– Y te dejó toda su fortuna…
– ¡No, no era tan tonto!… ¿Tú no has leído El gran Gatsby? Su mujer y sus hijos me habrían despedazado, legalmente, se entiende. No… no me dejó nada en herencia; se limitó a ingresarme grandes cantidades en vida…
– Eso es mucha confianza…
– Era una de sus cualidades, tal vez la más… sobresaliente, una cualidad útil para los negocios. Conocía a las personas a golpe de vista, desde el primer momento. Y nun ca se equivocaba.
– Ya veo que estabas enamorado.
– Ya te he dicho que le quería.
– ¿Y no has tenido ninguna novia?
– Sí, alguna, pero… El problema no es que sea hombre o mujer, el problema es encontrar… El problema supongo que soy yo.
– ¿Y por qué me llamaste a mí? ¿Por qué me contrataste?
– ¿Por qué?… No sé… Por lo mismo que te contrata la gente, ¿no?, por comodidad, por no tener que dar un montón de explicaciones.
– Pero… con tus amigos… ¿qué necesidad tenías de aparentar…?
– Mis amigos… ¿Tú crees que nuestra amistad era muy profunda, después de todo lo que has visto?
– No quieres a nadie. En realidad no quieres a nadie de verdad… no sé cómo puedes vivir así.
– ¿Y tú? ¿Quieres tú a alguien de verdad ahora? ¿Tienes algún novio? ¿Un gran amor romántico para toda la vida?… ¿O el principal objetivo de tu vida, en este momento, era asegurarte una buena prejubilación, como tú dices?
La oscuridad es casi total. Se diría que el bulto confuso que forma Eva se repliega en la inmovilidad, se reduce y se anula hasta desaparecer, fundido en la negrura del aire. Transcurren unos segundos.
– Cambiemos de tema-dice de pronto, en un tono trabajadamente neutro-. Encontré una cosa… aquí, en la casa.
Se produce un movimiento en el lado de Eva, un removerse que se percibe más como un sonido de telas y roces, como un oleaje en el colchón, que como verdaderas imágenes.
– Mira… toca…
– ¿Qué es…? ¡Mierda! ¿De dónde lo has…?
– Abajo, en el despacho, en un cajón.
– No me gustan las armas… ¿Está cargada?
– Tiene el seguro puesto.
– No me gustan estos trastos. No… no me gusta… saber que tienes el poder sobre la vida y la muerte, de forma tan rápida, tan sencilla, con sólo mover un dedo…
– Pues yo no me cortaré un pelo de usarla… Si tú desapareces ahora, de golpe… Yo… yo no puedo pasar una noche sola, en este… en este…
Ya no se ve el rostro de Eva, pero su voz ha sonado agónica, angustiada, a punto de quebrarse. Ahora es Ginés el que se mueve. Su movimiento se percibe apenas como una confusa agitación, como un removerse del aire denso y latente, hormigueante, de la oscuridad. Se diría que Ginés se ha desplazado hasta juntarse con Eva. Se oye un sordo entrechocar de ropas, un silenciado crepitar de cabellos.
– No te preocupes, mujer… Eva… eso, Eva. Lo único… lo único positivo que ha tenido la… la muerte de Amparo es que… que nos deja la esperanza de que a lo mejor se han acabado las… las desapariciones.
– Ella también desapareció; de otra manera, pero… La verdad es que parece… parece… No creo para nada en la tontería ésa de vuestro profeta, pero parece… que alguien se dedica a irnos eliminando, sistemáticamente, según un plan preconcebido.
Silencio. Quietud. Al cabo de unos segundos se oye la voz de Ginés.
– ¿Crees que podría haber… alguien…?
– No, creer no. No puedo creer, porque ese alguien tendría que ser todopoderoso, y yo no puedo creer en esas cosas, no me lo pide el cuerpo. Yo sólo he dicho que lo parece. Pero también podría ser una casualidad. Pura coincidencia.
De nuevo se produce el silencio.
– Tío… hueles a ajo…
– ¡ Oh, perdón! Debe de ser… es por ese embutido ibérico. Estaba muy bueno, pero…
– No, por favor, no te apartes. Abrázame así, fuerte… así…
El movimiento de los cuerpos se detiene un momento. Luego se oye otro pequeño movimiento, y a continuación la voz de la chica:
– Esa ventana me da miedo…
– Ningún animal… ningún animal peligroso podría trepar hasta aquí arriba… Si quieres la cierro, pero… nos asaremos de calor.
