Robert Silverberg - Sadrac en el horno

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Sadrac en el horno: краткое содержание, описание и аннотация

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Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.

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Tres horas después de la operación, Mordecai pasa a buscar a Nikki por el laboratorio del Proyecto Avatar, en el séptimo piso de la Gran Torre del Khan. El lugar de trabajo de la doctora Crowfoot es un salón enorme, de paredes verdes, repleto de animales enjaulados, animales locos, halcones que cacarean y gorilas arborícolas; donde no hay jaulas hay inmensos armarios con material de prueba. El aire de la habitación huele a laboratorio, un olor que Sadrac recuerda de sus épocas de estudiante en la Universidad de Harvard: una mezcla de Lysol y formaldehído y alcohol etílico y excremento de ratón y gases de mechero Bunsen y forros aislantes quemados y… Todo el personal del Proyecto Avatar ya se ha retirado, menos Nikki que, vistiendo ropa de laboratorio, trabaja concentrada entre un amontonamiento de computadoras, cabezales y pantallas de televisión que configuran una inmensa mole de cinco metros de altura. Está de pie, de espaldas a la puerta, observando explosiones pirotécnicas de color verde, azul y rojo, que vibran alocadas en el cuadrante de un gigantesco osciloscopio. Sadrac se acerca sigiloso por detrás y, sin que ella advierta su presencia desliza las manos por debajo de los brazos de Nikki y le acaricia los pechos a través de la bata. Al advertir la mano de Mordecai, un escalofrío recorre la espalda de Nikki, inmediatamente se relaja, y sin volverse, dice:

—Tonto —su voz es afectiva—, no me distraigas. Estoy probando un simulacro triple. Aquella cinta verde, abajo, es el Genghis Mao verdadero, aquella otra, arriba, la azul, es la reproducción de personalidad que hicimos en abril, y…

—Deja de preocuparte ya. Genghis Mao murió durante la operación, cuando le sacaron el hígado; la revolución empezó hace una hora. La ciudad…

Nikki aparta los brazos de Sadrac y lo mira atónita, pasmada.

—…está en llamas. Escucha, lo comprobarás por las explosiones: están volando todas las estatuas…

Nikki, que finalmente advierte la expresión de Sadrac, echa a reír.

—¡Idiota! ¡Idiota!

—No, la verdad es que está perfecto, a pesar de que Warhaftig puso el hígado al revés.

—Basta ya, Sadrac.

—Está bien. Ahora, hablando en serio, está en perfectas condiciones. Sólo tardó diez minutos en recuperarse, tanto que ahora está dirigiendo, como un payaso mogol, la actividad en el Vector de. Comité Uno.

—Sadrac…

—No puedo evitarlo. Estoy pasando por la etapa maníaca del postoperatorio.

—Bueno, yo no. Hoy tuvimos un día espantoso aquí adentro.

Sadrac comprueba, finalmente, que Nikki está realmente deprimida. Lo advierte por los ojos agotados, el rostro tenso y los hombros caídos, característica poco común en ella.

—¿Qué sucede? ¿Las pruebas no dan resultados positivos?

—No pudimos saber nada. Se arruinó una de las bobinas de realimentación y se borraron tres cintas claves. Estoy tratando de salvar lo que queda. Esto es un atraso de un mes, un mes y medio.

—¡Pobre Nikki! ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?

—Sí, sácame de aquí —dice Nikki—. Necesito divertirme, distraerme, necesito tus muecas. Pero, cuéntame, ¿Cómo fue la operación, finalmente?

—Perfecta. Warhaftig es un erudito. Es capaz de hacer una implantación nuclear a una ameba y volver a extraerla con los pulgares.

—¿Y el supremo, el gran hombre? ¿Cómo está?

—Una maravilla —dice Mordecai—. Es casi obscena la manera en que este anciano de ochenta y siete años supera operaciones de este tipo cada cinco o seis semanas.

—¿Ochenta y siete? ¿Tiene ochenta y siete años?

