Robert Sawyer - Humanos

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Un experimento científico hace posible la inesperada interacción entre dos universos paralelos con la salvedad de que, en uno de ellos, la especie humana que ha predominado son los Neanderthales y no los Cormagnones, como ha ocurrido en nuestro mundo.
Ponter Boddit y su hombre-compañero, Addikor Hulk, físicos neanderthales, han abierto un puente entre dos universos con su computador cuántico. Ahora se plantean volver a abrir ese paso para dar lugar al más prodigioso e intercambio cultural entre especies y universos.
Como Hominidos, que obtuvo el premio Hugo en 2003, Humanos ahonda en una prodigiosa exploración cultural, un nuevo tipo de ficción antropológica que centra sus mejores virtudes no sólo en la más actual ciencia moderna, sino, sobre todo, en las complejas consecuencias culturales, humanas y antropológicas de un inesperado cruce de culturas. Humanos explora con valentía esas diferencias culturales, mostrando otras posibilidades y contemplando nuestras propias convenciones sociales, culturales y religiosas desde un nuevo punto de vista.
Robert J. Sawyer es ya el mayor fenómeno de la ciencia ficción canadiense. Especialista en una ciencia ficción rigurosa que plantea cuestiones morales, ha obtenido ya más de veinticinco premios nacionales e internacionales por su obra. Con
obtuvo los premios Nebula, Aurora (de la ciencia ficción canadiense) y Homer (del foro de ciencia ficción de Compuserve) y, en los últimos seis años, ha sido cinco veces finalista del premio Hugo, un récord dificilmente igualable, que ha culminado con el Hugo obtenido por
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—Exactamente. Pero si no lo supieron ustedes gracias a los meteoritos, ¿cómo llegó su gente a saber que el campo magnético de la Tierra se invierte periódicamente?

—Por los sedimentos marinos —respondió Arnold.

—¿Qué? —dijo Ponter.

—¿Conocen ustedes las placas tectónicas? —preguntó Arnold—. Ya sabe, ¿la deriva continental?

—¿Los continentes derivan? —dijo Ponter, poniendo cara de tonto. Pero entonces alzó una mano. No, esta vez estaba haciendo un chiste. — Sí, mi gente lo sabe. Después de todo, las costas de Ranilass y Podlar estuvieron una vez claramente unidas.

—Debe de referirse a América del Sur y África —dijo Arnold, asintiendo. Sonrió con tristeza—. Sí, cabría pensar que tendría que haber parecido cegadoramente obvio para todo el mundo, pero nuestra gente tardó décadas en aceptar la idea.

—¿Por qué?

Arnold se encogió de hombros.

—Usted es científico; sin duda lo comprenderá. La vieja guardia creía saber cómo funcionaba el mundo, y no estaban dispuestos a renunciar a sus teorías. Como sucede con tantos cambios paradigmáticos, no se trataba de convencer a nadie de que cambiara de opinión. Más bien, hubo que esperar a que pasara una generación.

Ponter trató de ocultar su asombro. ¡Qué extraordinaria aproximación a la ciencia tenían estos gliksins!

—En cualquier caso —continuó Arnold—, al final acabamos por encontrar pruebas de la deriva continental. En mitad de los océanos… hay sitios donde se acumula magma del manto, formando roca nueva…

—Nosotros dedujimos que esos lugares deben existir —dijo Ponter—. Después de todo, ya que hay sitios donde la roca vieja es empujada hacia abajo…

—Zonas de subducción —informó Arnold.

—Como usted diga. Si hay sitios donde las rocas antiguas se hunden, sabíamos que debe haber sitios donde surjan rocas nuevas, aunque, naturalmente, nunca los hemos visto.

—Nosotros hemos tomado muestras.

Ponter puso de verdad cara de tonto esta vez.

—¿En pleno océano?

—Sí, desde luego —dijo Arnold, evidentemente contento de que por una vez, los suyos anduvieran por delante—. Y si mira las rocas a ambos lados de la grieta de la que surge el magma, se ven pautas simétricas de magnetismo… normales a cada lado de la grieta, distancias igualmente inversas a izquierda y derecha de la grieta, normales de nuevo al otro lado pero más lejanas, y así sucesivamente.

—Impresionante.

—Tenemos nuestros momentos —dijo Arnold.

Sonrió, y estaba claramente invitando a Ponter a hacer lo mismo.

—¿Perdone? —dijo Ponter.

—Es un chiste; un juego de palabras. Ya sabe: «momento magnético», el producto de la distancia entre los polos de un imán y la fuerza de cada polo.

—Ah —dijo Ponter. Aquella manía gliksin por los juegos de palabras… nunca la comprendería.

Arnold parecía decepcionado.

—De todas formas, me sorprende que su campo magnético se colapsara antes que el nuestro —dijo—. Quiero decir, comprendo el modelo Benoit: que este universo se desgajó del suyo hace cuarenta mil años, en el alba de la conciencia. Bien. Pero no veo cómo nada que su gente o la mía haya hecho en los últimos cuatrocientos siglos pueda haber afectado a la geodinamo.