– No… es igual, déjalo. Abrázame fuerte y ya está.
Esta vez el silencio es más prolongado que en las anteriores ocasiones. El oído tiene tiempo de aislar el canto de los grillos que viene del exterior, su peculiar pulsación, y percibirlo como un elemento único, separado de la atmósfera y el aire cálido, quieto, que lo envuelve todo. También se percibe algún movimiento sobre la cama, un resituarse de los cuerpos, un esfuerzo, un roce del aire al salir por la boca y la nariz. Pero la oscuridad ha ido creciendo y ya es imposible distinguir ninguna forma, ningún volumen, aunque esté en movimiento.
– Pero… ¿qué coño te pasa?
La voz de Eva ha sonado brusca, inesperadamente, cortando por el medio la oscuridad.
– No, no, por favor… no puedo, no puedo hacerlo.
– Pero… estabas excitado… no me digas que no. Se te ha puesto gorda.
– No seas vulgar.
– ¿No seas…? ¡Vete a la mierda, tío, eres un cabrón!
– Por favor, no va contigo la cosa… eres… eres deseable, eres…
– ¿Pues entonces por qué no… por qué no te dejas…?
– Por favor, no me hagas esto, ahora no… Luego… luego, cuando… si salimos de ésta… tú eres la persona mejor… la persona que más…
– Hagamos el amor, Ginés-dice Eva con una voz que ha cambiado completamente-, por lo que más quieras, aún podemos… aún podemos salvarnos. No hay amor, no había amor, en ninguno de vosotros… ¡Eso es terrible! Pero aún podemos, nosotros podemos.
– Eso no es amor… es otra cosa.
– Pero es que… es el único, es lo único que puedes darme. No me lo niegues… A lo mejor… a lo mejor descubrimos…
– No puedo hacerlo, María… perdón, Eva. No me pidas que… que haga eso…
Ginés enmudece, como si no encontrara más palabras para continuar. Eva también está un rato en silencio. No se oye ningún movimiento de los cuerpos. Cuando por fin vuelve a sonar la voz de la chica, lo hace con un acento que sobrecoge por su serenidad y por su tristeza resignada, casi comprensiva.
– ¿Es por el Profeta, verdad… es por ese tío, para no «desatar su ira»?
Un cuerpo rueda por la cama. El sonido ha sido inconfundible, apenas una vuelta, tal vez sólo media, después renace la quietud.
– Haz lo que quieras, Ginés. Descansemos… Yo también necesito dormir. A nadie se le puede pedir más de lo que es capaz.
– Perdona…
– No importa.
– Si quieres te abrazo…
– ¿Con este calor?
El silencio responde a Eva. El silencio se prolonga unos cuantos segundos, hasta que una mano tantea sobre la colcha, tropieza con algo, y de nuevo vuelve a aquietarse. El aire, en la oscuridad, parece denso y hormigueante, poblado de sugestiones fantasmagóricas; sólo en el hueco de la ventana el aire se vuelve ligero y transparente, perfectamente rectangular, de un azul oscuro y terso en el que brillan con ferocidad los alfilerazos de luz de las estrellas.
– Cada vez hay más coches.
Ginés tiene razón, cada vez hay más coches. La carretera se acerca a la autopista de entrada a la ciudad, y no es raro encontrar dos y hasta tres coches en un mismo tramo de recta. Pero Eva y Ginés han perdido el interés por los coches abandonados; hay tantos que la aparición de uno más ya no representa ningún acontecimiento; ahora se limitan a constatar, con una rápida ojeada, sin bajar ni siquiera de la bici, que los vehículos están desocupados, que las llaves y los cinturones están indefectible, fatalmente, abrochados. Por otra parte, se empiezan a ver algunos accidentes bastante aparatosos, sin duda como resultado de la mayor velocidad que los coches llevaban en esta zona en el momento del apagón. La carretera, sin llegar a ser una autovía, se ha convertido en una vía rápida con arcenes considerablemente anchos y guardarraíles a ambos lados.
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