Robert Sawyer - Humanos

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Un experimento científico hace posible la inesperada interacción entre dos universos paralelos con la salvedad de que, en uno de ellos, la especie humana que ha predominado son los Neanderthales y no los Cormagnones, como ha ocurrido en nuestro mundo.
Ponter Boddit y su hombre-compañero, Addikor Hulk, físicos neanderthales, han abierto un puente entre dos universos con su computador cuántico. Ahora se plantean volver a abrir ese paso para dar lugar al más prodigioso e intercambio cultural entre especies y universos.
Como Hominidos, que obtuvo el premio Hugo en 2003, Humanos ahonda en una prodigiosa exploración cultural, un nuevo tipo de ficción antropológica que centra sus mejores virtudes no sólo en la más actual ciencia moderna, sino, sobre todo, en las complejas consecuencias culturales, humanas y antropológicas de un inesperado cruce de culturas. Humanos explora con valentía esas diferencias culturales, mostrando otras posibilidades y contemplando nuestras propias convenciones sociales, culturales y religiosas desde un nuevo punto de vista.
Robert J. Sawyer es ya el mayor fenómeno de la ciencia ficción canadiense. Especialista en una ciencia ficción rigurosa que plantea cuestiones morales, ha obtenido ya más de veinticinco premios nacionales e internacionales por su obra. Con
obtuvo los premios Nebula, Aurora (de la ciencia ficción canadiense) y Homer (del foro de ciencia ficción de Compuserve) y, en los últimos seis años, ha sido cinco veces finalista del premio Hugo, un récord dificilmente igualable, que ha culminado con el Hugo obtenido por
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Pero no. Aquello no tenía sentido. Uno de los principales efectos del síndrome de Down, al menos en el Hamo sapiens sapiens, es el subdesarrollo del tono muscular: la gente de Ponter tenía exactamente lo contrario.

Y, además (Mary había extendido un número par de cromosomas ante ella), el síndrome de Down es producto de un número impar. A menos que, accidentalmente, hubiera mezclado cromosomas de otra célula, Ponter tenía en efecto veinticuatro pares y…

«Oh, Dios mío —pensó Mary—. Dios mío.» Era aún más sencillo de lo que había imaginado. «Sí, sí, ¡sí!»

¡Lo tenía!

Tenía la respuesta.

El Horno sapiens sapiens poseía veintitrés pares de cromosomas.

Pero sus parientes más cercanos, al menos en esta Tierra, eran las dos especies de chimpancés y…

Y ambas especies de chimpancés tenían veinticuatro pares de cromosomas.

El género Pan (los chimpancés) y el género Homo (los humanos de todo tipo, pasados y presentes), compartían un antepasado común. A pesar de la creencia popular de que los humanos habían evolucionado a partir de los monos, en realidad monos y humanos eran primos. El antepasado común (el eslabón perdido, todavía no identificado de manera concluyente mediante restos fósiles) había existido, según los estudios de la divergencia genética entre humanos y monos, hacía linos cinco millones de años, en África.

Como los chimpancés tenían veinticuatro pares de cromos amas y los humanos veintitrés, sólo podía elucubrarse qué número había poseído el antepasado común. Si tuvo veintitrés, bueno, entonces, en algún momento después de la separación mono-hombre, un cromosoma debió de convertirse en dos en el linaje de los chimpancés. Si, por otro lado, tuvo veinticuatro, entonces dos cromosomas debieron de fundirse en alguna parte de la línea Horno.

Hasta ese momento (hasta aquel preciso instante, hasta aquel segundo), nadie en la Tierra de Mary había sabido con seguridad qué opción era la correcta. Pero ahora estaba claro como el agua: los chimpancés comunes tenían veinticuatro pares de cromosomas; los banobos (la otra especie de chimpancé) tenían veinticuatro también. Y ahora Mary sabía que los neanderthales tenían también dos docenas. La fusión de dos cromosomas en uno había tenido lugar mucho después de la división mono-hombre; de hecho, eso había sucedido después de que la rama Homo se bifurcara en las dos que ella estaba estudiando ahora, hacía sólo un par de cientos de miles de años.

Por eso la gente de Ponter seguía teniendo la enorme fuerza de los monos en vez de ser débil como los humanos, Por eso tenían fisonomía simia, con arcos ciliares y sin mandíbula. Genéticamente eran simiescos, al menos en el recuento de cromosomas. Y la unión de dos cromosomas (eran los números dos y tres, Mary lo sabía porque había leído hacía años estudios de genética primate) había originado las diferencias morfológicas que dieron pie a la forma humana adulta.