—Sí que es sorprendente —reconoció Ponter.

Arnold se levantó de la silla.

—Con todo, debido a eso ha satisfecho usted más mi particular curiosidad de lo que creía posible.

Ponter asintió.

—Me alegro. Deberían ustedes… ¿cómo lo dirían? Deberían navegar sin esfuerzo por el colapso del campo magnético —guiñó un ojo—. Después de todo, nosotros lo hicimos.

12

Mary intentaba concentrarse en el trabajo, pero se le iba la mente una y otra vez a Ponter … cosa nada sorprendente, dado que era precisamente en el ADN de Ponter en lo que trabajaba.

Mary daba un respingo cada vez que leía un artículo de divulgación en el que se trataba de explicar por qué el ADN mitocondrial sólo se hereda por vía materna. La explicación habitual era que sólo penetra en el óvulo la cabeza del espermatozoide, y que sólo la sección central y la cola contienen mitocondrias. Pero aunque es cierto que las mitocondrias se distribuyen de esa forma en el espermatozoide, no lo es que sólo la cabeza entre en el óvulo. Los estudios con microscopio y los análisis de ADN han demostrado que el ADN mitocondrial de la sección media del espermatozoide acaba fertilizando los óvulos. En realidad nadie sabe por qué el ADN mitocondrial paterno no se incorpora al cigoto como el ADN mitocondrial materno; por algún motivo desaparece, y la explicación de que no llega de entrada es bonita y conveniente pero, desde luego, falsa.

De todas formas, ya que había miles de mitocondrias en cada célula y sólo un núcleo, era mucho más fácil recuperar ADN mitocondrial que ADN nuclear de los especimenes antiguos. No se había extraído nunca ADN nuclear de ninguno de los fósiles neanderthales conocidos en la Tierra de Mary, y por eso se había concentrado en estudiar el de Ponter, comparándolo y contrastándolo con el ADN mitocondrial gliksin. Pero al parecer no había ninguna secuencia detectable simultáneamente en el ADN de Ponter y en el ADN mitocondrial conocido de los fósiles neanderthales pero ausente en los gliksins, ni viceversa.

Y por eso Mary se dedicó por fin al ADN nuclear de Ponter. Esperaba que fuese aún más difícil encontrar una diferencia allí y, en efecto, después de investigar concienzudamente, no encontró ninguna secuencia de nucleótidos diferente entre los neanderthales y el Hamo sapiens sapiens; todos los marcadores relacionaban cadenas de ADN de ambas especies de humanos.

Aburrida y frustrada, a la espera de que Ponter fuera liberado de la cuarentena para reavivar su amistad, Mary decidió hacer un cariotipo del ADN neanderthal. Eso implicaba cultivar algunas células de Ponter hasta que estuvieran a punto de dividirse (el único momento en que los cromos amas se detectan), y luego en colchicina paralizar los cromosomas en ese estadio. Una vez hecho, Mary teñía las células (la palabra «cromosoma», después de todo, significa «cuerpo coloreado», por su tendencia a tomar color fácilmente). Luego clasificaba los cromosomas por tamaño, en orden descendente, lo habitual para numerarios. Ponter era varón, y por eso tenía un cromos ama X y un cromosoma Y, e igual que en el varón de la especie de Mary, Y medía aproximadamente un tercio de X.

Mary ordenó todas las parejas, las fotografió, e imprimió la foto en una impresora Epson de chorro de tinta. Luego etiquetó las parejas, empezando por la más larga y hasta la más corta: 1, 2, 3…

Era un trabajo concienzudo, el ejercicio al que sometía a sus estudiantes de citogenética cada año. Su mente divagó un poco mientras lo hacía: se encontró pensando en Ponter y Adikor y en mamuts y en un mundo sin agricultura y…

«¡Maldición!»

Obviamente había metido la pata, ya que los cromosomas X e Y de Ponter eran la pareja vigésimo cuarta, no la vigésimo tercera.

A menos…

Dios mío, a menos que hubiera tres cromosomas 21… en cuyo caso él, y presumiblemente su gente, tenían lo que en la especie de ella se conocía como síndrome de Down. Eso tenía sentido: quienes padecen el síndrome de Down tienen una morfología facial distinta y…

«Santo cielo, ¿podría ser tan simple?», pensó Mary. La incidencia de la leucemia entre quienes sufren el síndrome de Down es alta… ¿y no era de eso, según Ponter, de lo que había fallecido su esposa? Además, el síndrome de Down se asocia con niveles anormales de hormonas tiroideas, y se sabe que éstas afectan a la morfología… especialmente a la facial. ¿Podría ser que la gente de Ponter tuviera trisomia 21, un cambio pequeño, que se manifestara de manera ligeramente distinta en ellos que en el Horno sapiens sapiens, y que explicara todas las diferencias entre los dos tipos de humanos?

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