Robert Silverberg - A la espera del fin

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—¿Qué haremos pues, César, si invaden la península?

—Luchar, supongo —dijo Maximiliano, sin ánimo—. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Haré venir el ejército de Léntulo de la frontera dálmata, traeré a los hombres de Sempronio Rufo desde el sur, nos refugiaremos en la capital y nos defenderemos lo mejor que podamos.

No quedaba rastro de vigor imperial en su voz, ni una brizna de convicción o ardor. «Está adoptando una pose —pensó Antípatro—, y sin poner demasiado empeño en ello, además.»

Para Antípatro, las consecuencias parecían totalmente claras.

«El Imperio está perdido —pensó—.Y todo lo que estamos haciendo es aguardar el final.»

Una vez traducida la carta de Crisoloras para el Senado, Antípatro ya no tenía que quedarse al resto del debate, ni tampoco deseaba hacerlo. Desdeñando a los mozos de litera que le estaban esperando en el exterior para llevarlo de regreso a su despacho en palacio, se marchó a pie por el Foro, deambulando sin rumbo ni propósito, a través de la densa muchedumbre, esperando tan sólo mitigar la agitación que le zarandeaba el cerebro.

Pero el calor y las miles de escenas caóticas, olores y sonidos del Foro no hicieron más que empeorar su ánimo. Allí, en medio de la multitud de relucientes y gloriosos edificios, la situación del Imperio le pareció trágica en grado máximo.

¿Había existido alguna vez un imperio como el romano, a lo largo de toda la historia? ¿O alguna ciudad comparable a la todopoderosa Roma? Seguramente no, pensaba Antípatro. La grandeza de Roma, ciudad e Imperio, había crecido constantemente sin apenas freno durante casi dos mil años; desde la era de la República a la llegada de los cesares y, después, con el período de gran expansión imperial que llevó las águilas de Roma hasta prácticamente todas las regiones del mundo. Cuando esa gran era de construcción del Imperio llegó a su natural término, con tanto territorio bajo control como era viable administrar, el poder de Roma se extendía desde la gris y fría isla de Britania, al oeste, hasta Persia y Babilonia en el este.

Era consciente de que había habido un par de ocasiones en las que el ritmo de crecimiento incesante había sufrido interrupciones, pero eso habían sido anomalías de hacía mucho tiempo. En los modestos primeros días de la República, los bárbaros galos habían irrumpido en la ciudad, incendiándola. Pero ¿qué consiguieron con tal invasión? Tan sólo fortalecer la determinación de Roma de no permitir que eso volviera a ocurrir jamás. En la actualidad, los galos eran gente plácida de provincias, con su pasado guerrero hacía tiempo olvidado.

Después llegó el conflicto con Cartago (aquel asunto también era historia antigua. El general cartaginés Aníbal había ocasionado su pequeño revuelo, es cierto…, todo aquello de los elefantes, pero su invasión había acabado en nada y Roma arrasó Cartago hasta sus cimientos para después levantarla de nuevo, esta vez como una colonia romana. Ahora, los cartagineses eran una nación de sonrientes hoteleros y restauradores cuya razón de ser era atender el turismo invernal en busca de sol procedente de Europa.

Aquel Foro, aquel despliegue de templos, tribunales de justicia, estatuas, columnatas y arcos triunfales, era el corazón, centro y sistema nervioso de todo el espléndido Imperio. Durante doce siglos, desde la época de Julio César hasta la del actual Maximiliano, los monarcas de Roma habían llenado aquellas calles con una sensacional aglomeración de monumentos de reluciente mármol en aras de la grandeza nacional. Cada construcción era espléndida en sí misma; el conjunto era abrumador y, en este instante, para Antípatro, deprimente en razón de su propio esplendor. Todo ello parecía un gigantesco monumento erigido a la memoria del reino moribundo.

