Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Estás muerta —añadió otra capitana, Underwood. Luego miró a Washen—. Estáis las dos muertas —les confió con un extraño tono compasivo—. Ya hace mucho tiempo…

—No son más que holografías —anunció el tercer capitán. Con una certeza obstinada, Fattan dijo—: Holografías. Proyecciones. La bromita de alguien.

Pero las IA habían comprobado su realidad a la velocidad de la luz por medio de un millar de sistemas diferentes y, siguiendo algún protocolo secreto y enterrado mucho tiempo atrás, fueron las máquinas las que actuaron. La imagen giró y se volvió a estabilizar. Apareció la maestra, sentada en su gran lecho. Ataviada con una bata hecha de luz moldeada y perlas flotantes, tenía exactamente el mismo aspecto que Washen recordaba, la piel dorada y el cabello del color blanco de la nieve. Pero el cabello era ahora más largo, y en lugar de llevarlo recogido en un moño lo tenía suelto sobre los hombros amplios y rollizos. Ensimismada como solo puede estarlo una maestra de nave, tuvo que apartar su atención de cien nexos enmarañados y concentrarse en sus repentinas invitadas. De repente, sus brillantes ojos castaños se hicieron inmensos. En un acto reflejo se tocó la bata, era probable que se preguntara por las toscas imitaciones, casi risibles, del uniforme habitual de la nave. Una mirada de asombro y perplejidad barrió el amplio rostro, y justo cuando aparecía su sonrisa se derrumbó, convertida en una furia penetrante e instantánea.

—¿Dónde estáis? —espetó—. ¿Dónde habéis estado?

—Donde usted nos envió. —La maestra adjunta se negó a decir «señora». Se acercó a la cama con los puños apretados—. ¡Hemos estado en ese mundo de mierda…, en Médula!

—¿Dónde? —escupió la mujer.

—Médula —repitió la maestra adjunta, exasperada—. ¿Qué clase de juego ridículo está jugando con nosotras?

—¡Yo no os envié a ninguna parte, Miocene!

De una forma vaga e imprecisa, Washen lo entendió todo.

Miocene sacudió la cabeza.

—¿Para qué mantener nuestra misión en secreto durante todo este tiempo? —preguntó, aunque acto seguido respondió a su propia pregunta—: Pretendía encerrarnos. Por eso. ¡Sus mejores capitanes, y usted quería apartarnos!

Washen cogió a Miocene por el brazo.

—Espera —le susurró—. No.

—¿Mis mejores capitanes? ¿Vosotras? —La gigantesca mujer lanzó una carcajada salvaje y chillona—. Mis mejores capitanes no se desvanecen así, sin más. No permanecen ocultos durante miles de años, ¡haciendo quién sabe qué, en secreto! —Jadeó, y el dorado de su rostro se iluminó aún más—. Miles de años —dijo—, sin siquiera un susurro. ¡Y fue necesario todo mi genio y experiencia, y hasta el último poder que tenía a mi disposición, para explicar vuestra desaparición y alejar de esta nave el pánico!

Miocene miró a Washen con expresión asombrada. Destrozada. Habló en voz baja, en apenas un murmullo:

—Pero si la maestra no…

—Hubo otra persona que sí —respondió Washen.

—¡Seguridad! —exclamó la gigantesca mujer—. ¡Me están hablando dos fantasmas! ¡Rastreadlos! ¡Atrapadlos! ¡Traédmelos!

Washen cortó el enlace y ganó un instante.

Las dos fantasmas se encontraron de pie dentro de la cabina oscurecida, aturdidas y solas, intentando encontrarle sentido a aquella tremenda locura.

—¿Quién podría habernos engañado? —preguntó Washen.

Luego, acto seguido, supo cómo podría haber sido: alguien con recursos, acceso y una enorme inventiva habría enviado las órdenes en nombre de la maestra y habría reunido a los capitanes en el hábitat de las sanguijuelas. Luego, esa misma alma creativa las había engañado con una réplica de la maestra y las había enviado a toda prisa al interior del corazón de la nave.

