Robert Sawyer - Humanos

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Un experimento científico hace posible la inesperada interacción entre dos universos paralelos con la salvedad de que, en uno de ellos, la especie humana que ha predominado son los Neanderthales y no los Cormagnones, como ha ocurrido en nuestro mundo.
Ponter Boddit y su hombre-compañero, Addikor Hulk, físicos neanderthales, han abierto un puente entre dos universos con su computador cuántico. Ahora se plantean volver a abrir ese paso para dar lugar al más prodigioso e intercambio cultural entre especies y universos.
Como Hominidos, que obtuvo el premio Hugo en 2003, Humanos ahonda en una prodigiosa exploración cultural, un nuevo tipo de ficción antropológica que centra sus mejores virtudes no sólo en la más actual ciencia moderna, sino, sobre todo, en las complejas consecuencias culturales, humanas y antropológicas de un inesperado cruce de culturas. Humanos explora con valentía esas diferencias culturales, mostrando otras posibilidades y contemplando nuestras propias convenciones sociales, culturales y religiosas desde un nuevo punto de vista.
Robert J. Sawyer es ya el mayor fenómeno de la ciencia ficción canadiense. Especialista en una ciencia ficción rigurosa que plantea cuestiones morales, ha obtenido ya más de veinticinco premios nacionales e internacionales por su obra. Con
obtuvo los premios Nebula, Aurora (de la ciencia ficción canadiense) y Homer (del foro de ciencia ficción de Compuserve) y, en los últimos seis años, ha sido cinco veces finalista del premio Hugo, un récord dificilmente igualable, que ha culminado con el Hugo obtenido por
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A Jock nunca le había gustado toparse con algo que no comprendía: lo único que le daba la impresión de que no tenía el control era la ignorancia. Y por eso estaba intentando confirmarlo buscando información sobre colapsos geomagnéticos, sobre todo desde que había llegado de Sudbury la noticia de que esas cosas al parecer sucedían muy rápidamente.

Jock había esperado que hubiera miles de páginas web dedicadas a ese tema, y aunque todos los sitios de noticias habían publicado algo en la última semana, regurgitando principalmente las mismas opiniones de tres o cuatro «expertos», había en realidad muy pocos estudios específicos acerca del fenómeno. De hecho, la mitad de las pistas que encontró en la red eran de supuestos científicos creacionistas que intentaban negar la evidencia de inversiones geomagnéticas prehistóricas, al parecer porque su número hubiese excedido la edad de la Tierra, que sólo tenia unos cuantos miles de años.

Pero en un estudio llamó la atención de Jock la cita del artículo de una revista, Earth and Planetary Science Letters, de 1989, titulado “Las pruebas indican que se produce una variación de campo extremadamente rápida durante una inversión geomagnética”. Los autores eran Robert S. Coe y Michel Prévot, el primero de la Universidad de California en Santa Cruz y, el segundo, de la Université des Sciences et Techniques de Montpellier (la ciudad de Francia, supuso Jock, y no la de Vermont). La UCSC era decididamente una institución de fiar, y la otra (unos cuantos clics con el ratón), sí, también era aceptable. Pero el maldito artículo no estaba en la red: como gran parte de los conocimientos del mundo anteriores a 1990, al parecer nadie se había molestado en colgarlo. Jock suspiró. Tendría que ir a una biblioteca de verdad a buscar un ejemplar.

Mary recorrió el pasillo y bajó las escaleras hasta el despacho de Jock Krieger, en la planta baja. Llamó con los nudillos, esperó a que él le dijera que entrara y eso hizo.

—Lo tengo —dijo Mary.

—Bueno, entonces, mantenga la distancia — dijo Jock, cerrando la ventana de su buscador.

Mary estaba demasiado nerviosa para pillar el chiste, aunque cayó más tarde en la cuenta.

—He descubierto cómo distinguir a los gliksins de los neandertales.

Jock se levantó de su sillón Aeron.

—¿Está segura?

—Sí. Es pan comido. Los neanderthales tienen veinticuatro pares de cromosomas, mientras que nosotros sólo tenemos veintitrés. Es una diferencia abismal, tan grande a escala genética como la diferencia entre macho y hembra.

Las cejas grises de Jock se alzaron hacia su tupé.

—Si eso era tan obvio, ¿por qué ha tardado tanto?

Mary explicó su confusión con el ADN mitocondrial.

—Ah —dijo Jock, asintiendo—. Buen trabajo. Muy buen trabajo.

Mary sonrió, pero su sonrisa se desvaneció pronto.

—La Sociedad Paleoantropológica va a celebrar su reunión anual dentro de un par de semanas —dijo—. Me gustaría presentar allí mi cariotipo neanderthal. Alguien lo hará, tarde o temprano, pero me gustaría tener prioridad.

Krieger frunció el ceño.

