Robert Silverberg - El reino del terror
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- Название:El reino del terror
- Автор:
- Издательство:Minotauro
- Жанр:
- Год:2006
- Город:Barcelona
- ISBN:978-84-450-7610-1
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
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Los agentes de Apolinar le trajeron panfletos que los agitadores de la Subura estaban distribuyendo por las calles. Como el difunto Julio Papinio, aquellos individuos pedían el derrocamiento del gobierno y la restauración de la República de los viejos tiempos.
El regreso de la República, pensaba Apolinar, de hecho puede que no fuera malo en sí. El sistema imperial había dado algunos grandes gobernantes, sí, pero también había aupado al trono a los Nerón, Saturnino y Demetrio. A veces le parecía que Roma había aguantado tanto pese a la mayoría de sus emperadores, y no gracias a ellos. El regreso a las cosas como habían sido en la antigüedad, la elección por el Senado de dos individuos altamente cualificados para ejercer como cónsules, magistrados supremos que gobernasen consultando con el Senado, cargos no vitalicios sino que durasen breves mandatos y que fuera posible renunciar a ellos cuando llegara la hora…, la idea tenía algo más que un pequeño aspecto positivo.
Pero lo que él temía era que si la monarquía era derrocada, Roma pasaría rápidamente del estatus de república al de democracia; el gobierno de la chusma, eso era lo que significaba: entregar el gobierno a un hombre que prometería los mayores beneficios a los segmentos menos honorables de la sociedad, que compraría el apoyo de la muchedumbre desvalijando los bienes de los ciudadanos productivos. Eso no podía tolerarse. La democracia en Roma acarrearía una locura incluso peor que la de Demetrio. Había que hacer algo para impedirlo. Apolinar ordenó a sus hombres que buscaran y arrestaran a los cabecillas de la anarquía de la Subura.
Mientras tanto, sobre el propio Torcuato, bien custodiado en las mazmorras imperiales, pesaba una sentencia de muerte. El Senado, con Lactancio Rufo presidiendo el juicio, no tardó mucho en acusarle y hallarle culpable. Pero Apolinar no había sido capaz hasta el momento de firmar la sentencia de muerte. Sabía que más pronto o más tarde tendría que tomar una decisión, por supuesto. Torcuato, una vez hecho prisionero, ya no podía ser liberado nunca, al menos no si el mismo Apolinar pretendía seguir con vida. Pero aún así… enviar a aquel hombre al patíbulo…
Apolinar dejó el asunto sin resolver por el momento y volvió al tema del nuevo cónsul.
Repasó la lista de senadores, pero no encontró a ninguno que resultara aceptable. De alguna u otra forma, todos estaban infectados por la ambición, la corrupción, la pereza, la estupidez, por una docena de pecados y taras. Entonces le vino a la mente el nombre de Laureólo César.
De sangre real. Inteligente. Joven. Presentable. Un estudioso de la historia, familiarizado con los errores del pasado turbulento de Roma.Y un hombre sin enemigos, porque prudentemente se había mantenido alejado de la capital durante los años más deplorables del reinado de Demetrio. Trabajarían bien juntos como colegas consulares; Apolinar estaba seguro de ello.
Apolinar ya había tanteado una vez a Laureólo sobre el consulado, allá enTarraco. Pero entonces había retirado la sugerencia tan pronto como la hizo, dándose cuenta de que el emperador vería en el joven Laureólo un potencial rival para el trono y rechazaría la candidatura. Ese problema había dejado de existir.
«Muy bien, pues. He de llamar a Laureólo de su retiro del campo, hacerle saber que Torcuato ha sido destituido del cargo y decirle que sus deberes como romano exigen la aceptación del consulado que ha dejado vacante Torcuato. Sí, sí.»
Pero antes de que Apolinar pudiera llamar a Tiberio Carax para dictarle el mensaje, éste se precipitó por propia iniciativa en el despacho, enloquecido y con los ojos desorbitados. Apolinar nunca antes había visto al pequeño griego tan nervioso.
—Señor… señor…
—Cálmate, hombre. ¡Recupera el aliento! ¿Qué ha ocurrido?
