»Dígame, General, ¿quién está jugando tan fuerte que les obliga a salir del Rogue?
La cara de Macklin era una tempestad. Dobló sus nudosas manos y apretó los puños. Gordon esperaba pagar en cualquier momento el último precio por su satisfactoria explosión.
Casi fuera de sus órbitas, los ojos de Macklin no se apartaban de Gordon.
—¡Sáquelo de aquí! —le gritó a Bezoar.
Gordon se encogió de hombros y dio la espalda al furioso hombre aumentado.
—¡Y cuando vuelva usted quiero investigar esto, Bezoar! ¡Quiero saber quién rompió la seguridad! —La voz de Macklin persiguió a su jefe de inteligencia hasta las escaleras, donde los guardianes se situaron tras ellos.
La mano de Bezoar se mantuvo sobre el codo de Gordon durante todo el camino de vuelta al cobertizo-prisión.
—¿Quién puso aquí a este hombre? —gritó el Coronel holnista cuando vio al prisionero moribundo en el jergón de paja entre Johnny y la atónita mujer.
Un guardián parpadeó.
—Isterman, creo. Acababa de llegar del frente de Salmón River…
«… el frente de Salmón River…». Gordon reconoció el nombre de un arroyo del norte de California.
—¡Cierra la boca! —Bezoar casi gritó. Pero Gordon vio confirmadas sus teorías. En esa guerra había más de lo que ellos sabían hasta aquella tarde.
—¡Sacadlo de aquí! ¡Después llevad a Isterman a la casa grande en seguida!
Los guardianes se movieron con premura.
—¡Eh, tened cuidado con él! —gritó Johnny cuando cogieron al hombre inconsciente como un saco de patatas. Bezoar le dirigió una mirada fulminante. El Coronel holnista desfogó su rabia lanzando una patada hacia la encogida mujer, pero ella tenía buenos reflejos. Cruzó la puerta antes de que la tocara.
—Lo veré mañana —dijo Bezoar a Gordon—. Creo que más le valdría recapacitar y escribir esa carta a Corvallis mientras tanto. Lo que ha hecho esta noche no es sensato.
Gordon apenas miró al hombre, como si no mereciese atención.
—Lo que ocurre entre el General y yo no le concierne a usted —le dijo a Bezoar—. Sólo los iguales tienen derecho a intercambiar amenazas, o desafíos.
La cita de Nathan Holn pareció empujar hacia atrás a Bezoar, como si hubiese sido golpeado. Observó a Gordon mientras éste se sentaba en la paja con los brazos detrás de la cabeza, haciendo caso omiso al antiguo abogado.
Sólo cuando Bezoar se hubo marchado, cuando el lóbrego cobertizo se quedó tranquilo de nuevo, Gordon se levantó y corrió hacia Johnny.
—¿Ha dicho algo el soldado que lleva la insignia del oso?
Johnny negó con la cabeza.
—No ha recobrado la conciencia, Gordon.
—¿Qué hay de la mujer? ¿Ha dicho algo ella?
Johnny miró a derecha e izquierda. Los demás prisioneros estaban en sus rincones, de cara a la pared como habían estado durante semanas.
—Ni una palabra. Pero me ha dado esto.
Gordon cogió un sobre manoseado. Reconoció las cuartillas en cuanto las sacó.
Era la carta de Dena, la que había recibido de manos de George Powhatan, en la montaña de Sugarloaf. Debía de estar en el bolsillo de sus pantalones cuando la mujer se llevó su ropa para lavarla. Debía de haberla guardado.
¡No era de extrañar que Macklin y Bezoar no la hubieran mencionado!
Gordon tomó la determinación de que el General nunca consiguiera aquella carta. Por muy locas que Dena y sus amigas estuviesen, merecían una oportunidad. Comenzó a romperla, dispuesto a comerse los trazos, pero Johnny lo detuvo.
—¡No, Gordon! Ha escrito algo en la última página.
—¿Quién? ¿Quién ha escrito…? —Gordon acercó el papel a la tenue luz de la luna que se introducía entre los tablones. Al fin vio unos garabatos hechos con lápiz, toscas letras de molde que contrastaban fuertemente bajo la culta escritura de Dena.
