David Brin - El efecto práctica

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“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es vista como magia”. La frase, a menudo atribuida a Arthur C. Clarke, se hace realidad en esta amena y divertida novela de David Brin.
Dennis Nuel, profesor universitario de física, es transportado a un mundo alternativo donde el segundo principio de la termodinámica está invertido y los objetos mejoran con su uso en lugar de deteriorarse.
Inevitablemente, Dennis recibe en ese mundo dotado de una organización feudal la consideración de mago. Deberá intervenir en innumerables aventuras y participar en viajes sorprendentes donde encontrará a una rubia princesa y deberá enfrentarse a un inteligente señor de la guerra y a los habituales villanos envidiosos. Todo ello en un mundo dotado de tecnología de pacotilla.
Una idea brillante servida con una técnica narrativa que recuerda explícita y voluntariamente la ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Una viaje alucinante y alucinado por un mundo anómalo donde las leyes de la física son distintas.

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Arth era una silueta en la penumbra de la habitación. Sacudió la cabeza.

—No lo creo. He oído voces en la carretera, pero no había animales. Me he adelantado antes de que abrieran la verja.

Dennis se levantó pesadamente y fue a echar un vistazo a través de una abertura en las cortinas. La ventana amarillenta y polvorienta daba al patio de la granja. En el borde derecho de su ángulo de visión vio un destello de movimiento. Sonaron pasos en el porche de madera.

La única salida era cruzando el salón; tendrían que enfrentarse con quien fuera. Y ninguno de los tres estaba en condiciones de plantar cara ni siquiera a un par de lobatos de scout drogados.

Indicó a Arth que se colocara detrás de la puerta y alzó una silla. Las pisadas sonaban ahora en el salón.

El cerrojo se descorrió y la puerta del dormitorio crujió lentamente al abrirse. Dennis alzó la silla por encima de su cabeza.

Se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando la puerta se abrió de par en par para revelar a una fornida mujer de mediana edad. Ella vio a Dennis y soltó un gritito mientras retrocedía unos pasos, por lo que casi derribó a un niño pequeño que la acompañaba.

—¡Espera! —dijo Dennis.

La mujer agarró al niño del brazo, arrastrándolo frenética hacia la puerta principal. Pero la pequeña figura se resistió.

—¡Dennz! ¡Ma, es sólo Dennz!

Dennis soltó la silla a indicó a Arth que se quedara donde estaba. Corrió al salón tras ellos.

La mujer se detuvo, insegura, ante la puerta abierta. Su tenaza era blanca sobre el brazo del niño que Dennis había conocido al principio de su estancia en aquel mundo. El terrestre se detuvo en la entrada del pasillo, alzando las manos vacías.

—Hola, Tomosh —dijo tranquilamente.

—¡Hola, Dennz! —contestó Tomosh feliz, aunque su madre lo retuvo cuando intentó avanzar. El recelo y el miedo todavía inundaban sus ojos.

Dennis trató de recordar el nombre de la mujer. Stivyung lo había mencionado varias veces. ¡Tenía que convencerla como fuera de que era un amigo!

Sintió movimiento a su espalda.

¡Maldito Arth! ¡Le dije que se quedara atrás! ¡Un desconocido más en su casa será suficiente para espantar a esta mujer!

Los ojos de la señora Sigel se abrieron como platos. Pero en vez de huir, suspiro.

—¡Princesa!

Dennis se volvió y no pudo evitar parpadear sorprendido también él. Incluso con el pelo en desorden, los ojos adormilados y descalza, con los pies ensangrentados, Linnora conseguía parecer regia. Sonrió graciosamente.

—Estás en lo cierto, buena mujer, aunque creo que no nos conocemos. Debo darte las gracias por la hospitalidad de tu hermosa casa. Mi gratitud, y la de los L´Toff, son tuyas para siempre.

La señora Sigel se ruborizó, a hizo una torpe reverencia. Su cara se transformó, olvidada su dureza.

—Mi casa es vuestra, alteza —dijo tímidamente—. Y de vuestros amigos, por supuesto. Sólo desearía que fuera más presentable.

—Para nosotros, es tan digna como el más grande palacio —le aseguró Linnora—. Y mucho mejor que el castillo donde hemos estado recientemente.

Dennis cogió a Linnora del brazo para ayudarla a sentarse en una silla. Ella le miró a los ojos y le hizo un guiño.

La señora Sigel armó un gran alboroto cuando vio el estado de los pies de la joven. Corrió a una esquina de la habitación y levantó un tablón del suelo, dejando al descubierto una despensa oculta. Sacó vendas limpias, de décadas de antigüedad, y una jarra de ungüento. Insistió en atender de inmediato las ampollas de Linnora, apartando a Dennis de forma amable pero inflexible.

