Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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—Dije todas esas cosas, sí.

A falta de algo mejor que decir, Washen sonrió.

—Bueno —ofreció—. Pues que tenga toda la suerte del mundo.

Miocene se permitió esbozar una sonrisa.

—Que tengamos suerte las dos, querrás decir. El interior, como ves, alberga a dos personas.

La mujer era valiente, pero no temeraria ni tonta. Tuvo que estremecerse y pensarlo bien antes de coger aliento de nuevo; luego miró a la maestra adjunta durante un largo rato.

—¿Por qué? —preguntó al fin—. ¿Yo?

—Porque te respeto —respondió Miocene con honestidad y sin escrúpulos. Los ojos oscuros se abrieron aún más. —Y porque te ordeno que me acompañes, lo harás. Ahora.

Washen tomó aire lentamente.

—Supongo que todo eso es cierto —admitió.

—Y lo cierto es que te necesito.

Esa declaración pareció avergonzarlos a todos. Para romper el silencio, Miocene se volvió hacia Virtud.

—Da comienzo al procedimiento. —Hizo una pausa. Luego, en voz baja, añadió—: En cuanto estemos a bordo.

El hombre parecía a punto de echarse a llorar.

Ella no le dio la oportunidad. Con un gesto escueto y el paso desafiante, Miocene volvió a entrar en el coche. Y no por primera vez pensó en lo mucho que se parecía a la Gran Nave, un cuerpo grueso con una esfera hueca oculta en el centro.

—Ahora, querida —le dijo a Washen.

Era obvio que la oficial de primer grado se estaba pensando cuál iba a ser su próximo paso, y todo lo demás también. Unas manos largas y fuertes se secaron en el uniforme, y con una mezcla de rigidez y elegancia se inclinó y se metió por la escotilla. Luego examinó los asientos gemelos, acolchados y colocados sobre raíles engrasados de titanio. Los asientos las mantendrían siempre de espaldas a la aceleración. Como si quisiera apreciar la tecnología, la capitana tocó el sencillo panel de control y luego la pared interior. La mano se apartó con brusquedad y pronunció «frío» en voz baja.

—Superconductores helados, algo toscos —admitió Miocene. Luego la maestra adjunta tocó el panel—. Virtud —dijo cuando se cerraba la escotilla. Lo miró—. Confío en ti.

El hombre estaba prácticamente llorando.

La escotilla se cerró y se selló, y cuando las dos mujeres se sentaron juntas, espalda contra espalda, Washen dijo:

—Confía en él y además me respeta a mí. —Se estaba abrochando las cintas protectoras y se reía—. Confianza y respeto. Por su parte y en el mismo día.

Miocene se negó a mirar por encima del hombro. Estaba muy ocupada haciendo comprobaciones de última hora.

—Tú tienes más talento que yo cuando se trata de otras personas —le dijo a los controles—. Sabes hablarles a los nietos y a los otros capitanes…, y esa es una bonita habilidad que podría resultar muy provechosa.

—¿Y por qué es tan provechosa? —tuvo que preguntar Washen.

—Podría explorar la nave sola —admitió Miocene—. Pero si ha ocurrido lo peor, si todo lo que hay por encima de nosotros está muerto y vacío, entonces creo que tú, Washen…, tú eres la persona más adecuada para llevar a casa esa terrible noticia.

24

Allí estaba la culminación de más de cuatro mil años de trabajo resuelto, dos capitanas listas para lanzarse desde Médula. Washen se encontró atada a la primitiva silla antichoques mientras parte de ella exigía alguna tarea, alguna responsabilidad que valiera la pena, aun cuando sabía muy bien que ya no había nada más que hacer salvo sentarse, esperar y desear lo mejor.

Con una voz nítida y seca Miocene se abrió camino por una precisa lista de comprobaciones.

Su misterioso compañero quizá se pareciese a Till o a Diu, pero su voz era demasiado lenta e insegura para pertenecer a cualquiera de los dos. Hablaba por un intercomunicador y alternaba los «bien», «sí» y «comprobado» con pequeños silencios doloridos.