—Esa es la cifra oficial —dice Mordecai encogiéndose de hombros—. Algunos dicen que es mayor, mucho mayor, noventa, noventa y cinco años, y otros, incluso, dicen que tiene más de cien. Se rumorea que peleó en la Segunda Guerra Mundial. Desde luego, nos estamos refiriendo al cerebro, a la epidermis y a la estructura ósea, ya que el resto de sus órganos son relativamente nuevos: un pulmón aquí, un riñón allá, arterias de dacrón; las articulaciones de la cadera son de cerámica, el esófago, de plástico, un hombro es de molibdeno y cromo y de tanto en tanto se le renueva el hígado. Realmente, no se como todo eso puede mantenerse en su cuerpo. Lo que sí puedo asegurar es que cada vez está más joven, más fuerte, más astuto. Tendrías que escuchar el ritmo espléndido de los signos vitales.

Nikki, sonriendo, coloca las manos en los muslos de Sadrac, como si quisiera localizar los nódulos.

—Sí, es una maravilla, y con la edad que tiene… En este momento está fornicando a una enfermera. A ver, espera, espera, creo que esta llegando. Ah, no, era un estornudo.

—Ahora capto una entrada de audio. —dijo Gezundheit—. Bueno, hablando en serio, ¿cómo es la vida sexual de Genghis Mao?

—Prefiero no preguntar.

—Pero, ¿acaso los nódulos no te dan información?

—Honni soit qui mal y pense —dice Mordecai—. No me cabe ninguna duda de que lleva una vida sexual espléndida, probablemente, mucho más activa que la mía.

—No tenías ninguna obligación de dormir solo anoche.

—Mi vocación me lo exige —hace un gesto señalando la puerta—. ¿Karakorum?

—Sí, Karakorum. Pero primero tengo que darme un baño y cambiarme.

Suben al departamento de Nikki, que está ubicado en el piso cuarenta y siete de la Gran Torre. Todos los miembros importantes del personal de Genghis Mao residen en el edificio, pero no todos gozan de las mismas comodidades, ya que, por ejemplo, el prestigio de la directora de un grupo de investigación. no es igual que el del médico personal del presidente. La suite de Nikki, por lo tanto, no es tan suntuosa como la de Sadrac Mordecai: tiene sólo tres habitaciones, moblaje sencillo, pisos de madera común, no tiene balcón y, por consiguiente, no tiene muy linda vista. Sadrac se acomoda en un mullido sillón de gomaespuma mientras Nikki se desviste y se dirige a la ducha. Su figura desnuda, bella e impactante, de pechos pardos, muslos exuberantes, vientre plano y rígido, despierta el deseo en Sadrac. Es alta, esbelta, de hombros abultados, cintura pequeña, caderas anchas, nalgas suaves y musculosas, cabello negro que le cubre casi toda la espalda. Al desvestirse, deja atrás la aureola del laboratorio, el aspecto tenso y fatigado del científico que no ha cumplido con su objetivo, y se transforma en algo primitivo, salvaje, rudimentario, en una Pocahontas, una Sacajewa, una Nokomis nacida de la luna. Una vez, cuando estaban juntos en la cama, él hizo una de estas comparaciones, y ella se sintió avergonzada y turbada y, en una actitud burlona y defensiva lo comparó con Otelo, y Ras Tafari y Chaka Zulu. Desde entonces, Sadrac no volvió a hacer esas comparaciones románticas del origen salvaje de Nikki, porque a él no le gusta, tampoco, que le recuerden su propio origen. Sin embargo, cada vez que ella se desnuda frente a él, Mordecai no puede dejar de ver en su figura a una princesa de una nación del pasado, a la sacerdotisa de las grandes llanuras, a la amazona encarnada de la noche pagana.

Por fin, Nikki sale de la ducha luciendo un vestido dorado, largo hasta el piso, de malla abierta que deja ver pezones achocolatados, sombras negras y azuladas del triángulo púbico, de muslos, de nalgas; una prenda provocativa y sensual, por cierto, la antítesis de la bata que usa en el laboratorio. De buena gana, Sadrac la llevaría a la cama en este momento, pero sabe que está cansada, que tiene hambre, que todavía está preocupada por los fracasos del día y —que, por lo tanto, no está con animo, por ahora, para hacer el amor. Además, la conoce bien, y sabe que no le gusta mantener relaciones sexuales en horas de la tarde, que prefiere dejar la excitación erótica para la noche. Por lo tanto, Sadrac se conforma con un beso suave y juguetón y con una sonrisa cariñosa. ¡A Karakorum, entonces. A sumergirse en las profundidades de la torre para esperar el tren subterráneo que los llevará a la diversión!

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