David Brin - El efecto práctica

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“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es vista como magia”. La frase, a menudo atribuida a Arthur C. Clarke, se hace realidad en esta amena y divertida novela de David Brin.
Dennis Nuel, profesor universitario de física, es transportado a un mundo alternativo donde el segundo principio de la termodinámica está invertido y los objetos mejoran con su uso en lugar de deteriorarse.
Inevitablemente, Dennis recibe en ese mundo dotado de una organización feudal la consideración de mago. Deberá intervenir en innumerables aventuras y participar en viajes sorprendentes donde encontrará a una rubia princesa y deberá enfrentarse a un inteligente señor de la guerra y a los habituales villanos envidiosos. Todo ello en un mundo dotado de tecnología de pacotilla.
Una idea brillante servida con una técnica narrativa que recuerda explícita y voluntariamente la ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Una viaje alucinante y alucinado por un mundo anómalo donde las leyes de la física son distintas.

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—Sí que es un sitio húmedo y sombrío —comentaba el Guardia Uno mientras pasaba.

—Sí. Húmedo. Sombrío —respondía el otro.

—Desde luego, yo no querría ser prisionero. Es horrible estar aquí abajo.

—Claro que sí. Horrible.

—¿Quieres dejar de repetir lo que digo? ¡Tengo que hacer todo el trabajo! ¿Es realmente irritante!

—Ajá. Irritante. Claro que si…

De cualquier modo, eso resolvió un misterio. La forma de mantener el calabozo en práctica era haciendo que, por turnos, los carceleros comentaran constantemente lo terriblemente mal que se estaba allí abajo.

Al parecer, los prisioneros estaban demasiado distraídos para ofrecer mucha resistencia. Tal vez Kremer incluso contrataba a masoquistas locales para que bajaran allí y se divirtieran.

Era un aspecto desagradable del Efecto Práctica que Dennis desearía no haber conocido nunca.

Por fin fueron a buscarle, al cabo de un par de días, después de la bazofia de la cena. Dennis se levantó cuando alzaron el cerrojo de madera y la puerta se abrió de par en par. Arth se quedó mirando, meditabundo, desde un rincón.

Un oficial ataviado con un uniforme severo y elegante entró en la celda. Tras él permanecían dos altos soldados, cuyos cascos cónicos de piel de oso rozaban el techo del pasillo. El alto aristócrata le resultaba familiar. Dennis recordó haberlo visto en la calle, el día en que fueron capturados, discutiendo con el traidor, Perth.

—Soy lord Hern —anunció el oficial—. ¿Cuál de vosotros es el mago?

Ninguno de los dos respondió.

Lord Hern miró a Arth, luego tomó una decisión. Con un gesto de fastidio, indicó a Dennis que le siguiera.

—Buena suerte, Arth —dijo Dennis—. Ya te veré.

El pequeño ladrón simplemente puso los ojos en blanco y suspiró.

El sol se ocultaba tras las montañas del oeste cuando salieron a uno de los parapetos inferiores. Dennis se cubrió los ojos, pues llevaba mucho tiempo en la oscuridad de la celda.

Otros dos guardias más los siguieron. Dennis fue conducido por corredores de servicio; luego subieron unas escaleras hasta un elegante pasillo. Ninguno de los criados se volvió a mirar al tipo que pasaba cubriéndose con una manta. Otro par de guardias flanqueaba una puerta al fondo del pasillo. La abrieron tras un movimiento de cabeza de lord Hern.

Dennis siguió a su escolta hasta una habitación de buenas proporciones, sin ventanas. Contenía una cama enorme, con ricos y elegantes brocados por colcha. Una criada joven y hermosa preparaba un elegante vestido marrón oscuro con mangas hinchadas. A través de la puerta del fondo se filtraba vapor y se oía correr el agua.

—Cenarás con el barón esta noche —le anunció lord Hern—. Te comportarás bien. El barón tiene reputación de perder de vista a los invitados poco considerados.

Dennis se encogió de hombros.

—Eso he oído. Gracias. ¿Nos acompañarás tú?

Lord Hern lo miró con desprecio.

—No tendré el placer. Estaré en misión diplomática. Tal vez en otra ocasión.

—Lo espero muy ansiosamente. —Dennis hizo un gesto cortés.

El aristócrata apenas respondió al saludo. Se marchó sin decir palabra. Los coylianos, al parecer, eran gente poco educada, poco sofisticada. Los guardias se limitaron a mirar con curiosidad el extraño gesto con el brazo y el dedo que Dennis realizó en dirección a la espalda del lord.

