Eva se ha callado de golpe al levantar la vista del texto y mirar a Ginés. La sonrisa irónica y resabiada se ha borrado de su rostro a toda velocidad, como vuelve la forma a una almohada que estaba siendo apretada, como si los secretos hilos que tiraban de sus facciones y las contraían hubieran sido cortados de golpe, simultáneamente, y la piel tardara unos segundos en recuperar su posición de reposo. Ginés ya no está allí. Ella se ha vuelto a mirarle unas cuantas veces mientras leía, la penúltima hace unos pocos segundos, mientras se refería a la palabra «sexi», pero todavía ha leído una frase más, y la última mirada se ha encontrado con el vacío, con el paisaje, en el espacio que antes ocupaba Ginés.
Ahora es Eva la que niega, primero con la cabeza y después con la voz, con una voz que se convierte en un gemido angustioso, lloriqueante. Todavía tiene una última reacción, una loca esperanza, y rodea el coche frenéticamente, e incluso mira debajo de éste. Pero no hay lugar para la esperanza: el paraje, aunque angosto, es descampado, sin árboles, y nadie es capaz de recorrer cien metros de subida en tres segundos.
Eva sigue un rato caminando alrededor del coche, erráticamente, empujada tan sólo por la inercia de sus piernas.
– ¡No, no, por favor, ahora no!-dice con voz llorosa-. ¡No me hagas esto! ¡Yo te quería! ¡Te quería! Te habría perdonado, es que estaba… es que estaba enfadada… ¡No, no me hagas esto!
Eva se detiene y se tapa la cara con las manos. Está un momento en silencio, en esa posición, y de pronto lanza un grito horrísono y prolongado, uno de esos gritos que nacen como un gemido que va creciendo y acaban estrangulados por su propia intensidad animal, dejando la garganta ronca y dolorida.
El grito cesa. No hay eco en el paisaje abierto, tapizado de pequeños arbustos. En un segundo ha renacido el silencio, el silencio opaco y persistente de la naturaleza inhabitada. Eva aparta las manos lentamente, y se queda unos instantes inmóvil, con la mirada fija y vidriosa. A su lado, el coche reposa serenamente como si nada hubiese ocurrido, iluminado por la alegre luz matinal, con su rígido ocupante sereno e indiferente, ajeno a todo lo sucedido.
Ahora se empiezan a notar los sonidos que en realidad pueblan el silencio: hay un pequeño zumbido, intermitente: el zumbido de las moscas que empiezan a entrar en el coche. De pronto Eva se pone bruscamente en movimiento y se abalanza sobre la pistola, que sigue encima del capó, donde la dejó hace unos minutos.
De pie junto al coche, respirando agitadamente, Eva abre la boca y dirige hacia ésta el tembloroso cañón de la pistola. El cañón se introduce unos centímetros en la boca abierta, y entonces Eva cierra los labios, con la mandíbula separada para no tocar el metal con los dientes. Luego cierra los ojos, primero con suavidad, expulsando el aire con un gesto casi de relajación, y después con mucha fuerza, apretando los párpados, crispando todas sus facciones al tiempo que las dos manos se cierran en torno a la culata, y uno de los pulgares se posa en el gatillo, y todavía Eva modifica la posición del arma elevando el cañón que ahora sí debe de estar tocando el paladar. Está así unos segundos, agitada por un tenso temblor que no es otra cosa que el resultado del esfuerzo estático que realizan sus músculos, de la terrible batalla que se está librando en su cabeza.
Pero al final la tensión se afloja. La boca se abre y la pistola sale lentamente, y desciende, como si de pronto se hubiera vuelto muy pesada, hasta quedar colgando inerte a la altura de los muslos, al borde de los dedos inútiles, incapaces ya del menor esfuerzo.
Y Eva empieza a llorar con los ojos todavía cerrados, con un llanto silencioso y convulso que agita sus hombros espasmódicamente, al ritmo creciente de los sollozos, que deforma su rostro en una mueca pueril, y lo moja con el caudal de las lágrimas, imparables, cada vez más copiosas.