—Yo podría haberlo hecho —confesó Miocene, que estaba pensando algo por el estilo, igual de seductor y paranoico—. Podría haber reunido la maquinaria y haberos engañado a todos. Si hubiera querido. Suponiendo que hubiera sabido lo de Médula, y si hubiera tenido tiempo y alguna razón convincente.

—Pero no querías, y no lo sabías, y no la tenías —susurró Washen.

—¿Quién la tenía? —se preguntó Miocene en voz alta.

No podían responder a una pregunta tan sencilla y brutal.

Washen pidió a la cabina la lista de los maestros adjuntos y los capitanes de alto rango. Buscaba sospechosos, y quizá el nombre de algún amigo en el que pudiera depositar su frágil confianza.

—Mi puesto —dijo en voz baja y amarga Miocene—. Lo han ocupado.

Pero el nombre que saltó a los ojos de Washen, lo que hizo que se le aflojaran las piernas y se le acelerara la respiración, fue el capitán que ocupaba su antiguo cargo.

Pamir.

—¿Quién? —retumbó Miocene.

—Esta no es nuestra nave —dijo la maestra adjunta con débil exasperación—. No puede ser.

Washen ordenó a la cabina que se pusiera en contacto con Pamir. Con una línea únicamente de audio, le advirtió quién llamaba. Hubo una pausa, solo lo bastante larga para que Miocene dijera:

—Prueba con otro.

Pero entonces apareció en la oscuridad la cara original de Pamir. Fuerte y poco atractivo, el rostro sonrió con un asombro salvaje. El renacido capitán se encontraba en el interior de su viejo alojamiento, rodeado de un prado de plantas llanovibras que cantaban.

—Silencio —les dijo a sus plantas.

Washen y Miocene se encontraban en el mismo prado. El hombre que tenían delante llevaba el torso desnudo, era alto y con hombros poderosos, respiraba como un corredor y jadeaba al hablar.

—Estáis muertas —consiguió decir—. Un trágico contratiempo, dijeron.

—¿Y tú? —Washen tenía que preguntárselo.

Pamir se encogió de hombros como si se avergonzara.

—Ante la escasez de talento hubo un indulto general… —dijo.

—No quiero saber tu historia —lo interrumpió Miocene—. Escucha. ¡Tenemos que explicarte…, necesitamos contarte lo que pasó!

Pero el prado de repente se quedó en silencio, la vegetación se hizo más fina y pálida y Washen se vio los pies a través de las llanovibras que se desvanecían. El elegante rostro de Pamir se desvanecía junto con el resto de la escena.

—¿Qué está pasando, cabina? —preguntó Miocene.

Una vez más la cabina estaba a oscuras, no tenía nada que decir.

Washen miró a la maestra adjunta y sintió un escalofrío en su duro y famélico vientre. La puerta de la cabina estaba sellada, muerta. Pero los sistemas de seguridad mecánicos estaban operativos y con los hombros consiguieron darle un empujón y abrir la puerta. Luego, juntas, con un movimiento compartido, salieron al salón del puesto secundario.

Tenían allí delante, a la vista de todos, una figura conocida que con toda calma y eficacia fundía con el láser de un soldado la IA residente.

Era una máquina, comprendió Washen. Lucía una monótona túnica de color hueso y nada más. Pero si estuviera vestida con un uniforme espejado, con las charreteras adecuadas en los hombros y la voz adecuada, con su vocabulario y sus gestos, el artefacto mecánico no se podría distinguir de la maestra capitana.

La mente de la IA yacía en un charco en el suelo, hirviente y muerta mientras un vapor acre se elevaba y hacía toser a Washen.

Miocene tosió.

Fue entonces cuando una tercera persona carraspeó en voz baja y divertida. Las capitanas se volvieron con el mismo movimiento y vieron un hombre muerto que clavaba los ojos en ellas. Lucía ropas de turista y un disfraz sencillo. Washen llevaba siglos sin ver a aquel hombre. Pero el modo en que se encontraba allí, con la piel estremeciéndose sobre los huesos, y el modo en que sus ojos grises sonreían directamente a su corazón… No quedaba ninguna duda de su nombre.

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