John Tolkien - El hobbit

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Llegó una noche en la que de pronto aparecieron muchas luces, como de fuego y antorchas, lejos hacia el sur en Valle.

—¡Han llegado! —anunció Balin—. Y el campamento es grande de veras. Tienen que haber entrado en el valle a lo largo de las riberas del río, ocultándose en el crepúsculo.

Poco durmieron esa noche los enanos. La mañana era pálida aún cuando vieron que se aproximaba una compañía. Desde detrás del parapeto observaron cómo subían hasta la cabeza del valle y trepaban lentamente. Pronto pudieron ver que entre ellos venían hombres del lago armados como para la guerra y arqueros elfos. Por fin, la vanguardia escaló las rocas caídas y apareció en lo alto del torrente; mucho se sorprendieron cuando vieron la laguna y la Puerta Principal obstruida por un parapeto de piedra recién tallada.

Mientras estaban allí señalando y hablando entre ellos, Thorin los increpó:

—¿Quiénes sois vosotros? —dijo en voz muy alta— que venís como en guerra a las puertas de Thorin, hijo de Thrain, Rey bajo la Montaña, y qué deseáis?

Pero no le respondieron. Algunos dieron una rápida media vuelta, y los otros, luego de observar con detenimiento la Puerta, y cómo estaba defendida, pronto fueron detrás de ellos. Ese mismo día el campamento se trasladó al este del río, justo entre los brazos de la Montaña. Voces y canciones resonaron entonces entre las rocas como no había ocurrido por muchísimo tiempo. Se oía también el sonido de las arpas élficas y de una música dulce; y mientras los ecos subían, parecía que el aire helado se entibiaba, y que la fragancia de las flores primaverales del bosque llegaba débilmente hasta ellos.

Entonces Bilbo deseó escapar de la fortaleza oscura y bajar y unirse a la alegría y las fiestas junto a las fogatas. Algunos de los enanos más jóvenes se sentían también conmovidos, y murmuraron que habría sido mejor que las cosas hubiesen ocurrido de otra manera y poder recibir a esas gentes como amigos. Sin embargo, Thorin fruncía el entrecejo. Entonces también los enanos sacaron arpas e instrumentos recobrados del botín y tocaron para animar a Thorin; pero la canción no era una canción élfica y se parecía bastante a la que habían cantado hacía mucho tiempo en el pequeño agujero-hobbit de Bilbo:

¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta
el Rey ha regresado al palacio!
El enemigo ha muerto, el Gusano Terrible,
y así una vez y otra caerá el adversario.

La espada es afilada, y es larga la lanza,
veloz la flecha y fuerte la Puerta,
osado el corazón que mira el oro;
y ya nadie hará daño a los enanos.

Los enanos echaban hechizos poderosos,
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen unos seres oscuros,
en salas huecas bajo las montañas.

En collares de plata entretejían
la luz de las estrellas, en coronas colgaban
el fuego del dragón; de alambres retorcidos
arrancaban música a las arpas.

¡El trono de la Montaña otra vez liberado!
¡Atended la llamada, oh pueblo aventurero!
El rey necesita amigos y parientes,
¡marchad de prisa en el desierto!

Hoy llamamos en montañas heladas:
¡regresad a las viejas cavernas!
Aquí a las Puertas el rey espera,
las manos colmadas de oro y gemas.

¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta,
el rey ha regresado al palacio!
¡El Gusano Terrible ha caído y ha muerto,
y así una vez y otra caerá el adversario!

Esta canción pareció apaciguar a Thorin, que sonrió de nuevo y se mostró más alegre; y se puso a estimar la distancia que los separaba de las Colinas de Hierro y cuánto tiempo pasaría antes de que Dain pudiese llegar a la Montaña Solitaria, si se había puesto en camino tan pronto como recibiera el mensaje. Pero el ánimo de Bilbo decayó, tanto por la canción como por la charla: sonaban demasiado belicosas.

