¿La gata ha salido? -le preguntó Lindy.

– ¿Qué gata? -contestó Atreus, extrañado-. No tengo animales.

Lindy corrió entonces hacia Phoebe.

– ¿Has visto a la gata? -le preguntó.

– ¡Me había olvidado de ella! -exclamó la asistenta-. La encerré en la cocina para que no molestara.

El equipo de bomberos que estaba en el vestíbulo de la mansión le dijo que no podía entrar, así que Lindy corrió a la parte trasera de la casa.

Con lágrimas en los ojos, se preguntó si sería capaz de hacerlo.

No estaba segura. La puerta estaba abierta. Lindy sentía las piernas se le doblaban de miedo. Pensó en la gata, se sobrepuso al pánico, tomó aire y entró. Una vez dentro, avanzó corriendo por el pasillo, pasando por delante de innumerables puertas cerradas.

De repente, se paró en seco. El olor del humo la había paralizado. El miedo estaba pudiendo con ella. Los recuerdos se agolpaban en su mente. Pero el sentido común hizo acto de presencia y pudo seguir adelante.

Agarró una toalla y se la puso sobre la cara porque le lloraban los ojos copiosamente y la nariz y la garganta le ardían. Mucho antes de llegar a la puerta de la cocina, le costaba respirar.

Oyó un estrépito horroroso al otro lado de la puerta y estuvo a punto de flaquear, pero, al imaginarse a la pobre gatita muerta de miedo, se recordó a sí misma siendo pequeña, estando atrapada y horrorizada dentro de una casa incendiada, así que volvió a reunir valor y abrió la puerta en el mismo instante en el que un hombre gritaba a sus espaldas.

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