Allí, en ese momento, en ese día de cielo azul y calor sofocante y húmedo de principios de otoño, Antípatro vagaba como un sonámbulo bajo el ojo dorado y abrasador del sol, entre las innumerables maravillas del Foro. El colosal Senado, los templos majestuosos a Augusto, Vespasiano, Antonino Pío y otra media docena de primitivos emperadores que habían sido proclamados dioses, la tumba gigantesca de Julio, que había sido construida cientos de años después de su época por algún emperador que había pretendido espuriamente ser su descendiente. Los arcos de Septimio Severo y Constantino; las cinco grandes basílicas; la casa de las Vestales, y más y más. Había construcciones profusamente decoradas por todas partes, un exceso de ellas, ocupando cada sitio posible al norte y al sur e incluso a los lados del monte Capitolino. Nunca nada se derribó en el Foro. Cada emperador añadía su contribución propia, donde había espacio libre, a cualquier coste, por encima de la planificación racional y la facilidad de maniobra.

A cualquier hora, por tanto, el Foro era un lugar ruidoso y turbulento. Antípatro, embotado por el calor abrasador y su propia desesperación y confusión, era empujado una y otra vez por plebeyos desconsiderados, que se apresuraban ciegamente hacia las tiendas y mercados a lo largo de las lindes de los grandes edificios públicos. Empezó a sentirse un poco mareado. Un sudor pegajoso empapaba su túnica ligera y las sienes le latían con fuerza.

«Debo de estar algo enfermo», pensó.

Entonces, repentinamente desconcertado, empezó a tambalearse y dar bandazos; era cuanto podía hacer para evitar caerse al suelo. Sabía que tenía que detenerse y descansar. Un templo octogonal de bóveda alta, con enormes muros de color ocre, se alzaba ante él. Antípatro descendió con cuidado hasta la parte más baja de los anchos escalones de piedra y se acurrucó allí cubriéndose la cara con las manos, sorprendido al advertir que, pese al calor que hacía, estaba temblando. Agotamiento, pensó. Agotamiento, tensión, quizá un poco de fiebre.

—¿Estás pensando en hacer una ofrenda a Concordia, Antípatro? —le preguntó desde arriba una voz fría e irónica.

Levantó la vista, deslumhrado por el destello del sol de mediodía. Un rostro largo, anguloso y sonriente, pálido según la moda y cubierto con abundante maquillaje, se cernía sobre él. Ojos brillantes verde mar, ojos precisamente como los del emperador, pero éstos inyectados en sangre y expresando delirio.

Germánico César. De él se trataba, del heredero del emperador, de su disoluto y sibarita hermano menor.

Había descendido de una litera justo delante de Antípatro, y se mecía hacia adelante y hacia atrás ante él, mostrándole una sonrisa torcida, como si aún estuviera borracho de la noche anterior.

—¿Concordia? —preguntó confundido Antípatro—. ¿Concordia?

—El templo —dijo Germánico—. Estás sentado enfrente de él.

—Ah —contestó Antípatro—. Sí.

Comprendió. Los escalones en los que se había refugiado —ahora se daba cuenta— eran los del magnífico templo de Concordia. Había una graciosa ironía en ello. El templo de Concordia, como sabía Antípatro, había sido un regalo a la ciudad de Roma del celebrado emperador oriental Justiniano, seiscientos cincuenta años atrás, mediante el que se rendía homenaje al espíritu de armonía fraternal que existía entre las dos mitades del Imperio romano.Y allí estaba ahora el Imperio Oriental, cuya fraternidad había dejado de ser enternecedora, a punto de invadir Italia y someter al reino romano hasta allá donde pudiera conquistarlo, incluyendo la misma capital del Imperio. Bien por la Concordia. Bien por la armonía de los dos Imperios.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Germánico—. ¿Estás borracho?

—El calor… el gentío…

—Sí. Eso enferma a cualquiera. Pero ¿qué haces vagando solo por aquí? —Germánico se inclinó hacia adelante. Su aliento apestaba a vino y a anchoas pasadas: era como una ráfaga del Hades. Señalando su litera con la cabeza, dijo—: Mi sillón es lo suficientemente grande para dos. Vamos, te llevaré a casa.

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