A la mañana siguiente, temprano, una compañía de lanceros cruzó el río y marchó valle arriba. Llevaban con ellos el estandarte verde del Rey Elfo y el azul del Lago y avanzaron hasta que estuvieron justo delante del parapeto de la Puerta. De nuevo Thorin les habló en voz alta:

—¿Quiénes sois que llegáis armados para la guerra a las puertas de Thorin hijo de Thrain, Rey bajo la Montaña?

Esta vez le respondieron.

Un hombre alto de cabellos oscuros y cara ceñuda se adelantó y gritó:

—¡Salud, Thorin! ¿Por qué te encierras como un ladrón en la guarida? Nosotros no somos enemigos y nos alegramos de que estés con vida, más allá de nuestra esperanza. Vinimos suponiendo que no habría aquí nadie vivo, pero ahora que nos hemos encontrado hay razones para hablar y parlamentar.

—¿Quién eres tú y de qué quieres hablar?

—Soy Bardo y por mi mano murió el dragón y fue liberado el tesoro. ¿No te importa? Más aún, soy, por derecho de descendencia, el heredero de Girion de Valle, y en tu botín está mezclada mucha de la riqueza de los salones y villas de Valle, que el viejo Smaug robó. ¿No es asunto del que podamos hablar? Además, en su última batalla Smaug destruyó las moradas de los Hombres de Esgaroth y yo soy aún siervo del gobernador. Por él hablaré, y pregunto si no has considerado la tristeza y la miseria de ese pueblo. Te ayudaron en tus penas, y en recompensa no has traído más que ruina; aunque sin duda involuntaria.

Bien, éstas eran palabras hermosas y verdaderas, aunque dichas con orgullo y expresión ceñuda; y Bilbo pensó que Thorin reconocería enseguida cuánta justicia había en ellas. Por supuesto, no esperaba que nadie recordara que había sido él quien descubriera el punto débil del dragón; y esto también era justo, pues nadie lo sabía. Pero no tuvo en cuenta el poder del oro que un dragón ha cuidado durante mucho tiempo, ni los corazones de los enanos. En los últimos días Thorin había pasado largas horas en la sala del tesoro, y la avaricia le endurecía ahora el corazón. aunque buscaba sobre todo la Piedra del Arca, sabía apreciar las otras muchas cosas maravillosas que allí había, unidas por viejos recuerdos a los trabajos y penas de los enanos.

—Has puesto la peor de tus razones en el lugar último y más importante —respondió Thorin—. Al tesoro de mi pueblo, ningún hombre tiene derecho, pues Smaug nos arrebató junto con él la vida o el hogar. El tesoro no era suyo, y los actos malvados de Smaug no han de ser reparados con una parte. El precio por las mercancías y la ayuda recibida de los Hombres del Lago lo pagaremos con largueza... cuando llegue el momento. Pero no daremos nada, ni siquiera lo que vale una hogaza de pan, bajo amenaza o por la fuerza. Mientras una hueste armada esté aquí acosándonos, os consideraremos enemigos y ladrones. Y te preguntaría además qué parte de nuestra herencia habrías dado a los enanos si hubieras encontrado el tesoro sin vigilancia y a nosotros muertos.

—Una pregunta justa —respondió Bardo—. Pero vosotros no estáis muertos y nosotros no somos ladrones. Por otra parte, los ricos podrían compadecerse de los menesterosos que les ofrecieron ayuda cuando ellos pasaban necesidad. Y aún no has respondido a mis otras demandas.

—No parlamentaré, como ya he dicho, con hombres armados a mi puerta. Y de ningún modo con la gente del Rey Elfo, a quien recuerdo con poca simpatía. En esta discusión, él no tiene parte. ¡Aléjate ahora, antes de que nuestras flechas vuelen! Y si has de volver a hablar conmigo, primero manda la hueste élfica a los bosques a que pertenecen, y regresa entonces, deponiendo las armas antes de acercarte al umbral.

—El Rey Elfo es mi amigo, y ha socorrido a la gente del Lago cuando era necesario, sólo obligado por la amistad —respondió Bardo—. Te daremos tiempo para arrepentirte de tus palabras. ¡Recobra tu sabiduría antes que volvamos! —luego Bardo partió y regresó al campamento.

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