De hecho, la causa concreta de las diferencias era bastante fácil de identificar: era la neotenia, la conservación en el estado adulto de características infantiles. Los bebés simios, los bebés neanderthales y los bebés gliksins tenían un cráneo similar, con la frente vertical y escasa barbilla. A medida que las otras especies crecían, la forma de sus cráneos cambiaba, sólo la de Mary conservaba el cráneo infantil en la etapa adulta.

Pero el pueblo de Ponter sí que maduraba cranealmente. Y el cromosoma que difería podía ser la causa. Mary se llevó las dos manos a la cara. ¡Lo había conseguido!

Había encontrado lo que quería Jock Krieger, y…

Y… «Dios mío.»

Si el recuento de cromosomas difería, entonces los neanderthales y los Homo sapiens a los que ella pertenecía no eran sólo subespecies de una misma rama. Eran especies completamente distintas. No hacía falta decir Homo sapiens y repetir sapiens para distinguir la especie de Mary de la de Ponter, porque el pueblo de Ponter no podía ser Homo sapiens neanderthalensis, sino que era más bien Homo neanderthalensis. A Mary se le ocurrían varios paleoantropólogos a quienes entusiasmaría aquella noticia… y otros a quienes los fastidiaría enormemente.

Pero…

Pero…

Pero, ¡Ponter pertenecía a otra especie! Mary había visto Showboat cuando la representaron en Toronto; Cloris Leachman interpretaba el papel de Parthy. Sabía que la mezcla de razas había sido un tema importante en otra época, pero…

Pero «mezcla étnica» no era el modo adecuado para describir el apareamiento de un humano con alguien que no pertenecía a su propia especie… aunque Ponter y Mary no hubieran hecho eso, por supuesto. No, el término adecuado era…

«Dios mío», pensó Mary.

Era «bestialismo».

Pero…

—No, no.

Ponter no era una bestia. El hombre que la había violado (congénere de Mary, un Homo Sapiens), ése sí que era una bestia, Pero Ponter no era ningún animal.

Era un caballero.

Un hombre amable.

Y, a pesar del recuento de cromosomas, era un ser humano… un ser humano que ella anhelaba volver a ver.

13

Finalmente, al cabo de tres días, los especialistas del Laboratorio para el Control de Enfermedades y el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (la agencia norteamericana equivalente) determinaron que la embajadora Tukana Prat y el enviado Ponter Boddit estaban libres de infección y levantaron la cuarentena.

Ponter y Tukana, acompañados por cinco soldados y el doctor Montego, recorrieron el túnel de la mina hasta el ascensor de metal y realizaron el largo viaje hasta la superficie. Al parecer, se había corrido la noticia de que iban para arriba: gran número de mineros y otros trabajadores de Inco se habían reunido en la enorme sala superior donde se hallaba la boca del ascensor,

—Hay una multitud de periodistas esperando en el aparcamiento —dijo Hélène Gagné—. Embajadora Prat, tendrá que hacer usted una breve declaración, naturalmente,

Tukana alzó la ceja,

—¿Qué tipo de declaración?

—Un saludo, Ya sabe, el habitual gesto diplomático.

Ponter no tenía ni idea de a qué se refería, pero claro, no era su trabajo. Hélène los guió para salir de la amplia sala y, tras atravesar unas puertas, salieron al otoño de Sudbury. Hacía al menos dos grados más que en el mundo que Ponter había dejado atrás, tal vez más, pero, naturalmente, habían pasado tres días bajo tierra: la diferencia de temperatura no implicaba nada necesariamente.

De todas formas, Ponter sacudió asombrado la cabeza. Nunca había salido de aquel sitio estando consciente: había subido desde la mina, una sola vez, inconsciente por una herida en la cabeza. Pero ahora tenía ocasión de ver realmente la gigantesca mina, la gran abertura en el suelo que habían practicado aquellos humanos, la enorme extensión de tierra que habían despejado de árboles, el colosal «aparcamiento», como ellos lo llamaban, cubierto de cientos de vehículos personales.

¡Y el olor! Retrocedió cuando captó el abrumador hedor de aquel mundo, la peste nauseabunda. La mujer de Adikor, Lurt, les había explicado las posibles fuentes de los olores, basándose en las descripciones que Ponter les había dado: dióxido de nitrógeno, dióxido de azufre y otros venenos que se desprendían con la quema de petroquímicos.

Ponter había advertido a Tukana de lo que les esperaba, y ella trataba disimuladamente de cubrirse la nariz con la mano. Ponter recordaba con afecto a la gente de aquí, pero había olvidado (o suprimido) sus recuerdos del horrible trabajo que habían hecho cuidando de su versión del planeta.

Jock Krieger, sentado a su mesa, navegaba por las dos redes: la pública y el enorme conjunto de sitios clasificados del Gobierno, disponibles a través de cables de fibra óptica, a los que sólo aquellos con el permiso de seguridad pertinente podían acceder.

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