David Brin - El cartero

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El cartero: краткое содержание, описание и аннотация

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Esta es la historia de una gran mentira que llega a convertirse en una importante verdad. La historia de un hombre que llega a ser una leyenda. Todo empieza en una época futura, próxima a la que estamos viviendo, en los oscuros días siguientes a una limitada pero devastadora guerra en los que un puñado de hombres y mujeres sólo cuentan con enfermedad y hambre, miedo y brutalidad en su lucha para sobrevivir. Gordon Krantz es uno de esos hombres, un narrador itinerante, una especie de juglar, que vive de relatar las obras de los clásicos en los pueblos del noroeste. Una noche, Gordon se apropia de la chaqueta y la bolsa de un cartero, fallecido tiempo atrás, para protegerse del frío. Cuando, tras esto, llega a un pueblo, se da cuenta de que el viejo uniforme es como un símbolo de esperanza en la vuelta de una época que se fue…
Este libro es un fix-up compuesto por dos novelas cortas que se publicaron originalmente en 1982 y 1984 y que constituyen sus dos primeras partes. Las otras dos fueron expresamente escritas para formar la novela completa publicada por Bantam en 1985.

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Deseo que, al menos tanto como en cualquier otra parte, Estados Unidos Restablecidos de América sea una realidad en la hermosa Pine View.

Suyo atentamente,

Gordon K.

El último párrafo podría resultar un poco peligroso, pero Gordon tenía que incluirlo, aunque sólo fuese para demostrar a la señora Thompson que no estaba completamente atrapado en su propia mentira, la ficción que esperaba lo mantuviese a salvo a través de la campiña casi sin ley hacia…

¿Hacia qué? Después de todos aquellos años aún no estaba seguro de qué era lo que buscaba.

Quizás únicamente a alguien, en algún lugar, que estuviera asumiendo responsabilidades, que estuviera intentando hacer algo con la edad oscura. Sacudió la cabeza. Después de todos aquellos años, el sueño se resistía a morir.

Metió la carta en un viejo sobre, dejó caer unas gotas de cera de una de las velas y estampó un sello rescatado de la estafeta de Oakridge. La carta quedó encima del «informe de progresos» que había redactado antes, un entramado de fantasías dirigido a miembros de un pretendido gobierno.

Junto al paquete yacía su gorra de cartero. La luz destellaba en la imagen de latón de un jinete, de Pony Express, su compañero silencioso y protector desde hacía meses.

Gordon había dado con su nuevo plan de supervivencia por casualidad. Pero ahora, pueblo tras pueblo, la gente se obligaba a sí misma a creer, en especial cuando efectivamente él repartía cartas procedentes de lugares que ya había visitado. Después de todos aquellos años, parecía que la gente todavía clamaba por una edad luminosa perdida, una edad de limpieza y orden y una gran nación ahora desaparecida. El deseo se imponía sobre un escepticismo ganado a pulso, igual que la primavera rompe la capa de hielo de un arroyo.

Gordon ahogó una amenazadora sensación de vergüenza. Nadie que permaneciera vivo estaba libre de culpa tras los últimos diecisiete años, y su ficción parecía llevar un poco de consuelo a los pueblos por los que pasaba. A cambio de aprovisionamiento y un lugar donde descansar, vendía esperanza.

Hacía lo que tenía que hacer.

Dos secos golpes sonaron en la puerta.

—¡Adelante! —dijo Gordon.

Johnny Stevens, el recién nombrado Asistente del Jefe de Correos de Cottage Grove, asomó la cabeza. El juvenil rostro de Johnny lucía una pelusa, apenas visible, de barba casi rubia. Pero sus larguiruchas piernas prometían largas zancadas a través de los campos y tenía fama de ser un tirador perfecto.

¿Quién sabía? Quizás el muchacho incluso llegara a entregar el correo.

—¿Sí, señor? —Johnny no deseaba interrumpir asuntos de importancia—. Son las ocho. Recuerde que el Alcalde quería tomar una cerveza con usted en el pub, ya que es su última noche en la ciudad.

Gordon se levantó.

—De acuerdo, Johnny. Gracias. —Cogió la gorra y la chaqueta y recogió el falso informe y la carta para la señora Thompson—. Aquí tienes. Éstos son paquetes oficiales para tu primer viaje a Culp Creek. Ruth Marshall es la Jefa de Correos de allí. Estará esperando a alguien. Su gente te tratará bien.

Johnny cogió los sobres como si estuviesen hechos con alas de mariposa.

—Los protegeré con mi vida, señor. —En los ojos del joven brillaban el orgullo y una tenaz determinación de no defraudar a Gordon.

