Robert Silverberg - Estación Hawksbill

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Estación Hawksbill: краткое содержание, описание и аннотация

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En las primeras décadas del siglo XXI se instala en Estados Unidos un gobierno autoritario que secuestra a los disidentes y los mete en la cárcel secreta de mayor seguridad de todos los tiempos: el pasado remoto. Usando una nueva tecnología que permite trasladar objetos y seres vivos por el tiempo, las autoridades crean en el período cámbrico, a mil millones de años de nosotros, la Estación Hawksbill, una penitenciaría sin rejas pero cercada por un paisaje rocoso, inhóspito y monótono, y por mares en los que abundan primitivas formas de vida. En ese mundo gris, lo único que anima a los presos es la llegada de nuevos compañeros con noticias de un futuro cada vez más borroso y lejano.

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3

El sendero que llevaba del edificiq principal a la choza donde vivía Donald Latimer era sobre todo cuesta abajo, cosa que Barrett agradecía aunque sabía que dentro de un rato, al volver, tendría que esforzarse subiendo la cuesta. La choza de Latimer estaba en el borde oriental de la Estación y un poco por encima. Hahn y Barrett caminaron despacio hacia ella. Hahn se mostraba preocupado por la pierna herida de Barrett, y a Barrett le molestaba el esfuerzo exagerado que hacía el joven para seguirle el ritmo.

Lo desconcertaba ese Hahn. El hombre estaba lleno de aparentes contradicciones. Como, por ejemplo, aparecer allí con el peor caso de shock temporal que Barrett había visto jamás y después recuperarse con notable rapidez. O parecer frágil y tímido, pero ocultar sólidos músculos debajo de la túnica. Dar una apariencia exterior de incompetencia general, pero mostrar un tranquilo dominio a la hora de hablar. Barrett se preguntaba qué habría hecho ese joven pulcro para ganarse el viaje a la Estación Hawksbill. Pero ya tendría tiempo de averiguarlo. Todo el tiempo del mundo.

Hahn señaló el horizonte con la mano y dijo: —¿Todo es así? ¿Roca y océano?

—Eso es todo. La vida terrestre aún no ha evolucionado. No lo hará por bastante tiempo. Todo es maravillosamente simple, ¿verdad? Nada de amontonamientos. Nada de expansiones urbanas. Nada de atascos. Hay algo de musgo trasladándose a la tierra firme, pero no mucho.

—¿Y en el mar? ¿Hay dinosaurios nadando por ahí?

Barrett negó con la cabeza.

—No habrá vertebrados hasta dentro de treinta, cuarenta millones de años. Llegarán en el ordovícico, y nosotros estamos en el cámbrico. Ni siquiera tenemos peces todavía, y mucho menos reptiles. Sólo podemos ofrecer cosas que se arrastran. Algunos mariscos, unas cosas grandes y feas parecidas a calamares, y trilobites. Tenemos, más o menos, setecientos mil millones de especies diferentes de trilobites. Y un hombre del grupo, llamado Mel Rudiger, el que te dio el trago cuando llegaste, los colecciona. Rudiger está escribiendo el texto definitivo sobre los trilobites. Su obra maestra.

—Pero nadie tendrá la oportunidad de leerlo… en el futuro.

—Arriba, decimos nosotros. —Arriba.

—Qué pena —dijo Barrett—. Una obra tan brillante y desaprovechada, porque aquí a nadie le importa un bledo la vida y las desgracias de los trilobites, y Arriba nadie se enterará jamás. Pedimos a Rudiger que grabara el libro en placas de oro imperecederas con la esperanza de que lo encontraran algún día los paleontólogos. Pero dice que hay muy pocas probabilidades de que eso llegue a sus manos. Mil millones de años, de geología comerán las placas sin remedio antes de que alguien las encuentre. Y si alguna vez aparecieran, lo más probable es que fue tan usadas para iniciar una nueva religión o algo parecido. .

Hahn hizo una mueca.

—¿Por qué el aire tiene un olor tan extraño? —La composición es diferente —dijo Barrett—. La hemos analizado. Más nitrógeno, un poco menos de oxígeno, casi nada de dióxido de carbono. Pero en realidad no te resulta extraño por eso. Ocurre que aquí el aire es puro, incontaminado por los júbilos de la vida. Nadie excepto nosotros lo ha estado respirando, y no somos tantos.

—Me defraudó un poco que esto esté tan vacío —dijo Hahn, sonriendo—. Esperaba junglas exuberantes de plantas extrañas, y pterodáctilos girando en el aire y quizá un tiranosaurio chocando contra uña valla de la Estación.