No hizo falta que le dijeran que le habían preparado un baño. Dennis arrojó la manta a un rincón y se orientó por el sonido del agua.

2

Cavernícolas, se recordó Dennis una y otra vez mientras se dirigía hacia el salón del banquete.

Recuerda, chico, sólo son cavernícolas.

Era difícil tenerlo en cuenta. El gran pasillo estaba recubierto de relucientes espejos y tapices recargados. Sus botas y las de su escolta claqueteaban sobre un suelo de mosaico que reflejaba las luces de los chispeantes candelabros.

Había guardias con armaduras brillantes de cuero y albardas resplandecientes a intervalos regulares, en rígida posición de firmes.

¿Era un alarde de ostentación mantener a esos hombres allí cuando incluso su tiempo libre era más valioso si lo pasaban practicando cosas?, se preguntó Dennis.

Entonces se le ocurrió que, de hecho, estaban practicando algo: el pasillo en sí. Estaban mirando los espejos y tapices y los uniformes de los otros, haciéndolos más hermosos al apreciarlos. ¡Indudablemente aquellos guardias habían sido elegidos menos por su marcialidad que por su buen gusto!

Su escolta le miró cuando silbó admirado.

Mientras se acercaban a dos puertas altas y enormes, Dennis trató de relajarse.

«Si el pez gordo local espera a un mago, lo mejor que puedo hacer es actuar como un mago. Tal vez este barón Kremer sea razonable. Tal vez pueda llegar a un trato con él: libertad para mí y para mis amigos, y ayuda para arreglar el zievatrón, a cambio de enseñar el principio de la rueda a uno de los gremios de creadores.»

Dennis se preguntó si el noble cambiaría a la princesa Linnora por la «esencia» del vuelo en aerostato.

Las grandes puertas se abrieron en silencio mientras Dennis era conducido a un amplio salón de techo abovedado. El centro de la cámara estaba dominado por una mesa ornamentada, tallada a partir de alguna madera oscura increíblemente hermosa. La tenue luz procedía de tres candelabros lujosos. Las copas de cristal que había sobre el mantel bordado chispeaban a la luz de las velas.

Aunque había preparados cuatro asientos, en ese momento sólo eran visibles los criados. Uno trajo una bandeja con varias bebidas y se las ofreció a Dennis.

Necesitaba algo para calmar los nervios. Era difícil recordar que un salvaje (un cavernícola) era el dueño de todo aquello. Todo en la sala pretendía hacer que el invitado fuese consciente de su posición en una sociedad estratificada. En una habitación como aquélla, en la Tierra, Dennis estaría a punto de conocer a la realeza.

Señaló una botella, y el criado sirvió el licor en una copa de cristal del color del fuego.

Dennis cogió la copa y deambuló por la habitación. Si fuera un ladrón y tuviera un zievatrón en funcionamiento a su alcance, podría irse a la Tierra sólo con lo que pudiera llevarse en las manos.

Suponiendo, claro está, que las cosas se conservaran en su actual estado cuando dejaran el ambiente del Efecto Práctica.

Dennis sonrió al imaginar a los airados clientes cuyas maravillosas compras se deterioraban lentamente ante sus ojos para convertirse en los rudos productos de un taller infantil.

Los litigios podrían durar años.

La sensación de extrañeza regresó. Parecía inexorable. Y esta vez no estaba seguro de que sirviera de ayuda. Esa noche tenía que parecer confiado, o se arriesgaba a perder cualquier posibilidad que le quedara de regresar a casa.

Mientras reflexionaba, pasó ante unas elegantes puertas correderas que daban al balcón. Contempló la noche estrellada, con dos pequeñas lunas proyectando su luz sobre las nubes de paso, y se llevó la copa a los labios.

Una vez más fue víctima de sus propias presunciones. ¡En aquel entorno lujoso, esperaba las mejores cosechas, no meados de elefante!

Desde las sombras a su derecha llegó una risa femenina y musical. Se volvió rápidamente y vio que había alguien más en el balcón; la mano de ella trató brevemente de ocultar una sonrisa de diversión.

Dennis sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas.

—Sé cómo te sientes —se apresuró a decir la mujer, compasiva—. ¿No es horrible? El vino no se puede practicar, ni cocinar. Así que estos cretinos ponen lo que tienen en botellas bonitas y son felices, incapaces de notar la diferencia.

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