Greg Bear - La fragua de Dios

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La fragua de Dios: краткое содержание, описание и аннотация

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26 de junio de 1996: Europa, la sexta luna de Júpiter, desaparece repentinamente de los cielos, sin dejar tras de sí la menor huella de su existencia. 28 de septiembre de 1996: en el Valle de la Muerte, en California, en pleno corazón de los Estados Unidos, aparece un cono de escoria volcánica que no se halla registrado en ningún mapa geológico de la zona, y a su lado es hallada una criatura alienígena que transmite un inquietante mensaje: “Traigo malas noticias: la Tierra va a ser destruida…”
1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad…
Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.

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1

28-29 de septiembre

Acampado al lado de la montaña que no debería estar allí, envuelto en la fría oscuridad del desierto, Edward Shaw no podía dormir. Podía oír las rítmicas respiraciones de las formas inmóviles de sus dos compañeros, y se admiraba de su tranquilidad.

Había escrito en su bloc de notas:

El montículo tiene aproximadamente quinientos metros de largo y la mitad de ancho, y quizá un centenar de metros de alto, (aparentemente) el cono de escoria basáltica de un volcán extinguido, cubierto por trozos de escoria oscura y negra del tamaño de guijarros, rocas y peñascos, y rodeado por una fina arena blanca de cuarzo. No se halla en nuestros mapas ni en el directorio Geosat de 1991. Los flancos del cono son más empinados que el ángulo normal de reposo, algo así como cincuenta y sesenta grados. Las huellas de las inclemencias del tiempo son, en el mejor de los casos, aleatoriamente curiosas: algunas partes expuestas al sol y a la lluvia aparecen completamente negras, brillantes, mientras que otras áreas se muestran sólo ligeramente oxidadas. No hay insectos en el montículo: si levantas cualquier roca, no encontrarás un escorpión o un milpiés. Tampoco hay latas de cerveza.

Edward, Brad Minelli y Victor Reslaw habían viajado desde Austin, Texas, para combinar un poco de geología con mucha acampada y excursiones a pie a través del desierto de principios de otoño. Edward era el mayor de los tres, treinta y tres años; también era el más bajo, y en reñida competición con Reslaw para ver quién de los dos perdía antes todo el pelo. Medía poco más de metro setenta con sus botas de montaña, y su figura esbelta y sus rasgos inquisitivos y juveniles le hacían parecer mucho más joven, pese al cada vez más escaso pelo. Para ver los objetos que estaban más cerca de medio metro de su redondeada nariz llevaba unas gafas de cristales redondos y montura de hilo de oro, un estilo que había adoptado de adolescente a finales de los setenta.

Edward permanecía tendido de espaldas con las manos unidas detrás de la cabeza, contemplando la clara e inmóvil inmensidad del cielo. Tres días antes, oscuras y preñadas nubes habían conspirado en el llameante atardecer para derramar un auténtico aguacero sobre el Valle de la Muerte. Su campamento estaba en terreno alto, pero habían visto peñascos del tamaño de pelotas de baloncesto deslizarse y rodar por los recién excavados canales.

El desierto parecía de nuevo inocente de agua y cambio. A todo alrededor del campamento flotaba un silencio más precioso que cualquier cantidad de oro. Ni siquiera el viento susurraba.

Se sentía muy grande en la soledad, como si hubiera abierto sus dedos sobre la mitad de la tierra de horizonte a horizonte, y reunido entre ellos una capa de mica de las estrellas. A la inversa, se sentía también un poco asustado por su vastedad. Aquella henchida magnitud de su yo podía encogerse y arrugarse fácilmente hasta la nada, una ilusión de comodidad y calor y alta fiebre intelectual.

Ni una sola vez en sus seis años de carrera como profesor de geología había hallado un error importante en los mapas del Valle de la Muerte del Servicio Geológico de los Estados Unidos. El desierto de Mojave y el Valle de la Muerte eran la Meca y la Al Medina de los geólogos al oeste de los Estados Unidos; habían recorrido aquella región desde hacía mucho más de un siglo, atraídos por la desnudez y la desvergonzada variedad del suelo. Los mineros habían extraído de sus profundidades bórax y talco y yeso y otros minerales útiles y menos espectaculares. En algunos lugares, cuevas salitrosas se hundían varios cientos de metros en el suelo. Un espeleólogo aficionado sólo necesitaba descender veinte o treinta metros para sentir el calor; la creación aún estaba cerca debajo del Valle de la Muerte.

