José Somoza - La dama número trece

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Salomón Rulfo, profesor de literatura en paro y gran amante de la poesía, sufre noche tras noche una inquietante y aterradora pesadilla. En sus sueños aparece una casa desconocida, personas extrañas y un triple asesinato sangriento, en el que, además, una mujer le pide ayuda desesperadamente. Por este motivo, Salomón acude a la consulta del doctor Ballesteros, un médico que le ayuda a desentrañar el misterio de los sueños y le acompaña en lo que se convertirá en un caso mucho más terrible y escalofriante que cualquier fantasía: el escenario del crimen es real y la mujer que pide socorro a gritos fue realmente asesinada.
En compañía de una joven de pasado enigmático, el doctor y un ex-profesor de la universidad con el que mantiene una relación compleja, Salomón se adentrará en un mundo donde las palabras y la poesía son un arma de gran poder. En ese mundo, habitan las doce damas que controlan nuestro destino desde las sombras… O, ¿son trece brujas? En esta novela el autor hilvana con destreza y elegancia una fascinante historia de intriga, en la que se desafía la inteligencia y la fantasía del lector.

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– ¡No! -le advirtió alguien (la voz de Rulfo, quizá)-. ¡Sal de aquí…! ¡Lárgate…!

Pero, naturalmente, él ya se había largado. Ya no estaba allí sino en su consulta o en su casa, frente a la televisión, en su modesta soledad. El hombre que empuñaba la escopeta y apuntaba hacia la hilera de doce figuras no era él, sino una réplica enloquecida. Nada de lo que hacía o veía era real.

La luz se disolvió mucho antes que el atronador sonido, pero cuando éste también se deshizo, Ballesteros pudo comprobar dos cosas: que había logrado disparar ambos cañones simultáneamente y que las damas seguían en pie, ilesas, contemplándolo.

Dadme tiempo , pidió mentalmente, comprendiendo que era un deseo absurdo e inútil. Tan solo dadme tiempo .

Abrió la escopeta y sacó los cartuchos de repuesto. Dadme tiempo . Introdujo el primero. Escuchó una voz en la hilera de mujeres y vio que la que ocupaba el puesto número cuatro, una joven de pelo moreno y rostro inocente cuyo símbolo de serpiente se deslizaba por el desfiladero de los pechos, había comenzado a decir algo mientras sonreía. Vio la muerte en aquella sonrisa.

Daré tu corazón por alimento

No comprendió si aquello era un verso, ni reconoció quién podía ser el autor ni lo que provocaba, pero supo, con absoluta seguridad, que todo había terminado. Es el fin , pensó durante esa débil fracción de segundo, mientras la dama recitaba. Quiso recordar a Julia. Quiso hacerlo de forma consciente, mientras aún era dueño de sus ideas, sus apetencias, su voluntad. Te amo , pensó. Súbitamente, un espantoso, frenético dolor, hondo y firme como un mordisco de rottweiler, engarfió su cabeza. Soltó la escopeta, se tambaleó, golpeó el tronco de un árbol.

Ya no logró pensar otra cosa.

Chorros compactos de sangre salieron despedidos de la nariz, ojos, boca y oídos del médico como si su cráneo hubiese reventado por dentro. Su grito se convirtió en un gorgoteo incomprensible y su corpachón volvió a golpear el árbol una, dos veces más. Hubo una pausa. Ballesteros, aún de pie, se sujetó las sienes como si quisiera comprobar exactamente qué había ocurrido en aquella calabaza. Entonces otra séptuple bocanada lo arrojó al suelo.

Rulfo no sintió miedo, solo una hondísima pena que angostaba su garganta y humedecía sus ojos. Hubiese deseado, más que nada en el mundo, evitarle aquel final a sus amigos. Era él quien había fracasado, no ellos.

Decidió que no podía defraudarlos.

Aferró el cuchillo, se incorporó, avanzó hacia el claro. Pero no se apresuró: caminó pausadamente, con inusitada calma, como si se dispusiera a dar la mano o besar los labios de aquellas doce figuras inmóviles. Distinguió el fofo y blancuzco cuerpo de la mujer obesa y cambió de rumbo, dirigiéndose hacia ella.

La dama lo contemplaba bizqueando, los labios cárdenos alargados como los de un extraño saurio. Empezó a recitar.