—¡No harás tal cosa! —masculló Gordon. Lo que menos deseaba era que un muchacho de dieciséis años resultara herido por proteger su quimera—. Utilizarás el sentido común, como te dije.

Johnny tragó saliva y asintió, pero Gordon no estaba en absoluto seguro de que lo entendiera. Por supuesto, probablemente el muchacho sólo tendría una excitante aventura, siguiendo los senderos del bosque hasta más allá de lo que ninguno de su aldea había viajado en una década, y volvería como un héroe con historias que contar. Quedaban todavía algunos supervivencialistas solitarios en esas colinas. Pero tan al norte de la región de Roguer River era de esperar que Johnny fuese a Culp Creek y regresara sin problemas.

Gordon casi había conseguido convencerse.

Suspiró y cogió al joven por el hombro.

—Tu región no necesita que mueras por ella, Johnny, sino que vivas y la sirvas en más de una ocasión. ¿Podrás recordar eso?

—Sí, señor. —El muchacho asintió con seriedad—. Comprendo.

Gordon se volvió para apagar las velas.

Johnny debía de haber estado rebuscando entre las ruinas de la vieja estafeta de Cottage Grove, porque, en el vestíbulo, Gordon observó que en el hombro de la camisa —de confección casera— lucía un llamativo distintivo del servicio de CORREOS de EE UU, que después de casi veinte años conservaba todavía intactos sus vivos colores.

—Ya tengo diez cartas de gente de Cottage Grove y las granjas cercanas —dijo Johnny—. No creo que la mayoría conozcan a nadie en el este. Pero a pesar de todo están escribiendo porque les emociona, y tienen la esperanza de que alguien les conteste.

Así al menos su visita había logrado que la gente practicase un poco sus habilidades literarias. Eso valía la comida y el alojamiento de unas cuantas noches.

—¿Les has advertido que la ruta al este de Pine View todavía es lenta y no está en absoluto garantizada?

—Claro. No les importa.

Gordon sonrió.

—Está bien. De todos modos, una de las funciones principales del servicio postal ha sido siempre la de llevar la fantasía a todos los lugares.

El chico lo miró, perplejo. Pero él se puso la gorra y no dijo nada más.

Desde que abandonó las ruinas de Minnesota, hacía ya mucho tiempo, Gordon había visto pocos pueblos tan prósperos y aparentemente felices como Cottage Grove. Las granjas producían excedentes la mayoría de los años. La guardia estaba bien instruida y, a diferencia de la de Oakridge, no era represiva. A medida que se desvanecía la esperanza de encontrar una auténtica civilización Gordon había ido reduciendo poco a poco la dimensión de sus sueños hasta que un sitio como aquél llegó a parecerle casi un paraíso.

Era irónico que la misma ficción que lo había mantenido a salvo a través de las suspicaces aldeas de montaña le impidiera ahora permanecer allí. Porque para mantener su ilusión, tenía que seguir adelante.

Todos le creían. Y si la ilusión que creaba se derrumbaba ahora, incluso la buena gente de aquella aldea se volvería contra él.

El amurallado pueblo ocupaba un ángulo en el límite de lo que había sido Cottage Grove antes de la guerra. Su pub era un sótano amplio y acogedor con dos grandes chimeneas y una barra donde el amargo brebaje local era servido en altas jarras de arcilla.

El Alcalde, Peter von Kleek, estaba en un rincón apartado hablando con seriedad con Eric Stevens, el abuelo de Johnny y recién nombrado Jefe de Correos de Cottage Grove. Los dos hombres estaban ojeando una copia de las Regulaciones Federales de Gordon cuando Johnny y él entraron en el pub.

En Oakridge, Gordon había hecho varias veintenas de copias con un mimeógrafo manual que logró poner en funcionamiento en la vieja y desierta estafeta de Correos. Gran parte de sus pensamientos e inquietudes se habían plasmado en esas circulares. Debían tener el sabor de la autenticidad, y al mismo tiempo no mostrar ninguna clara amenaza para los hombres importantes de la localidad ni darles motivos para temer a los míticos Estados Unidos Restablecidos de Gordon… o al mismo Gordon.

Hasta entonces aquellas hojas habían sido su más inspirado apoyo.

Peter von Kleek, hombre alto y de rostro inexpresivo, se puso en pie y estrechó su mano, señalándole un asiento. El encargado llegó presuroso con dos altas jarras de espesa cerveza negra. Estaba templada, desde luego, pero deliciosa, con sabor a pan integral de centeno. El Alcalde esperó, dando unas caladas a su pipa de arcilla, hasta que Gordon dejó la jarra sobre la mesa produciendo un leve chasquido con sus labios.

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