Tomosh se acercó y golpeó a Dennis afectuosamente en la pierna; luego empezó a formularle un torrente de preguntas ansiosas y atropelladas. Dennis tardó diez minutos en poder decirle a la señora Sigel que había visto por última vez a su marido a treinta metros de altura, montado en un gran globo.

También tuvo que explicar qué demonios era un «globo».

2

—Podríamos intentar prepararos un escondite aquí —le dijo Surah Sigel a Dennis mucho más tarde, después de que los demás se hubieran acostado—. Sería peligroso, claro. El barón ha movilizado la milicia, y sus hombres regresarán pronto. Pero podríamos intentarlo.

Parecía que Surah tenía poca fe en su propia sugerencia. Dennis ya sabia cuál era el problema.

—Olfateadores —dijo simplemente.

Ella asintió a su pesar.

—Sí. Kremer los usará para buscaros. Con tiempo suficiente, los olfateadores pueden encontrar a un hombre en cualquier parte por su olor.

Dennis había visto una camada de aquellos animales de gran nariz mientras residía en el castillo. Parecían primos lejanos de los perros, pero Dennis no sabía de ningún equivalente terrestre exacto. Eran más lentos que los sabuesos, pero tres veces más sensibles. Arth le había dicho que existían maneras de despistar a los olfateadores en la ciudad, pero que al aire libre eran imparables.

Dennis sacudió la cabeza.

—Tenemos que seguir lo antes posible. Eres tan generosa y valiente como lo describió Stívyung, Surah. Pero no puedo hacerme responsable de lo que os pasaría a Tomosh y a ti si nos encontraran aquí a Linnora y a mí.

»Nos marcharemos pasado mañana.

En su fuero interno, Dennis temía incluso esperar tanto tiempo.

—¡Pero los pies de la princesa no habrán sanado todavía para entonces! ¡Su tobillo sigue hinchado!

La señora Sigel se había ofrecido antes a llevar a Linnora a casa de su hermana para tratar de disfrazarla de algún modo. Pero Linnora no quiso ni oír hablar del tema. No era sólo que no estuviera dispuesta a poner en peligro a gente inocente. También estaba decidida a negar a Kremer incluso la posibilidad de volver a utilizarla como rehén. Y su pueblo tenía que ser advertido de las nuevas armas del barón. Volvería a las montañas occidentales aunque tuviera que ir a rastras.

Si por mí fuera, no me quedaría ni siquiera un día más —dijo Dennis—. Pero tengo que intentar crear algo… algo que nos permita llevar lejos a Linnora aunque sus pies no hayan sanado.

La señora Sigel suspiró, aceptando su decisión. Después de todo, un mago era un mago. Había escuchado con asombro las historias de Arth sobre los milagros de Dennis.

—Muy bien, pues. A primera hora iré a coger de casa de Biss esas herramientas que necesitas. Tomosh vigilará la carretera y os avisará si vienen soldados, Os dibujaría un mapa para indicaros el camino que conduce a los L´Toff, pero tenéis el mejor guía del mundo, así que supongo que no os hará ninguna falta.

Linnora y Tomosh se habían retirado después de una espartana pero nutritiva comida sacada de la despensa secreta de los Sigel. Arth roncaba suavemente en una silla, practicándola a cambio de la hospitalidad de su anfitriona. Aunque no era un gran fumador, Dennis chupaba diligente una de las pipas de Stivyung Sigel por el mismo motivo.

Surah le había contado a Dennis su propia aventura, de la que acababa de regresar: su viaje a las montañas de los L´Toff. Los ojos se le iluminaban cuando hablaba de sus viajes.

Stivyung le había hablado a menudo de los viajes realizados durante su carrera en los Exploradores Reales. Educada en una sociedad que todavía controlaba rígidamente las opciones abiertas para las mujeres, Surah se había entusiasmado con las historias de aventuras de su esposo en las fronteras salvajes, de encuentros con gente extraña incluyendo, por supuesto, a los misteriosos L´Toff.

Por sus descripciones, ella sabía que no eran seres de fábula ni diablos, sino personas a quienes los dioses habían concedido bendiciones con contrapartida. Desde su éxodo durante el reinado del buen rey Foss't, habían vivido casi aislados en su retiro de las montañas. Después de la caída del antiguo duque, su último protector fuerte en el oeste, los únicos coylianos que habían tenido contacto regular con ellos eran unos cuantos comerciantes y los exploradores.

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