—El emperador. —Carax apenas podía articular palabra. Debía de haber ido corriendo todo el camino desde el Foro y subido los ocho pisos de escaleras—. Con sobornos… ha conseguido… que le liberaran de su confinamiento… De nuevo está en palacio. Está bajo la protección… del antiguo prefecto pretoriano, León Severino. —Se detuvo para serenarse—. Y ha nombrado todo un nuevo grupo de ministros del gobierno. Muchos de ellos están muertos, pero eso él aún no lo sabe.
Apolinar masculló una maldición.
—¿Qué dice de los cónsules?
—Ha enviado una carta al Senado, señor. Con la orden de que tú yTorcuato seáis destituidos.
—Bueno, por lo menos yo ya me he encargado de la segunda parte por él, ¿eh, Carax? —Apolinar dirigió a su ayudante de campo una sonrisa sombría. Aquello era un acontecimiento desesperante, pero no tenía tiempo para irritarse. Acción, rápida y decisiva. Ése era el único remedio—. Tráeme a la misma docena de hombres que empleaste para arrestar aTorcuato.Y media docena más como ellos. Los quiero reunidos en el exterior de este edificio dentro de diez minutos. Voy a tener que hacer una pequeña visita a los pretorianos. Ah, y envía un mensaje al príncipe Laureólo comunicándole que lo quiero aquí en Roma tan pronto como pueda venir. Mañana, como muy tarde. No, esta noche.
Las dependencias de la Guardia Pretoriana habían estado ubicadas en la parte este de la ciudad desde la época de Tiberio. Pero desde entonces, casi dieciocho siglos después, los pretorianos, las guardias de élite del emperador, habían acabado ocupando un vasto e imponente pabellón allí mismo, un edificio oscuro y feo que parecía querer atemorizar.Y lo conseguía. Apolinar sabía los riesgos que estaba corriendo al presentarse ante esta amenazadora guarnición. La pequeña cuadrilla de hombres armados que le acompañaban tenían un mero Valor simbólico. Si los pretorianos decidían atacar, no podrían resistir su número muy superior. Pero no había otra alternativa. Si era verdad que Demetrio había recuperado el control, a no ser que se ganara a los pretorianos, Apolinar era ya hombre muerto.
Pero la suerte estuvo de su lado. El aura del emblema consular, los doce haces de abedul con las hachas sobresaliendo, le abrieron las puertas del edificio. Y los dos prefectos pretorianos se encontraban allí: el hombre del emperador, León Severino, y el sustituto a quien había nombrado Torcuato, Atilio Ruliano. Encontrar a los dos juntos fue un golpe de suerte. Apolinar esperaba encontrar tan sólo a Ruliano, pero Severino era la pieza clave en aquel momento, y hubiera sido más probable que se encontrara en palacio.
Los dos podían haber salido del mismo molde: hombretones de rostro graso y picado de viruela y una dura mirada. Los pretorianos tenían ciertas expectativas sobre el aspecto que sus comandantes debían tener y era una buena medida procurar que esas expectativas se cumplieran. Lo que casi siempre ocurría. Severino, el antiguo y restituido prefecto, había servido bajo Apolinar como joven oficial en la campaña de Sicilia. Apolinar contaba con los vestigios de la lealtad de Severino hacia él para que ahora le ayudaran.
Y lo cierto es que Severino parecía desconcertado, no sólo por la presencia de su rival al mando de la Guardia sino también por la del que fuera una vez su propio oficial superior. Estaba boquiabierto.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Apolinar inmediatamente—. ¿No deberías estar con tu emperador?
—Yo… señor… la verdad…
—Necesitábamos consultarnos —terció Ruliano—, para saber quién de los dos está realmente al mando.
—¿Así que le pediste que viniera y él fue lo bastante loco para venir? —Apolinar se rió con aspereza—. Creo que has pasado demasiado tiempo junto al emperador, Severino. La locura debe de ser contagiosa.
—De hecho, fue idea mía venir —dijo impasible Severino—. La situación… nosotros dos ocupando el mismo puesto, Ruliano y yo…
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