David Brin - El efecto práctica

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“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es vista como magia”. La frase, a menudo atribuida a Arthur C. Clarke, se hace realidad en esta amena y divertida novela de David Brin.
Dennis Nuel, profesor universitario de física, es transportado a un mundo alternativo donde el segundo principio de la termodinámica está invertido y los objetos mejoran con su uso en lugar de deteriorarse.
Inevitablemente, Dennis recibe en ese mundo dotado de una organización feudal la consideración de mago. Deberá intervenir en innumerables aventuras y participar en viajes sorprendentes donde encontrará a una rubia princesa y deberá enfrentarse a un inteligente señor de la guerra y a los habituales villanos envidiosos. Todo ello en un mundo dotado de tecnología de pacotilla.
Una idea brillante servida con una técnica narrativa que recuerda explícita y voluntariamente la ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Una viaje alucinante y alucinado por un mundo anómalo donde las leyes de la física son distintas.

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Dennis miró al hombre, anonadado. ¡Quería echarse a reír, pero todo era demasiado absurdo incluso para eso!

Empezó a hablar dos veces y se detuvo cada una de ellas. Se preguntó si debía intervenir. Su impulso inicial de protestar podía no ser la estrategia adecuada. Si los sofismas de Hoss´k le proporcionaban una buena posición social y privilegios, ¿debía intervenir siquiera?

Mientras lo consideraba, la princesa Linnora se levantó bruscamente, la cara muy pálida.

—Mi señor barón. Caballeros. —Asintió con la cabeza a derecha a izquierda, pero no miró a Dennis—. Estoy fatigada. ¿Me disculpan?

Un criado retiró su silla. Ella no miró a Dennis a los ojos, aunque éste se levantó y trató de encontrar su mirada. Linnora soportó estoicamente los labios del barón sobre su mano, luego se dio la vuelta y se marchó, acompañada por dos guardias.

A Dennis le ardían las orejas. podía imaginar perfectamente lo que pensaba Linnora de él. Pero teniendo en cuenta las circunstancias, probablemente era mejor que hubiera permanecido en silencio, hasta que tuviera una oportunidad de pensar qué hacer. Ya habría tiempo más tarde para las explicaciones.

Se volvió y vio que Kremer 1e sonreía.

El barón tomó asiento y bebió de una copa cuyo barniz se había vuelto, con el paso de los años, de un magnífico azul arsénico.

—Por favor, siéntate, mago. ¿Fumas? Tengo pipas que han sido usadas cada día durante trescientos años. Mientras nos relajamos, estoy seguro de que encontraremos asuntos provechosos para ambos de los que conversar.

Dennis no dijo nada.

Kremer lo miró, calculador.

—Y tal vez podamos resolver algo que beneficie también a la dama.

Dennis frunció el ceño. ¿Tan obvios eran sus sentimientos?

Se encogió de hombros y se sentó. En su posición, no tenía más remedio que negociar.

4

—Menos mal que el palacio tiene montones de tuberías internas bien practicadas —dijo Arth mientras trataba de hacer encajar dos tubos, uniéndolos con lodo y cuerdas—. Odiaría tener que hacer nuestras propias tuberías de papel o yeso y practicarlas nosotros mismos.

Dennis usaba un escoplo para recortar una tapa dura que encajara en una gran tina de barro. Cerca, varios barriles del «mejor» vino del barón esperaban su turno de prueba. El laberinto de tuberías que había sobre sus cabezas era la pesadilla de un fontanero. Incluso el más retorcido fabricante clandestino de whisky de los Apalaches se habría echado a temblar nada más verlo. Pero Dennis supuso que sería lo bastante bueno para un comenzador de destilería.

Todo lo que tenían que hacer era introducir unas cuantas gotas de brandy para que salieran por el otro extremo del condensador. Un poco de producto final era todo lo que necesitaban para que fuera útil y, por tanto, practicable.

Arth silbaba al trabajar. Parecía haber perdonado a Dennis desde que le habían sacado del calabozo y le habían asignado el puesto de «ayudante de mago». Ahora, vestido con cómoda ropa de trabajo vieja y bien alimentado, el pequeño ladrón estaba entusiasmado con aquella tarea de creación que no se parecía a nada de lo que había hecho antes.

—¿crees que Kremer quedará satisfecho con esta destilería, Denniz?

Dennis se encogió de hombros.

—Dentro de un par de días deberíamos estar produciendo un caldo que hará que al barón se le caigan sus cómodas calzas de doscientos años. Debería bastar para hacerlo feliz.