—Nada de junglas. Nada de pterodáctilos. Nada de tiranosaurios. Nada de vallas. No hiciste tus deberes.

—Lo siento.

—Estamos a finales del período cámbrico. La vida es exclusivamente marina.

—Fueron muy considerados al elegir una era tan pacífica como basurero para los prisioneros políticos —dijo Hahn—. Tenía miedo de que no hubiera más que dientes y garras.

Barrett soltó un escupitajo.

—¡Así que considerados! Buscaban una era en la que no pudiéramos dañar su medio ambiente. Eso significaba que tenían que mandarnos a un tiempo anterior a la evolución de los mamíferos, no fuera que por accidente agarráramos al antepasado de toda la humanidad .y le retorciéramos el pescuezo. Y ya que estaban, decidieron escondernos en un pasado tan remoto que estaríamos a una enorme distancia de toda vida terrestre, siguiendo la teoría de que si matábamos a una cría de dinosaurio, podíamos afectar todo el curso del futuro. Su mundo.

—¿No les,importa que atrapemos unos pocos trilobites?

—Es evidente que creen que no hay riesgos —dijo Barrett—. Los hechos parecen darles la razón. La Estación Hawksbill lleva aquí veinticinco años y no da la sensación de que hayamos alterado la historia futura de manera perceptible. Todo sigue igual, a pesar de nuestra presencia en este sitio. Por supuesto, tienen la precaución de no mandarnos mujeres. —¿Por qué?

—Para que no empecemos a reproducirnos y a perpetuarnos. Eso ¡cómo enredaría las cosas a lo largo del tiempo! Una exitosa avanzada humana plantada aquí, mil millones antes de Cristo, y que ha tenido todo ese tiempo para evolucionar y mutar y crecer.

—Una línea evolutiva aparte.

—Por supuesto —dijo Barrett—. Cuando llegase el siglo xx, mandarían nuestros descendientes, sin importar qué clase de criaturas fueran para ese entonces, y los demás tipos de seres humanos estarían probablemente haciendo trabajos forzados, y se habrían creado más paradojas de las que uno puede imaginar. Por eso no nos mandan mujeres.

—Pero envían mujeres al pasado.

—Sí, claro —dijo Barrett—. Hay también una cárcel para mujeres, pero está a unos cientos de millones de años en el futuro, a finales del silúrico, y los dos grupos jamás se encontrarán. Por eso Ned Altman trata de fabricarse una mujer con tierra y basura. —Dios necesitó menos para hacer a Adán.

—Ned Altman no es Dios —señaló Barrett—. En eso radica su problema. Mira, ésta es la choza donde te vas a quedar, Hahn. Te pongo con Don Latimer. Es una persona sensible, interesante y agradable. Antes de meterse en política era físico, y lleva aquí unos doce años. Tengo que advertirte que últimamente está explorando una firme y algo disparatada veta mística. El tipo con el que vivía se mató el año pasado, y desde entonces Don ha estado tratando de encontrar una manera de salir de la Estación mediante el uso de poderes extrasensoriales.

—¿Lo hace en serio?

—Me temo que sí. Y nosotros también tratamos de tomarlo a él en serio. En la Estación Hawksbill todos aceptamos las rarezas de los demás; es la única manera de evitar una epidemia de psicosis. Latimer quizá trate de que colabores con él en su proyecto. Si no te gusta vivir con él, puedo cambiarte a otro sitio. Pero quiero ver cómo reacciona ante alguien que es nuevo en la Estación. Me gustaría que intentaras vivir con él.

—Quizá pueda incluso ayudarle a encontrar esa puerta extrasensorial que busca.

—Si la encuentras, llévame contigo —dijo Barrett.

Los dos se echaron a reír. Después Barrett llamó a la puerta de Latimer. No hubo respuesta. Esperó un momento y entonces la abrió de un empujón. En la Estación Hawksbill no había cerraduras.

Latimer estaba sentado en el suelo de piedra, con las piernas cruzadas, meditando. Era un hombre delgado, de expresión suave, piel apergaminada y boca triste, y empezaba a mostrar signos de vejez. En ese momento parecía estar por lo menos a un millón de kilómetros de distancia, totalmente ajeno a la presencia de ellos. Hahn se encogió de hombros. Barrett se llevó un dedo a los labios. Esperaron en silencio unos minutos, mientras Latimer comenzaba a salir del trance.

Se levantó de un solo movimiento fluido, sin usar las manos.

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