Robert Silverberg - Un pequeño burócrata

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Se trata de una multitud amistosa: esta gente se siente unida por lazos de vecindad, por una pobreza común. Ríen, se abrazan, participan en juegos de azar, intercambian confidencias susurradas, discuten, llevan a cabo transacciones, y se unen en los ritos de la religión local, realizando una rutina en la que participan seis personas que dan palmadas y cantan.

Aquí, la intimidad parece algo anticuado. Se desnudan tranquilamente los unos delante de los otros y se producen casos de emparejamiento abierto. La alegría de la escena —que a mi me sugiere un carnaval medieval, un juego de Brueghel— sólo se ve estropeada por mi conciencia de que esta horda de juerguistas no dispone de casa alguna bajo los inhóspitos cielos, siendo vulnerables a la lluvia, la nevisca, la húmeda niebla, la nieve y otras inclemencias invernales y veraniegas que se dan en estas latitudes. En Ganfield sólo tenemos a unas cuantas personas que duermen en las calles: son aquellos que han perdido sus licencias residenciales y que se ven forzados temporalmente a vivir al aire libre. Pero aquí parece tratarse de una institución establecida, como si Conning Town hubiera declarado una moratoria hace varios años para una nueva construcción residencial, sin comprobar al mismo tiempo el incremento de la población.

Caminando entre, alrededor, y sobre la gente, llego al centro de la plaza y selecciono un trozo de pavimento que no está ocupado. Pero, al cabo de un momento, llega una pequeña mujer de rostro rubicundo, muy excitada y animada -hablando con un acento tan fuerte de Conning Town que apenas si puedo entender-, que afirma tener derecho sobre este lugar. Sus ojos brillan con amenaza; sus manos no están muy lejos de convertirse en garras. Algunas personas cercanas se sientan y me observan amenazadoramente. Pido disculpas por mi error y me retiro, tropezando con un niño y estando a punto de tirar una burbujeante cacerola de cocina.

Continúo. No encuentro sitio ni aquí, ni allá. Una mano surge de entre un montón de mantas y me acaricia la pierna mientras estoy mirando a mi alrededor, lleno de perplejidad. Tampoco aquí. Un hombre con el rostro pintado surge de una tienda verde en miniatura y me habla en un lenguaje que no entiendo. Tampoco aquí. Continúo mi camino una y otra vez, pensando que terminaré por ser completamente expulsado de la plaza, excluido, descalificado incluso para dormir en las calles de este distrito; pero finalmente encuentro un pequeño rincón donde los ocupantes me indican que soy bien recibido.

—¿Sí? —pregunto.

Me sonríen burlonamente y me hacen gestos. Agradecidamente, tomo posesión del lugar.

Ha llegado la oscuridad. La plaza sigue llenándose; después de mí han llegado por lo menos mil personas, introduciéndose en cada hueco, y no cesa de llegar gente. Escucho fuertes risotadas, una continua cháchara, la más seria de las persuasiones románticas, el agudo sonido de la disputa doméstica. Alguien pasa una jarra de vino, incluso a mí; es un vino amargo, probablemente zumo de almeja fermentado, pero aprecio el gesto. La noche es cálida, casi pegajosa. En el aire se nota un extraño olor a comida; es algo fuerte, muy picante. ¿Será curry? ¿Es esto entonces la verdadera Calcuta?

Cierro los ojos y me encojo sobre mí mismo. Las duras piedras están frías debajo de mí. No tengo colchón alguno, y me siento incapaz de quitarme las ropas delante de tantas personas extrañas. Me será muy difícil dormir en esta casa de locos. Pero gradualmente va disminuyendo el rumor de las conversaciones y, agotado, consumido, me deslizo hacia un sueño profundo e inquieto.

Tengo sueños terribles. La presión asfixiante de una multitud ávida. Los ríos saltando por encima de sus canales. Las torres desmoronándose. Fuentes de barro surgiendo por mil ventanas bajas. Anillas de acero rodeando mis muslos; mis piernas, dejándolas inservibles, aplastándolas. Un torrente de piojos abalanzándose sobre mí. Una mano helada que me toca. Que me toca. Que me toca, despertándome de mi sueño.

Una dura luz blanca me empapa. Parpadeo, me encojo, me cubro los ojos. Poco después, me doy cuenta de que sobre mí hay un monitor. A mi alrededor, quienes dormían se han despertado, apartándose, murmurando, señalando.

