A continuación iba el anciano enano, que parecía rodar por la nieve; la punta de su casco y la borla «de melena de grifo» eran lo único que sobresalían de la blanca capa que cubría la tierra. Tanis había intentado explicarle que los grifos no tenían melena, que la borla era de pelo de caballo. Pero Flint mantenía testarudamente que su odio a los caballos provenía del hecho de que le hacían estornudar violentamente, por lo que no creía al semielfo. Tanis sonrió, sacudiendo la cabeza. Flint había insistido en caminar al frente de la línea. Sólo después de que Caramon lo hubo rescatado en tres ocasiones en las que quedó sepultado por la nieve, Flint accedió, refunfuñando, a quedarse en la «retaguardia».
Deslizándose tras el enano iba Tasslehoff Burrfoot. Desde el frente de la línea, Tanis podía oír su aguda y estridente voz. Tas estaba deleitando al enano con un maravilloso relato sobre la ocasión en que encontró a un lanoso mamut al que dos trastornados hechiceros habían hecho prisionero. Tanis suspiró, Tass estaba consiguiendo ponerle los nervios de punta. Ya había reprendido al kender por golpear a Sturm en la cabeza con una bola de nieve. Pero sabía que era inútil. Los kenders viven buscando aventuras y nuevas experiencias. Tas estaba disfrutando cada minuto de ese funesto viaje.
Sí, estaban todos ahí. Todos lo seguían.
Tanis se volvió bruscamente, mirando hacia el sur.
«¿Por qué me siguen a mí?», se preguntó con resentimiento. «Cuando yo apenas sé hacia dónde camina mi vida.» Se supone que debo guiar a otros. Yo no comparto la meta de Sturm de liberar la tierra de los dragones como hizo su héroe, Huma. Tampoco comparto la búsqueda religiosa de Elistan, el difundir entre la gente el conocimiento de los verdaderos dioses. Ni siquiera tengo la ardiente ambición de poder de Raistlin.
Sturm le dio un codazo y señaló hacia delante. En el horizonte se divisaba una hilera de pequeñas colinas. Si el mapa del kender era exacto, la ciudad de Tarsis quedaba tras ellas. Tarsis, sus barcos de alas blancas, sus cúspides de reluciente blanco. Tarsis, la Bella.
Tanis extendió el mapa del kender. Habían llegado al pie de una hilera de desnudas y áridas colinas desde las cuales, de acuerdo con el mapa, debía verse la ciudad de Tarsis.
—No podemos subir a esas montañas a la luz del día —dijo Sturm retirándose la bufanda de la boca—. Nos convertiríamos en una diana perfecta a cien metros a la redonda.
—No —coincidió Tanis —. Acamparemos aquí, al pie. No obstante subiré a echarle un vistazo a la ciudad.
—¡Esto no me gusta nada! —murmuró Sturm apesadumbrado—. Algo marcha mal. ¿Quieres que te acompañe?
Al ver la expresión de cansancio del caballero, Tanis negó con la cabeza y le dijo:
—Será mejor que te encargues de organizar a los demás.
Ataviado con una capa de invierno blanca, el semielfo se preparó para trepar a las rocosas colinas cubiertas de nieve. Cuando se disponía a partir, notó la presión de una mano sobre su brazo.
—Iré contigo —le susurró Raistlin.
Tanis lo contempló asombrado y luego elevó la vista a las colinas. No sería fácil trepar por ellas, y sabía lo costosos que le resultaban al mago los grandes esfuerzos físicos. Raistlin notó su mirada y comprendió.
—Mi hermano me ayudará —dijo haciéndole una seña a Caramon, quien pareció extrañarse pero se puso inmediatamente en pie para acudir a su lado—. Quisiera ver la ciudad de Tarsis, la Bella.
Tanis lo miró con inquietud, pero el rostro de Raistlin aparecía tan impasible y frío como el metal al que se asemejaba.
—Muy bien, pero en la cima de esa montaña, vas a resultar más visible que una mancha de sangre. Será mejor que te cubras con una capa blanca —la sonrisa sardónica del semielfo fue una perfecta imitación de la de Raistlin—. Pídele la suya a Elistan.
