Margaret Weis - Ámbar y Sangre

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Con este título finalizan las aventuras de la guerrera Mina.
El mundo de Krynn siempre tiene sorpresas para los incautos, pero la revelación de que una mortal, que primero dedicó su vida al Dios Único y luego a Chemosh, es a su vez una diosa, rebasa todos los límites conocidos. Para Mina, significa caer en la locura al conocer la verdad.
Los dioses de la Oscuridad y de la Luz se muestran ansiosos por tener a Mina como una de los suyos, ya que ella puede romper el equilibrio de poder en el cielo. Pero Mina tiene sus propios planes.

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El jefe de garra Magitt desmontó de su caballo.

—Aquí levantaremos el campamento. Montad mi tienda de mando junto al monolito más alto. Galdar, quedas al cargo de levantar el campamento. Supongo que podrás encargarte de algo tan fácil.

Sus palabras sonaban extrañamente altas, su voz estridente y chillona. Una bocanada de aire, frío y cortante, silbó en el valle y echó arena a los demonios de polvo que giraban sobre aquella tierra inhóspita, antes de alejarse en un susurro.

—Comete un error, señor —dijo Galdar en voz baja, para perturbar el silencio lo menos posible—. No nos quieren aquí.

—¿Quién no nos quiere, Galdar? —El jefe de garra Magitt resopló—. ¿Estas piedras? —Golpeó con la mano abierta un monolito de cristal negro— ¡Ja!¡Menuda vaca supersticiosa y estúpida estás hecho!

—Acampamos —dijo Galdar en voz baja y seria—. En este valle. Entre las ruinas quemadas de su templo.

Se podía ver el reflejo de uno mismo en esas paredes negras y brillantes, un reflejo distorsionado, deformado, pero al mismo tiempo reconocible como el reflejo de uno mismo...

Esos hombres, curtidos mucho tiempo atrás contra cualquier buen sentimiento, miraron las caras negras y relucientes del cristal, y se quedaron espantados al ver los rostros que les devolvían la mirada. Pues en aquellos rostros veían sus bocas abiertas para cantar el espeluznante canto.

Galdar miró los monolitos de cristal negro que salpicaban el valle y no puedo evitar estremecerse.

—Vamos, mírate en uno —le dijo a Valthonis—, No te gustará lo que vas a ver. La piedra deforma tu reflejo, de forma que te ves como una especie de monstruo.

Valthonis se detuvo para contemplar una de las rocas. Galdar también se paró, pensando que sería divertido ver la reacción del elfo. Valthonis miró su reflejo y después miró a Galdar. El minotauro se puso detrás del elfo para ver lo mismo que él veía. El reflejo del elfo relucía sobre la superficie. El reflejo era idéntico a la realidad: un elfo con el rostro curtido y ojos de anciano.

—Vaya —gruñó Galdar—. Quizá la maldición del valle ya no exista. No había estado aquí desde el final de la guerra.

Apartó a Valthonis con un codazo y se plantó frente a la roca con audacia, para mirarse.

El Galdar que se reflejaba en la superficie tenía dos brazos.

—Dame la mano, Galdar —le dijo Mina.

Junto con el sonido de su voz, ronco y suave, Galdar volvió a oír el canto entre las rocas. Sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Un escalofrío le recorrió la espalda y se estremeció. Quería apartarse de ella, pero se encontró a sí mismo levantando la mano izquierda.

—No, Galdar —dijo Mina—, La mano derecha. Dame la mano derecha.

—¡No tengo mano derecha! —gritó Galdar, furioso y angustiado.

Vio cómo se levantaba su brazo, su brazo derecho; vio cómo se alargaba su mano, su mano derecha, con dedos temblorosos.

Mina extendió la mano y tocó la mano espectral del minotauro.

—El brazo de la espada te ha sido devuelto...

Galdar se quedó mirando su propio reflejo. Dobló los dedos de la mano izquierda, la única mano que tenía. Su reflejo flexionó las dos manos. En los ojos empezó a picarle un líquido abrasador y se dio la vuelta rápido y enfadado, dispuesto a empezar a explorar el valle y buscar alguna señal de Mina. Ya que se hallaba allí, estaba impaciente por librarse de aquella misión cuanto antes. Quería pasar el momento incómodo del primer encuentro, soportar el dolor de la decepción, dejarla con el elfo y seguir adelante con su vida.