La autopista asciende en suave pendiente, en una interminable recta flanqueada a ambos lados por el verde pulcro y ajardinado, por los edificios de viviendas o de oficinas de los primeros suburbios residenciales. Las rayas que dividen la cinta oscura de la autopista convergen en la lejanía hasta perderse de vista en el remoto cambio de rasante, allí donde el asfalto reverbera bajo el sol abrasador del mediodía con un vapor tembloroso, como si el horizonte ardiera con un fuego limpio y transparente. Pero el espejismo sólo se produce a ras del suelo; más arriba el aire es diáfano, sin asomo de contaminación, y los bloques de pisos, los cerros de los alrededores, se dibujan nítidamente en la pureza del aire, con todos sus detalles y sus colores. La quietud es total, insólita en ese paisaje, tanto que da la impresión de estar viendo una foto, una imagen fija. En el silencio denso, envolvente, surcado tan sólo por la brisa, se transmite de pronto, con estremecedora nitidez, el chillido de algún ave rapaz que vuela en lentos círculos, muy arriba, en el azul del cielo.
Eva avanza trabajosamente por la subida, caminando por el centro del asfalto. No es que ande muy despacio, pero su marcha se eterniza en las dilatadas proporciones de la autopista, concebida-por su anchura, por el tamaño ciclópeo de sus rótulos, por la longitud de sus rectas-para vehículos que circulan a gran velocidad.
No sabemos qué ha hecho con la bicicleta que montaba hace apenas dos horas; no sabemos si tuvo un pinchazo, una caída, o simplemente se cansó de pedalear, de castigarse las posaderas, y ha optado por hacer andando los últimos kilómetros que la separan de la ciudad, en los que además predomina la subida. Lo cierto es que camina por el asfalto recalentado, bajo un sol de justicia, llevando por todo equipaje la pistola que cuelga de su mano derecha, y la munición que abulta sus bolsillos. Nada más: ni una botella de agua, ni comida, ni siquiera sus gafas de sol. con el pelo suelto, seco y alborotado; sus codos y sus rodillas, castigados por el camino, blanquean ásperos, calizos, entre la satinada suavidad de su piel morena y lustrosa. Ya le queda poco sudor, pero éste todavía empapa su camiseta con una breve mancha en las axilas, sobre otros sudores ya resecos, convertidos en salitre por el sol; del mismo modo que las gotas que nacen en su frente resbalan por los regueros enjutos que las lágrimas dejaron en el polvo adherido a la piel.
Con las facciones distendidas por el cansancio, con la boca entreabierta por la fatigada respiración, Eva fija en el horizonte una mirada tenaz y exhausta, vagamente drogada; y de pronto se agita y mira a ambos lados nerviosamente, y detrás de sí, mientras aprieta y levanta la pistola que colgaba en el extremo del brazo como un peso muerto.
– La ciudad… la ciudad-dice de pronto, mientras vuelve a mirar hacia delante-… llegaré hasta la ciudad… aguantaré… aguantaré hasta la noche… y si no… si no encuentro a nadie…
De nuevo enmudece, aunque da la impresión de que el discurso incoherente, obsesivo, continúa fluyendo inaudible, por aguas más profundas.
La autopista está silenciosa, solitaria, quieta, pero no despejada: Eva deja a un lado y otro coches detenidos en mitad de la calzada, intactos, o arrimados a la valla del arcén o la de la mediana, empotrados después de rozar decenas de metros contra ésta. Hace poco dejó atrás una caótica acumulación de vehículos que ocupaba todo el ancho del asfalto, separados unos, amontonados, acoplados otros, con los cristales rotos, propagando un mareante olor a gasolina y aceite de motores, a caucho recalentado. Pero ahora, en esa última recta, los coches escasean y aparecen espaciados, pautadamente, sin romper la perspectiva de las líneas discontinuas que convergen al final de la subida.
Eva ha continuado avanzando, y ya está muy cerca del cambio de rasante. Todavía se para una vez más y mira hacia arriba parpadeando, cegada por el sol, tal vez porque la ha alarmado momentáneamente la sombra fugaz, resbaladiza, que proyectaba en el asfalto alguna de las aves que, en numerosas bandadas, recorren el cielo, del que parecen haberse enseñoreado. Pero de nuevo reemprende la marcha, recorre los últimos metros de la subida y sigue avanzando sin apartar la vista ya, en ningún momento, de la hondonada en la que se asienta la ciudad.
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