—Bueno, sigo odiándolo a muerte, pero admito que paga bien. —Arth agitó una bolsita de cuero llena hasta su cuarta parte de tiras de precioso cobre.

Arth parecía satisfecho por ahora, pero Dennis tenía sus dudas. Hacer una destiladora para Kremer era sólo el primer paso.

Estaba seguro de que el señor de la guerra querría más cosas de su nuevo mago. Pronto perdería el interés por las promesas de nuevas comodidades y lujos y empezaría a pedir armas para su inminente campaña contra los L´Toff y el rey.

Dennis y Arth llevaban casi una semana con aquella tarea. Allí, pocos pasaban más de un día creando nada. Kremer empezaba a mostrar ya signos de impaciencia.

¿Qué haría cuando la destilería estuviera funcionando? ¿Enseñar al barón a forjar hierro? ¿Enseñar a sus artesanos el principio de la rueda? Dennis esperaba conservar una o dos de esas «esencias» en reserva, por si Kremer decidía faltar a su promesa. El señor de la guerra había jurado cubrir a Dennis de riquezas y proporcionarle todos los recursos que necesitara para reparar su «casita de metal» y volver a casa. Pero podía cambiar de opinión.

Dennis seguía sintiéndose ambiguo. Sin duda, Kremer era un frío hijo de perra. Pero era competente y no particularmente venal. Por sus lecturas de historia terrestre, Dennis sabía que muchos personajes considerados legendarios no eran precisamente personas agradables en la vida real. Aunque estaba claro que Kremer era un tirano, Dennis se preguntaba si era tan terrible comparado con los fundadores de otras dinastías.

Tal vez lo mejor sería convertirse en el Merlín de aquel tipo. Probablemente, Dennis podría hacer que las victorias de Kremer fueran abrumadoras, y por tanto relativamente incruentas, y al hacerlo así convertirse en un poder a su lado.

Ciertamente, eso le daría más libertad, tal vez incluso la suficiente para reparar el zievatrón y regresar a casa.

Parecía el plan adecuado.

Entonces, por qué sabía tan amargo?

Se le ocurría al menos una persona que no estaría de acuerdo con su decisión. Las pocas veces que había visto a la princesa Linnora desde el banquete estuvieron separados por al menos dos parapetos, ella escoltada por sus guardias y él por los suyos. Linnora le saludó fríamente con un movimiento de cabeza y se marchó con un remolino de faldas mientras él sonreía y trataba de mirarla a los ojos.

Dennis comprendía ahora cómo la lógica de Hoss´k en el banquete podía resultar convincente para alguien educado en aquel mundo. El malentendido le irritaba por lo injusto que era.

Pero no había nada que pudiera hacer. Kremer permitía que Dennis la viera de lejos, pero no que hablara con ella. Y él no podía insultar al barón en su presencia (estropeando todos sus planes) sólo por recuperar el favor de ella, ¿no? Eso sería un error.

Era un fastidio.

Arth y él construyeron su destilería en un patio amplio no lejos del de la cárcel de la que habían escapado sólo unas semanas antes. Excepto su pequeña parcela, todo el patio consistía en terrenos para la instrucción de las tropas del barón. Cerca de la pared exterior de troncos afilados, los sargentos dirigían a la milicia de la ciudad y las aldeas cercanas, practicando tanto las ajadas armas como sus igualmente escuálidos guerreros.

Más cerca del castillo, soldados regulares con vistosos uniformes usaban sus hachas de batalla y albardas para cortar trozos de carne que colgaban de altas picas. Las hojas resplandecientes cortaban carne y hueso por igual. Las tajadas se recogían en tinas que los pinches llevaban a las cocinas de palacio.

Incluso la pareja de guardias asignada a la vigilancia de Dennis y Arth tenía trabajo: los hombres se turnaban golpeándose levemente el uno al otro con espadas sin filo, para mejorar sus armaduras.

En el cielo, la patrulla aérea del barón realizaba sus maniobras. Dennis veía las cometas zambullirse y remontar vuelo unas alrededor de otras, tan gráciles como los más livianos planeadores de la Tierra. Permanecían en el aire durante horas seguidas gracias a las corrientes térmicas próximas al castillo. Practicaban lanzando en pleno vuelo pequeños dardos letales a unos blancos situados en el suelo.

Nadie más en Coylia tenía algo parecido a esos planeadores. Se decía que la innovación se produjo el día en que la cometa de observación que e1 propio barón pilotaba se soltó a resultas de un intento de asesinato. Practicada a la perfección como cometa, roto el cabo de contacto, la máquina aérea cayó dando vueltas.

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