—Su permiso para dormir en la calle, por favor.

Atrapado. Murmuro excusas, argumento ignorancia de la ley, ruego perdón. Pero una máquina de policía no es ni malévola, ni compasiva; simplemente, sigue su programa. Me pide mi pasaporte y examina mi visado. Entonces, me recuerda que he estado bajo vigilancia. No habiendo obtenido una habitación del hotel, como se me había ordenado, habiendo descuidado el informar a un monitor dentro del intervalo de tiempo prescrito, soy sujeto de expulsión.

—Muy bien —digo—. Condúzcame a la frontera con Hawk Nest.

—Regresará usted inmediatamente a Ganfield.

—Tengo cosas que hacer en Hawk Nest.

—Quienes entran ilegalmente son devueltos a su distrito de origen.

—¿Qué más le da dónde yo vaya, siempre y cuando salga de Conning Town?

—Quienes entran ilegalmente son devueltos a su distrito de origen —vuelve a decir la máquina, inexorablemente.

No me atrevo a regresar, habiendo conseguido tan poco. Mientras continúo mi discusión con el monitor, soy alejado de la plaza y conducido a través de cavernosas calles oscuras hacia la boca de un tubo de tránsito. Al nivel de la estación, se encarga de mí un segundo monitor.

—El tren con destino a Ganfield —me informa el monitor que me aprehende—, llegará dentro de tres horas.

El primer monitor se marcha.

Demasiado tarde, me doy cuenta de que a la máquina se le ha olvidado devolverme mi pasaporte.

8

El segundo monitor muestra muy poco interés por mí. Patrullando la estación del tubo, describe un amplio arco a mi alrededor, mientras mantiene uno de sus ojos exploradores superficialmente dirigido hacia mí, pero sin realizar ningún intento para interferir con lo que hago. Si trato de escapar, indudablemente me destruirá. Estudio mis mapas con inquietud. Hawk Nest se halla situado al noreste de Conning Town; si ésta es la estación de tubo que yo creo que es, la frontera no debe estar muy lejos. Cinco minutos andando, quizá. Sin pasaporte, no puedo ir a ningún lado, excepto a Ganfield; ha quedado revocado mi status de viajero habitual. Pero las cuestiones legales sirven de poco en Hawk Nest.

¿Cómo escapar?

Me trazo un plan. Su simplicidad parece absurda, pero lo absurdo resulta a menudo muy útil cuando se trata con máquinas. Al monitor se le han dado instrucciones para que me ponga en el tren con dirección a Ganfield. Pero no se le ha dicho que me mantenga necesariamente en ese tren.

Espero las agotadoras horas que faltan para el amanecer. Lejos, en el túnel, escucho el estrépito del aire comprimido. Chato, tan suave como el terciopelo, el tren se desliza en el interior de la estación. El monitor me ordena que suba a él. Penetro en el vagón, lo cruzo rápidamente y salgo por la puerta abierta del extremo más alejado de la plataforma. Aún cuando el monitor haya observado la maniobra, difícilmente podrá disparar a través de un tren lleno de gente. Al abandonar el vagón inicio un trote pasando con rapidez entre los sorprendidos viajeros, y subo las escaleras a toda prisa, hasta salir a la neblinosa mañana.

En el nivel de la calle no es prudente echar a correr. Adopto un paso rápido y me mezclo con las multitudes de los trabajadores matutinos. La calle es el Crystal Boulevard. Bien. He memorizado una ruta desde el Crystal Boulevard hasta Flagstone Square, y después hasta la frontera por la Mechanic Street. Es presumible que todos los monitores, enlazados con el sistema nervioso central del que dispongan las máquinas del distrito de Conning Town, hayan sido advertidos instantáneamente de mi desaparición. Pero eso no es lo mismo que saber dónde me encuentro. Me dirijo hacia el norte por el Crystal Boulevard —su nombre muestra un oscuro sentido de la ironía, debido a las graves transformaciones que puede efectuar el paso del tiempo— y llevado por la corriente del tráfico de peatones, penetro en la Flagstone Square, una plaza sucia, de dimensiones desproporcionadas, de cuya izquierda sale la Mechanic Street. Paso sin ser interceptado ante una gran acumulación de tiendas pequeñas.

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