Las capitanas estaban sentadas espalda contra espalda. Incapaz de ver el rostro de la maestra adjunta, Washen se encontró pensando en poco más. Era el mismo rostro frío y lleno de confianza que siempre había sido, y a la vez no lo era. A Washen siempre le había maravillado el modo en el que Médula había cambiado a aquella rígida mujer. Una metamorfosis que se veía en los ojos perdidos y hechizados, en las esquinas tensas de la boca dolorida. Y cuando hablaba, como hacía ahora, hasta una simple palabra daba la sensación de una infinita tristeza, y de cierta profundidad.

—Iniciar —ordenó la voz pesarosa.

Hubo una pausa.

—Sí, señora —respondió por fin el hombrecito en voz baja, con resignación.

Estaban cayendo, acelerando por un hueco oscuro, sin aire. Aquello no era un puente y nunca había tenido intención de serlo. Era una inmensa pieza de munición, y todo dependía de su precisión. Al descender hasta el punto de inicio, a la recámara electromagnética, Miocene susurró detalles técnicos. Velocidad terminal. Exposición a los contrafuertes. El tiempo de tránsito. «Dieciocho punto tres segundos». Que era casi tanto tiempo como el que pasaron dentro de los contrafuertes al bajar. Pero sin los mismos niveles de protección, ni sistemas de apoyo, ni siquiera una única prueba práctica fuera del laboratorio.

La horrible bala de cañón se detuvo de repente y sus gruesas paredes comenzaron a zumbar. Crujían y balbucían, parecían ondularse cuando los campos protectores se entrelazaban con fuerza a su alrededor.

Una vez más, Miocene dijo:

—Iniciar.

Esta vez no hubo respuesta. ¿Obedecería el hombre? Pero en cuanto pensó esas palabras, Washen se hundió de repente en su asiento, los huesos apretados contra el denso relleno. Las fuerzas de la gravedad aumentaban, rasgaban la carne y hacían estallar los vasos sanguíneos.

Luego llegó la sensación de estar flotando.

Una paz agradable, burlona.

Después de dejar el hueco del cañón, hubo quizá medio segundo en el que subieron como un rayo por los últimos restos de atmósfera mientras un puñado de pequeños cohetes disparaba sobre el casco para compensar los finos vientos. Washen podía imaginárselo todo: las nubes de tormenta de Médula, las ciudades y los cansados volcanes quedándose atrás mientras la lustrosa astilla de la pared de la cámara descendía sobre ellos. Luego chocaron contra los contrafuertes y sus ojos se llenaron de colores aleatorios y formas sin sentido, mientras mil voces incoherentes y aterradas chillaban dentro de su mente moribunda.

La locura.

Dieciocho punto tres segundos de nada más.

El tiempo no pasaba. Eso fue lo que se aseguró cuando consiguió concentrarse y tallar un pensamiento sensato entre todo aquel caos de chillidos. Era un síntoma de los contrafuertes, aquella compresión de lo segundos. Porque si habían pasado más de dieciocho segundos, entonces es que no le habían acertado a su objetivo, se habían quedado cortas y ahora estaban dando volteretas en una órbita estrecha y fatal alrededor de Médula.

No, no puede ser, pensó Washen, asustada.

Las aterradas voces le prestaban su miedo, y un pánico confuso y salvaje la atrapó por la garganta, por el colon. Las náuseas aparecieron en una sola oleada brutal. Washen se inclinó hacia delante todo lo que le permitieron las correas acolchadas, y con la mano izquierda consiguió sacarse de un tirón el reloj de plata del bolsillo. Luego lo abrió, y esa secuencia de movimientos fruto de la práctica requirió lo que le parecieron horas de incesante trabajo.

Se quedó mirando la manecilla más rápida.

Un chasquido sólido significaba que había pasado un segundo entero. Luego otro.

Después, su asiento y el de Miocene se destrabaron y se deslizaron por los raíles de titanio, se encontraron al otro extremo de la pequeña cabina y se volvieron a trabar con una determinación tajante.

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