—Lo siento, Mary, pero está bajo contrato de secreto.

Mary se preparó para pelear.

—Si, pero…

Jock levantó una mano.

—No, tiene razón. Lo siento. Es difícil abandonar las costumbres del RAND. Sí, por supuesto, puede presentar su descubrimiento. El mundo tiene derecho a saberlo.

Hélene Gagné contempló a los cientos de periodistas que se habían congregado en el aparcamiento de la mina Creighton.

—Damas y caballeros —dijo, hablando por el micrófono de una cadena de televisión—, gracias por venir. De parte del pueblo de Ontario, el pueblo de Canadá y el pueblo del mundo, es un placer dar la bienvenida a los dos emisarios de la versión paralela de la Tierra. Sé que algunos de ustedes ya conocen al doctor Ponter Boddit, que ahora tiene el título de «enviado».

Hizo un gesto a Ponter y, al cabo de un instante, éste advirtió que debía reaccionar de algún modo. Alzó la mano derecha y saludó entusiasta, cosa que, por algún motivo, causó gracia a los periodistas gliksins.

—Y ésta es la embajadora, la señora Tukana Prat —continuó Hélene—. Estoy segura de que tiene unas palabras para nosotros.

Hélene miró expectante a Tukana, que, tras algún gesto adicional por parte de Hélene, se acercó al micrófono.

—Nos alegramos de estar aquí —dijo Tukana.

Luego se apartó amablemente del micrófono.

Hélene parecía mortificada; ocupó rápidamente el lugar de Tukana.

—Lo que la embajadora Prat quiere decir, de parte de su gente, es que está encantada de iniciar contactos formales con nuestro pueblo y espera que se establezca un diálogo productivo y mutuamente beneficioso sobre asuntos de interés común. —Se volvió hacia Tukana, buscando su aprobación por estos comentarios. Tukana asintió. Hélene continuó—: Y espera que su pueblo y el nuestro tengan numerosas oportunidades para realizar intercambios comerciales y culturales. —Miró otra vez a Tukana: la hembra neanderthal al menos no parecía inclinada a poner objeciones—. y le gustaría dar las gracias a Inco, al Observatorio de Neutrinos de Sudbury, al alcalde y los concejales de Sudbury, al Gobierno de Canadá y a las Naciones Unidas, donde hablará mañana, por su hospitalidad. —Miró de nuevo a Tukana, indicando el micro—. ¿No es así?

Tukana vaciló un momento, y luego volvió a acercarse al micrófono.

—Mm, sí. Lo que ella dice.

Los periodistas aullaron.

Hélene se inclinó hacia Tukana y puso una mano sobre el micro, pero Ponter la oyó de todas formas.

—Tenemos mucho trabajo que hacer hasta mañana.

Cuando Mary hubo salido de su despacho, Jock Krieger se asomó a la ventana. Había escogido el emplazamiento de su oficina, por supuesto. La mayoría hubiese preferido vistas al lago, pero eso significaba mirar al norte, apartándose de Estados Unidos. La ventana de Jock daba al sur, pero como la mansión que albergaba el Grupo Sinergia estaba en una península, Jock veía un hermoso paisaje marino. Se pasó la mano por la cara, contempló su mundo, y pensó.

Tukana y Ponter se asombraron al ver el jet del Ejército canadiense que los llevaría a Ottawa. Aunque su gente había desarrollado helicópteros, los aviones a reacción eran desconocidos en el mundo neanderthal.

Cuando Tukana hubo superado la impresión del despegue, se volvió hacia Hélene.

—Lo siento —dijo la embajadora—. Creo que antes no he estado a la altura de sus expectativas.

Hélene frunció el ceño.

—Bueno, digamos que los humanos de aquí esperamos un poco más de pompa y circunstancia.

El traductor de Tukana pitó dos veces.

—Ya sabe —dijo Hélene—, un poco más de ceremonia, algunas palabras amables más.

—Pero dijo que nada de sustancia.

Hélene sonrió.

—Exactamente. El primer ministro es bastante campechano: no tendrá ningún problema con él esta noche. Pero mañana se dirigirá a la Asamblea General de las Naciones Unidas, y esperarán que hable durante algún tiempo.

Hizo una pausa.

—Perdóneme, pero creí que era usted diplomática de carrera.

—Lo soy —dijo Tukana, a la defensiva—. He pasado tiempo en Evnoy y Ranillass y Nalkanu, representando los intereses de Saldak. Pero nosotros intentamos llegar al meollo lo más rápidamente posible en esas discusiones.

—¿No les preocupa ofender a nadie siendo bruscos?

—Por eso los embajadores viajamos a esos lugares en vez de negociar por medio de telecomunicaciones. Nos permite oler las feromonas de aquellos con quienes hablamos, y a ellos oler las nuestras.

—¿Funciona eso cuando se dirige a un grupo grande?

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