Robert Silverberg - Espinas

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Minner Burris: un maduro astronauta convertido por los cirujanos alienígenas en un ser que ya no es completamente humano.
Lona Kelvin: cobaya de un experimento genético la madre virgen de un centenar de hijos a los que nunca llegará a ver.
Duncan Chalk: un vampiro psíquico que alimenta a través de su imperio del espectáculo a millones de mirones, al tiempo que se alimenta a sí mismo con el dolor y la desesperación de los demás.
Tres personajes, un amor, un odio, un ansia. Y, por encima de todo, una maravillosa historia de amor en los límites de lo concebible.
Espinas

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Cuando llegaron al vestíbulo Burris oyó los rápidos jadeos de los espectadores. ¿Placer? ¿Pavor? ¿El frisson mezcla de la repugnancia y el deleite? Le resultaba imposible interpretar sus motivos a partir de esa sibilante aspiración de aire. Sin embargo, estaban contemplando a la extraña pareja que había emergido del pozo, y respondiendo a ella.

Burris, con Lona cogida de su brazo, mantuvo el rostro rígido e inmóvil. Mirádnos bien, pensó. La pareja del siglo, eso es lo que somos. El navegante estelar mutilado y la virgen madre de cien bebés. El espectáculo de la era.

Estaban mirándoles, desde luego. Burris notó cómo los ojos se posaban sobre su mandíbula que no terminaba en orejas, pasaban por encima de sus párpados que se movían en veloces chasquidos y su boca modificada. Se asombró por su propia falta de respuesta a su vulgar curiosidad. También miraban a Lona, pero ella tenía menos que ofrecerles, dado que sus cicatrices eran internas.

De repente se produjo un cierto revuelo a la izquierda de Burris.

Un instante después, Elise Prolisse emergió de entre la multitud y se lanzó hacia él, gritando con voz ronca.

—¡Minner! ¡Minner!

Parecía una loca. Su rostro estaba extrañamente pintado en una salvaje y monstruosa parodia de maquillaje: franjas azules en las mejillas, manchas rojas sobre los ojos. Había desdeñado los rociadores y llevaba un traje de alguna tela natural susurrante y seductora, con el escote lo bastante bajo como para revelar los globos blancos y lechosos de sus pechos. Manos terminadas en garras relucientes se extendieron hacia él.

—He intentado llegar hasta ti —jadeó—. No dejaban que me acercase. Han…

Aoudad se interpuso entre ellos.

—Elise…

Elise le arañó la mejilla con las uñas. Aoudad retrocedió, maldiciendo, y Elise se volvió de nuevo hacia Burris. Miró a Lona, con puro veneno en sus ojos. Tiró del brazo de Burris y dijo:

—Ven conmigo. Ahora que he vuelto a encontrarte, no te dejaré marchar.

—¡Quítale las manos de encima! —La voz de Lona. Las secas sílabas estaban rematadas con veloces hojas girantes.

La mayor de las dos mujeres clavó los ojos en la más joven. Burris, atónito, pensó que iban a pelearse. Elise pesaba por lo menos quince kilos más que Lona y, como Burris tenía buenas razones para saber, poseía una fuerza salvaje. Pero Lona también tenía dones insospechados. Una escena en el vestíbulo, pensó con una extraña claridad mental. No va a faltarnos de nada.

—¡Le amo, pequeña zorra! —gritó roncamente Elise. Lona no respondió. Pero su mano se adelantó en un veloz gesto hacia el antebrazo que Elise tenía extendido hacia delante. El filo de la mano chocó con el carnoso antebrazo, produciendo un seco chasquido. Elise siseó y apartó el brazo. Sus manos volvieron a tomar la forma de garras. Lona, dispuesta a defenderse, dobló las rodillas y se preparó a saltar.

Para todo esto sólo habían hecho falta segundos. Los atónitos espectadores empezaron a moverse. Burris, libre ya de su parálisis inicial, se interpuso entre ellas y protegió a Lona de la furia de Elise. Aoudad cogió a Elise por un brazo. Ella intentó liberarse y sus pechos desnudos temblaron a causa del esfuerzo. Nikolaides apareció por el otro lado. Elise gritó, se debatió, dio patadas. Mientras tanto, a su alrededor se había formado un círculo de robots botones. Burris, inmóvil, vio cómo se llevaban a Elise por la fuerza.

Lona se apoyó en una columna de ónice. Tenía el rostro bastante enrojecido, pero aparte de eso ni tan siquiera su maquillaje había sufrido daño. Parecía más sorprendida que asustada.

—¿Quién era ésa? —preguntó.

—Elise Prolisse. La viuda de uno de mis compañeros de nave.

—¿Qué quería?

—¿Quién sabe? —mintió Burris.

