Joseph Conrad - Nostromo
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De estos asuntos relacionados con la fuga de gobiernos y partidos derribados por una revolución podía hablar por experiencia, porque en cierta ocasión memorable se había acudido a él para salvar la vida de un dictador, junto con la de algunos funcionarios de Sulaco -el gobernador, el director de aduanas y el jefe de policía-, al venirse abajo la situación política.
El pobre señor Rivera (tal era el nombre del dictador) había venido caminando a pechugones, día y noche, ochenta millas por caminos de montaña, después de la perdida batalla del Socorro -cosas que, por supuesto, no pudo lograr cabalgando en una mula coja. El animal, para colmo de males, cayó muerto bajo el jinete, al final de la Alameda, donde la banda militar amenizaba a veces las veladas entre revolución y revolución.
– Señor-proseguía refiriendo el capitán Mitchell con solemne gravedad-, la importuna muerte de la bestia atrajo la atención hacia el infortunado que en ella había cabalgado. Sus facciones fueron reconocidas por varios desertores del ejército dictatorial, mezclados con la chusma, ocupada en destrozar las ventanas de la Intendencia.
En las primeras horas de la madrugada de aquel día las autoridades locales de Sulaco habían huido a refugiarse en las oficinas de la Compañía O.S.N., sólido edificio situado en la playa, junto al comienzo del muelle, dejando la ciudad a merced de la turba revolucionaria; y, como el dictador era execrado por el populacho a causa de la severa ley de reclutamiento, que la necesidad le había obligado a imponer durante la lucha, corrió grave riesgo de ser despedazado.
Fue providencial que Nostromo -sujeto de incalculable valía- estuviera allí cerca con algunos trabajadores italianos importados para las obras del Ferrocarril Central Nacional, y con ayuda de éstos logró arrancarle de las iras de la multitud -al menos por entonces. En último término, el capitán Mitchell consiguió trasladarlos a todos en su falúa a uno de los vapores de la Compañía, el Minerva, que precisamente entonces, por piadosa disposición de la fortuna, estaba entrando en el puerto.
Poco antes el superintendente había tenido que descolgar a los mencionados señores con una cuerda por un boquete abierto en la pared posterior del edificio de la Compañía, mientras la multitud, que, saliendo por todas las bocacalles de la ciudad, se había derramado a lo largo de la playa, rugía amenazadora al pie de la fachada. Luego hubo de instarles a que salvaran a todo correr la longitud entera del muelle. Aquello había sido un escape desesperado a vida o muerte. Y de nuevo Nostromo, el valiente entre los valientes, fue quien, a la cabeza ahora de una cuadrilla de cargadores de la Compañía, había defendido el muelle contra las embestidas de la canalla, dando así tiempo a los fugitivos para llegar a la lancha, preparada a recibirlos en el otro extremo con la bandera de la Compañía en popa. Sobre ella llovieron palos, piedras, proyectiles y hasta cuchillos.
El capitán Mitchell mostraba con orgullosa complacencia una larga cicatriz que le cruzaba la oreja izquierda y la sien, reliquia de una herida hecha con la hoja de una navaja de afeitar, sujeta a un palo -arma, según explicaba, muy en boga entre "los negros más criminales de las afueras de la ciudad ".
El señor Mitchell era un tipo grueso, ya entrado en años, que usaba cuellos altos terminados en punta y patillas cortas, aficionado a los chalecos blancos, y hombre de genio en realidad muy comunicativo a pesar de su aire de grave retraimiento.