¿es verdad?
¿son las mujeres tan libres en el norte?
¿son algunos hombres buenos y fuertes a la vez?
¿morirá ella por ti?
Gordon estuvo largo rato mirando las sencillas y tristes palabras. Sus fantasmas lo seguían a todas partes, a pesar de la resignación recién hallada. Aún le inquietaba lo que George Powhatan había dicho sobre los motivos de Dena.
Las Grandes Cosas no sueltan sus presas.
Masticó la carta despacio. No dejaría que Johnny compartiese su particular comida. Cada trozo se convirtió en una expiación, en un sacramento.
Aproximadamente una hora más tarde, se produjo una conmoción… una ceremonia de alguna clase. Al otro lado del claro, en el viejo almacén general de Agnes, una doble columna de soldados holnistas marchaban con un lento y sordo redoble de tambores. En medio de ellos caminaba un hombre alto y rubio. Gordon lo reconoció como uno de los holnistas con uniforme de camuflaje que habían acompañado a los siervos que dejaron al prisionero moribundo en su prisión.
—Debe de ser Isterman —comentó Johnny, fascinado—. Esto le enseñará a no olvidarse de informar a G-2.
Gordon advirtió que Johnny debía de haber visto demasiadas películas viejas sobre la Segunda Guerra Mundial, en la videoteca de Corvallis.
Al final de la línea de escoltas reconoció a Roger Septien. Pese a la oscuridad apreció que el antiguo bandolero montañés temblaba tanto que era casi incapaz de sostener el rifle.
La cultivada voz de Charles Bezoar sonó nerviosa, también, al leer los cargos. Isterman tenía la espalda apoyada en un gran árbol, el rostro impasible. Llevaba la ristra de trofeos sobre el pecho en bandolera…, como un repugnante fajín de medallas al valor.
Bezoar se hizo a un lado y Macklin se adelantó para hablar con el condenado. Macklin estrechó la mano a Isterman, lo besó en ambas mejillas y luego fue a situarse junto a su ayudante para contemplar el final. Un sargento con dos pendientes dio las escuetas órdenes. Los ejecutores se arrodillaron, levantaron los rifles y dispararon a la vez.
Excepto Roger Septien, que se desmayó.
El alto y rubio holnista yacía ahora sobre un charco de sangre al pie del árbol. Gordon pensó en el prisionero moribundo que había compartido su cautiverio durante tan poco tiempo y les había dicho tanto sin abrir siquiera los ojos.
—Que duermas bien, californiano —musitó—. Te has llevado a uno más de ellos contigo. Todos deberíamos hacerlo tan bien como tú.
Aquella noche Gordon soñó que estaba mirando a Benjamín Franklin jugar al ajedrez con una estufa de hierro cuadrada.
—Es un problema de equilibrio —dijo el canoso científico y hombre de estado a su contrincante, haciendo caso omiso de Gordon mientras contemplaba el tablero—. He pensado en ello. ¿Cómo podemos establecer un sistema que aliente a los individuos a esforzarse y destacar, y sin embargo muestre compasión con el débil y cribe a los dementes y tiranos?
Las llamas oscilaban tras la brillante rejilla de la estufa, como hileras de luces ondeantes. Con palabras más vistas que oídas, la estufa preguntó:
—¿… Quién asumirá la responsabilidad…?
Franklin movió un caballo blanco.
—Buena pregunta —repuso él echándose hacia atrás—. Una pregunta muy buena.
»Por supuesto, podemos establecer frenos y equilibrios constitucionales, pero no significarán nada a menos que los ciudadanos estén seguros de que las salvaguardas se toman en serio. Los codiciosos y sedientos de poder siempre buscarán la manera de romper las reglas, o de manipularlas a su conveniencia.
Las llamas vacilaron; y de alguna forma, mientras esto ocurría, un peón rojo cambió de sitio.
—¿Quién…?
Franklin sacó un pañuelo y se enjugó la frente.
—Los aspirantes a tiranos tienen… tienen una vieja reserva de métodos para manipular al hombre común, mintiéndole, o aplastando su fe en sí mismo.
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