Lona no se dejó engañar tan fácilmente.

—Dijo que te amaba.

—Está en su derecho. Supongo que ha estado sometida a una gran tensión.

—La vi en el hospital. Te visitó. —Por el rostro de Lona se encendieron y se apagaron las verdes llamas de los celos—. ¿Qué quiere de ti? ¿Por qué ha hecho esta escena?

Aoudad acudió en su rescate. Sosteniendo un pañuelo contra su ensangrentada mejilla, dijo:

—Le hemos dado un sedante. No volverá a molestarte. Siento terriblemente todo esto. Una mujer ridícula, una idiota histérica…

—Volvamos arriba —dijo Lona—. Ahora no tengo muchas ganas de comer en el Salón Galáctico.

—Oh, no —dijo Aoudad—. No cancelemos la cena. Te daré un relajante y en unos instantes te sentirás mejor. No debes permitir que un episodio estúpido como ése arruine una noche maravillosa.

—Por lo menos salgamos del vestíbulo —dijo secamente Burris.

El pequeño grupo se dirigió presuroso hacia una salita brillantemente iluminada. Lona se hundió en un diván. Burris, que estaba a punto de estallar en una tardía reacción, sintió las oleadas del dolor en sus muslos, sus muñecas y su pecho. Aoudad sacó de su bolsillo un estuchito de relajantes, tomando uno él mismo y dándole otro a Lona. Burris rechazó el pequeño tubo con un encogimiento de hombros, sabiendo que la droga contenida en él no le produciría ningún efecto. Pasados unos momentos Lona ya volvía a sonreír.

Burris sabía que no se había confundido al percibir los celos en sus ojos. Elise había aparecido como un tifón de carne, amenazando con llevarse todo lo que Lona poseía, y Lona había luchado ferozmente. Burris estaba halagado e inquieto al mismo tiempo. No podía negar que había disfrutado siendo el objeto de una lucha así, como le habría ocurrido a cualquier hombre. Sin embargo, ese instante de revelación le había mostrado hasta qué punto había llegado ya a depender Lona de él. Burris no sentía ningún compromiso tan fuerte. La chica le gustaba, sí, y estaba agradecido por su compañía, pero le faltaba mucho para estar enamorado de ella. Dudaba mucho de que pudiera llegar a quererla, o de que pudiera enamorarse de cualquier otra mujer. Pero era evidente que Lona, sin tener ni tan siquiera un lazo físico que les uniera, había construido alguna fantasía o romance interior. Burris sabia que eso ocultaba las semillas de futuros problemas.

Con sus tensiones eliminadas por el relajante de Aoudad, Lona se recuperó rápidamente del ataque de Elise. Se pusieron en pie, Aoudad radiante pese a su herida.

—¿Vendrás a cenar ahora? —le preguntó.

—Me encuentro mucho mejor —dijo Lona—. Todo fue tan repentino…, me impresionó mucho.

—Cinco minutos en el Salón Galáctico y lo habrás olvidado todo —dijo Burris. Le ofreció nuevamente su brazo. Aoudad les condujo hacia el ascensor especial que sólo llevaba al Salón Galáctico. Subieron a la placa gravitatoria, y ésta se lanzó hacia arriba. El restaurante se encontraba en lo alto del hotel, asomándose a los cielos desde su elevada posición igual que un observatorio privado, un sibarítico Uraniborg de la comida. Temblando todavía por el inesperado ataque de Lona, Burris sintió una nueva ansiedad cuando llegaron al vestíbulo del restaurante. Mantuvo su fachada de tranquilidad pero, ¿sería presa del pánico en el lujo sobrenatural del Salón Galáctico?

Había estado allí antes, una vez, hacía mucho tiempo. Pero eso fue dentro de otro cuerpo y, además la chica estaba muerta.

—¡El Salón Galáctico! —proclamó Aoudad—. Vuestra mesa os espera. Pasadlo bien.

Y desapareció. Burris le dirigió una tensa sonrisa a Lona, que parecía drogada y aturdida a causa de la felicidad y el terror. Las puertas de cristal se abrieron para recibirles. Entraron.

19 — Le jardín des supplices

Jamás había existido un restaurante como aquél desde Babilonia. Las terrazas se alzaban hacia la cúpula estrellada, hilera tras hilera. Aquí la refracción estaba prohibida y el comedor daba la impresión de hallarse abierto a los cielos, pero en realidad los elegantes comensales se encontraban protegidos en todo instante de los elementos. Una pantalla de luz negra que enmarcaba la fachada del hotel eliminaba el efecto de la iluminación ciudadana, con lo que las estrellas brillaban siempre sobre el Salón Galáctico igual que lo harían sobre un bosque no habitado por el hombre.

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