– Esos señores -refería en tono solemne- tuvieron que correr como conejos, señor. Yo mismo hice lo propio. Hay ciertas clases de muerte que… ¡hum!… son desagradables para un… ¡jem!… para un hombre respetable. A mi también me hubieran hecho trizas. Una turba frenética, señor, no distingue. Después de la Providencia, debimos la vida a mi Capataz de Cargadores, como le llamaban en la ciudad; un hombre que, cuando yo descubrí lo que valía, señor, era sobrecargo de un barco italiano, un enorme barco genovés, de los pocos que arribaron a Sulaco, procedentes de Europa con cargamento general para la compañía constructora del Ferrocarril Central Nacional. Dejó su empleo por causa de unos amigos muy respetables, que aquí se granjeó, paisanos suyos, pero también, a lo que creo, por mejorar de fortuna. Señor, soy bastante perspicaz para conocer caracteres, y le contraté para capataz de cargadores y guarda de muelle. Ese era el empleo que tenía. Pero, a no ser por él, el señor Rivera hubiera sido hombre muerto. Este Nostromo, señor, persona en absoluto irreprochable, llegó a ser terror de todos los malhechores de la ciudad. Estábamos infestados, más que infestados, señor, dominados aquí en aquel tiempo por ladrones y matreros, procedentes de toda la provincia. En esta ocasión habían estado entrando en cuadrillas desde hacía una semana. Olfateaban la caída del gobierno, señor. La mitad de esta turba de asesinos eran bandidos profesionales, que perpetran sus fechorías en el campo, señor; pero ni un solo de ellos ignoraba quién era Nostromo. En cuanto a la gentuza de la ciudad, bastaba para tenerla a raya la vista de las negras patillas y blancos dientes del temido capataz. Temblaban ante él, señor. Ahí tiene usted lo que puede la energía de carácter.
Con toda verdad cabe decir que Nostromo solo fue el que salvó la vida a esos señores. El capitán Mitchell, por su parte, no les abandonó hasta verlos postrados, anhelosos, llenos de exasperado terror, pero enteramente a salvo en los lujosos sofás de terciopelo que adornan el salón de primera clase del Minerva. Hasta el último instante tuvo cuidado de dar al ex dictador el tratamiento de "Su Excelencia".
– Señor, no podía proceder de otro modo. El hombre estaba deshecho, desencajado, lívido, cubierto de sangre y arañazos.
El Minerva no ancló en aquella visita. El superintendente ordenó que zarpara al instante. No se desembarcó ningún cargamento, como puede suponerse; y los pasajeros para Sulaco rehusaron bajar a tierra. Desde cubierta pudieron oír el tiroteo y presenciar el desarrollo de la lucha que tenía lugar al borde mismo del agua.
La turba al verse rechazada, dedicó sus arrestos al asalto de la Aduana, construcción tétrica que parece a medio terminar, con numerosas ventanas, situada a unos doscientos metros de las oficinas de la Compañía Oceánica, y después de éstas el único edificio que se levanta cerca del puerto.
El capitán Mitchell, luego de encargar al capitán del Minerva que desembarcara a "los señores allí refugiados" en el primer puerto hábil de fuera de Costaguana, se volvió a su lancha con ánimo de ver lo que podía hacerse para proteger los intereses de la Compañía. Los bienes de ésta y los del ferrocarril fueron defendidos por los europeos, esto es, por el mismo capitán Mitchell y el cuerpo de ingenieros que construían la vía, ayudados de los trabajadores italianos y vascos, que se agruparon fielmente alrededor de sus jefes.
También los descargadores de la compañía, naturales de la República, se portaron muy bien a las órdenes de su capataz. Era una tropa de ínfima ralea y sangre muy mezclada, abundando en ella los negros, que andando siempre a la greña con los parroquianos de las peores tabernas de la ciudad, acogieron con alegría aquella ocasión de vengar sus personales resentimientos al amparo de tan favorables auspicios. No se contaba entre ellos ninguno que, en tal o cual día, no hubiera visto con terror el revólver de Nostromo apuntándole a la cara a quema ropa, o que en otra cualquier forma no hubiera sido intimidado por la resolución del capataz.
"Era mucho hombre", decían de él, áspero de lengua cuando se enojaba, propasándose a decir verdaderos insultos, incansable en imponer tareas, y que se hacía temer sobre todo por su retraimiento y hosquedad. Pero, con todo eso, aquel día estuvo al frente de ellos en la lucha contra la canalla, allanándose a dirigir advertencias en son de broma, cuándo a uno, cuándo a otro.
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