Una vez en la cima de la montaña, desde la que se veía la legendaria ciudad portuaria de Tarsis, la Bella, Tanis comenzó a maldecir en voz baja. Con cada ardiente palabra salían de su boca pequeñas nubes de vapor. Bajándose la capucha de la pesada capa, contempló la ciudad con amarga desilusión.
Caramon le dio un codazo a su gemelo. —¿Qué ocurre, Raistlin? No comprendo...
—Tienes el cerebro en el brazo con el que manejas la espada —susurró Raistlin entre toses —. Mira. ¿Qué ves?
—Bueno... Es una de las ciudades más grandes que he visto en mi vida, y, tal como nos dijeron, veo barcos...
—Los barcos de alas blancas de Tarsis, la Bella —apuntó amargamente el mago—. Observa los barcos, hermano mío. ¿No notas nada extraño?
—No están en muy buenas condiciones. Las velas están rasgadas y... —Caramon parpadeó y dio un respingo—. ¡No hay agua!
—Una observación muy perspicaz. —Pero, en el mapa del kender ...
—Era anterior al Cataclismo —interrumpió Tanis —. ¡Maldita sea, debería haber tenido en cuenta esa posibilidad! ¡Tarsis, la Bella, completamente cercada de tierra!
—E indudablemente lleva así trescientos años —susurró Raistlin—. Cuando la montaña ígnea se desprendió del cielo, creó mares como vimos en Xak-Tsaroth pero también los destruyó. ¿Qué hacemos ahora con los refugiados, semielfo?
—No lo sé —le respondió Tanis irritado. Contempló una vez más la ciudad y luego se volvió—. De cualquier forma, es inútil permanecer aquí. El mar no va a regresar para hacemos un favor a nosotros —dijo comenzando a descender lentamente por la ladera de la montaña.
—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó Caramon a su hermano—. No podemos regresar a la Puerta Sur. Sé que alguien o algo nos ha estado siguiendo —miró a su alrededor con expresión preocupada— y siento que, incluso ahora, nos están observando...
Raistlin agarró a su hermano del brazo. Durante un extraño instante, ambos se parecieron terriblemente. Habitualmente se asemejaban tanto como la luz a la oscuridad.
—Haces bien en confiar en tus sentimientos, hermano mío —dijo Raistlin en voz baja—. El peligro y el mal nos acechan. Desde que los refugiados llegaron a la Puerta Sur, lo he sentido cada vez más intensamente. Intenté advertirles... —sus palabras se vieron interrumpidas por un súbito ataque de tos.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Caramon.
Raistlin sacudió la cabeza, incapaz de responder durante unos segundos. Después, una vez el espasmo hubo pasado, respiró profundamente e, irritado, contempló a su hermano.
—¿Aún no te has enterado? ¡Lo sé! Pagué por mi conocimiento en las torres de la Alta Hechicería. Pagué por ello con mi cuerpo y casi con mi mente. Pagué por ello con... —Raistlin se detuvo, observando a su gemelo.
Caramon estaba pálido y silencioso como cada vez que se mencionaba la Prueba. Comenzó a decir algo, se atragantó y carraspeó. Raistlin suspiró y sacudió la cabeza, retirando la mano del brazo de su hermano. Después, apoyándose en su bastón, comenzó a descender por la colina.
—Nunca lo entenderás.
Trescientos años atrás, Tarsis, la Bella había sido la gran ciudad señorial de las tierras de Abanasinia. De allí partían las naves de alas blancas, en dirección a todas las tierras conocidas de Krynn. Y allí volvían, cargadas con todo tipo de objetos valiosos y extraños, horrendos y delicados. El mercado de Tarsis era algo asombroso. Gran número de marinos poblaban sus calles y los dorados pendientes que llevaban relucían tanto como sus cuchillos. Los barcos traían a exóticas gentes de tierras lejanas que llegaban con la intención de vender sus mercancías; algunos de ellos vestían vaporosas sedas de alegre colorido adornadas con joyas. Vendían te y especias, frutas y perlas, y jaulas para pájaros de brillantes colores. Otros, ataviados con cuero, vendían lujosas pieles de animales tan extraños y chocantes como los que les habían dado caza.
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