Había centenares de volcanes extinguidos, negros o de un rojo mate o del cobrizo y gris y rosa del desierto, entre el complejo de Furnace Creek y la pequeña ciudad de Shoshone; sin embargo, cada uno de ellos había sido cartografiado, y lo más probable era que estuviera detalladamente descrito en alguna tesis de doctorado.

Esta montaña era una anomalía.

Eso era imposible.

Reslaw y Minelli se habían encogido de hombros como si se tratara solamente de un interesante aunque único error en los mapas; un desplazamiento involuntario en su ubicación, como el descubrimiento de alguna nueva isla en un archipiélago, conocida por los nativos pero perdida entre las hojas de los mapas de los navegantes; una especie de Pictairn de los montículos volcánicos.

Pero el cono de escoria estaba demasiado cerca de las rutas recorridas al menos una o dos veces al año. Edward sabía que no se trataba de ningún error de ubicación. No podía engañarse a sí mismo como hacían sus amigos.

Ni tampoco podía hallar ninguna otra explicación.

Recorrieron de nuevo la base del montículo a media mañana. El sol ya estaba alto en el plano, azul e inmóvil cielo. Iba a ser un día caluroso. El robusto y pelirrojo Reslaw bebía café de un termo esmaltado en verde, una útil antigüedad adquirida en una tienda de piedra y adobe en Shoshone; Edward masticaba una barrita de chocolate y dibujaba detalles en un pequeño cuaderno con tapas de tela negras. Minelli avanzaba lentamente detrás de ellos, golpeando ociosamente los peñascos con su pico de geólogo, con su figura desgarbada, su negro pelo alborotado y su pálida piel dándole la apariencia de un vagabundo urbano completamente fuera de lugar allí.

Se detuvo a diez metros detrás de Edward.

—Hey —llamó—. ¿Habéis visto esto?

—¿Qué?

—Un agujero.

Edward retrocedió. Reslaw les miró, se encogió de hombros y siguió rodeando el montículo hacia el norte.

El agujero debía tener un metro de ancho y se inclinaba hacia arriba penetrando en la masa del montículo. Edward no lo había visto porque se hallaba en un lugar en sombras, protegido bajo un saliente iluminado por los cálidos rayos del sol.

—No es un conducto de lava —dijo Minelli—. Observa lo liso que es. Ningún derrumbamiento, nada de estrías.

—Una mala geología —comentó Edward. Si el montículo es falso, entonces éste es el primer error.

—¿Hum?

—No es natural. Parece como si algún prospector hubiera llegado aquí antes que nosotros.

—¿Para qué cavar un agujero en un cono de escoria?

—Quizá sea una cueva india —ofreció simplemente Edward. El agujero le inquietaba.

—¿Indios provistos de perforadoras con punta de diamante? No es probable —dijo Minelli, con un débil tono de burla. Edward ignoró su tono y se subió a un peñasco de lava para observar mejor la oscuridad. Sacó una linterna de su cinturón y la encendió para arrojar un rayo de luz a las profundidades. Unas paredes de lava completamente lisas absorbieron la luz más allá de los ocho o diez metros; hasta aquel punto, el túnel era completamente recto y sin rasgos distintivos, inclinado hacia arriba en un ángulo de unos treinta grados.

—¿No hueles algo? —preguntó Minelli.

Edward olisqueó.

—Sí. ¿Qué es?

—No estoy seguro…

El olor era débil y suave y dulce, ligeramente acre. No animaba a proseguir la investigación.

—Parece como el olor característico de un laboratorio —dijo Minelli.

—Eso es —admitió Edward—. Yodo. Yodo cristalizado.

—Correcto.

La frente de Minelli se frunció en un burlón gesto especulativo.

—Ya lo tengo —dijo—. Es una roca drogata. Un cono sometido a drogadicción.

Edward lo ignoró de nuevo. Minelli era célebre por un sentido del humor tan extraño que de su boca raras veces salía algo divertido.

—Y eso es la marca de la aguja —explicó Minelli con voz apagada, dándose cuenta de su fracaso—. ¿Todavía sigues pensando que no es un error del mapa?

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