—Recuerdo cuando perdiste el brazo que Mina te había dado —dijo Valthonis, pronunciando las primeras palabras desde que lo habían tomado cautivo—. Caíste defendiendo a Mina de Takhisis, quien la acusaba de haber conspirado contra ella y quería matarla de pura rabia. Tú protegiste a Mina con tu propio cuerpo y la Reina Oscura te cercenó el brazo. Sargas te ofreció devolvértelo, pero te negaste...

—¿Quién te ha dado permiso para hablar, elfo? —preguntó Galdar malhumorado, sin saber por qué se había permitido la flaqueza de quejarse durante tanto tiempo.

—Nadie —repuso Valthonis con una media sonrisa—. Me quedaré callado, si es lo que quieres.

Galdar no estaba dispuesto a admitirlo, pero el sonido de otra voz resultaba tranquilizador en aquel lugar donde, antes, sólo los muertos hablaban.

—Desperdicia tu último aliento si quieres. Tu palabrería no servirá de nada conmigo.

Galdar se detuvo para estudiar el valle con los ojos entrecerrados. Le parecía haber visto algo que se movía, un grupo de personas allá abajo. Parecía que los pálidos rayos de sol estuvieran burlándose de él y no podía decir con seguridad si realmente había visto seres vivos caminando, si eran fantasmas o sólo las extrañas sombras de aquellos odiosos monolitos.

Llegó a la conclusión de que no eran sombras. Ni fantasmas. Allí abajo había gente y debían de ser aquellos con los que tenía que encontrarse.

Allí estaba el monje de la túnica naranja, del que se decía que era la escolta de Mina. Pero entonces, ¿dónde estaba Mina?

—¡Maldito sea este condenado valle! —exclamó Galdar en un repentino ataque de furia.

Le habían asegurado que Mina estaría con el monje, pero no la veía por ninguna parte. La verdad es que nunca había entendido qué hacía viajando con un monje. Aquello no le gustaba desde el principio y cada vez le gustaba menos.

Galdar cogió un trozo de cuerda que llevaba en el cinturón y ordenó a Valthonis que extendiera las manos.

—Te di mi palabra de que no intentaría escapar —dijo Valthonis con voz tranquila.

Galdar gruñó y ató con fuerza las delgadas muñecas del elfo. Hacer un nudo no era tarea fácil para un minotauro manco. Galdar tuvo que utilizar los dientes para terminar el trabajo.

—Atado o no, no puedo escapar de ella —añadió Valthonis—. Y tampoco tú, Galdar. Siempre has sabido que Mina era una diosa, ¿verdad?

—Cállate —ordenó Galdar con aspereza.

Cogió al elfo del brazo con brusquedad y lo empujó para que caminara.

El siguiente resplandor no fue un rayo, sino un estallido de fuego que iluminó el cielo y la tierra y las montañas con una luz blanca violácea. Recortada sobre aquel resplandor espeluznante, una figura avanzó hacia ellos. Caminaba sosegadamente en medio del caos de la tormenta, como si el viento no la tocara, el relámpago no la sobresaltara, el trueno no la ensordeciera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Galdar.

—Mi nombre es Mina...

Había entonado su nombre. Todos habían entonado su nombre. Todos los que, como él, la habían seguido a la batalla, a la gloria y la muerte.

—Fuiste tú —se enfurecía Takhisis— Tú te confabulaste con ellos para que fuera mi perdición. Tú querías que cantaran tu nombre, no el mío.

Mina... Mina...

6

Sin quitar la mano del hombro de Mina, Rhys miró hacia donde señalaba Beleño. Vio la tropa de minotauros, que ya bajaban por la cordillera y se alejaban. Dos figuras entraron en el valle. Una de ellas era un minotauro con el orgulloso emblema de Sargonnas sobre la armadura de piel. La otra era un elfo con las manos atadas.

Ya era demasiado tarde para huir, incluso si tuvieran adonde. El minotauro los había descubierto.

El minotauro iba armado con una espada, que llevaba colgando en la cadera derecha, pues le faltaba el brazo diestro, el brazo de la espada. No había desenvainado, pero su mano izquierda no se alejaba demasiado de la empuñadura. Sus penetrantes ojos miraron con recelo a Rhys, para después abandonarlo y pasearse por el resto del grupo. Frunció más el entrecejo. El minotauro estaba buscando a Mina.

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