Comme le fu… -Se detuvo, sacudió la cabeza, corrigió-: Comme le fruit foi… No, me estoy equivocando… Comme le fufu… -Las damas reaccionaron con un hilarante estallido de carcajadas. La mujer obesa se ruborizó-. No me pongáis nerviosa, hermanas… -Rulfo seguía acercándose. Su mirada expresaba algo atemorizador, pero la mujer obesa no estaba atemorizada en absoluto-. ¡Ah, ya…! -Gotitas de saliva salieron despedidas de su boca mientras recitaba, apuntando a Rulfo con el dedo:

Comme le fruit se fond en jouissance

En el momento en que alzaba el puñal una debilidad irrevocable le hizo caer de rodillas con un sonido de saco vacío y desplomarse de bruces sobre la hierba. Quedó más que inmóvil: quedó fláccido, sintiendo que el peso del cuchillo le fracturaba los dedos, escuchando la voz de la dama desde las alturas.

– ¿Por qué os reíais? Ya soy vieja, no lo recuerdo bien todo…

La rabia tomó el mando dentro de él e hizo lo imposible por levantarlo. Pero el verso de Paul Valéry lo había hundido en un vacío sin sensaciones, un cementerio de carne tetrapléjica, pantanosa, desde el fondo del cual contempló sin esperanza las piernas de sus torturadoras. Escuchó, entonces, la juvenil voz de Saga.

– Qué pobres y patéticos seres. Pese a todo, sois cuerpos con los que podemos hacer cosas… Antes destruiremos la imago. Luego nos dedicaremos a vosotros. La vida procede de las palabras y torna a ellas: hasta que no se pronuncien las últimas, seguiréis vivos y conscientes, llegaréis a tocar fondo y contemplaréis lo que se oculta en la raíz del mundo, en el centro justo de la realidad, en medio del hielo y el silencio. Y eso os contemplará a vosotros. No será un rato muy agradable, pero os aseguramos que será muy largo .

El círculo volvió a formarse. Posiciones, manos entrelazadas. Rulfo lo observaba todo desde la hierba. A escasos centímetros de distancia de su cabeza se posaron unos talones, pies descalzos, blancos, no supo a quién pertenecían.

El círculo. Posiciones y jerarquías. Nombres y constelaciones. Ninguna dama podía obviar su posición, su orden, su nombre secreto, su símbolo…

la imago

Los nombres. Los nombres de estrellas y constelaciones. Pero las constelaciones se parecen entre sí… solo los nombres las distinguen.

la imago. el plan

De pronto todo se hizo completamente obvio para él.

la imago. el plan era la imago

Gastiga sí nera l'aura . La filacteria había sido recitada al revés. Hubo un silencio. Entonces los pies se apartaron de él. El círculo volvía a romperse. Sospechó que quizá Saga acababa de descubrir lo mismo. Pero justo un segundo demasiado tarde.

La imago. El plan era la imago.

Acabáis de Activarla. Pero no es la imago de Akelos, idiotas.

Ignoraba lo que estaba ocurriendo, aunque la confusión de movimientos que se había desatado a su alrededor era evidente. No podía sonreír, pero sus pensamientos, de súbito, se hicieron sonrisas dentro de él.

Algo tan simple, pero tan difícil de comprender para vosotras… Los nombres, las palabras que forman vuestra única identidad… Las palabras de los nombres…

Dentro de su campo visual penetraron otros pies descalzos. Vio a una desconocida avanzando hacia las damas. Por un instante le pareció que era Raquel. Pero no lo era. Nunca lo había sido, al menos no de aquella forma. El tatuaje de su espalda había desaparecido. Casi sentía deseos de reír dentro de su inválida anatomía.

Habéis Activado la imago de Raquel, estúpidas. Sin duda, Akelos las intercambió mucho antes de morir. ¿Cómo lo haría…? Borró los nombres, los trastocó, hundió su propia figura en agua, se Anuló a sí misma, y guardó la de Raquel, que es la que hundisteis en el acuario y la que ahora habéis Activado… Pero Raquel no estaba muerta: se encontraba aquí, en el interior de la muchacha. En esto consistía todo el plan: en traernos aquí y aguardar este momento…

La verdadera Raquel era de estatura más baja que la muchacha, aunque su complexión era perfecta. Tenía los cabellos cortos y pajizos. Rulfo solo podía verla de espaldas.

Y una de vuestras leyes afirma que no puede haber dos damas de igual jerarquía dentro del coven … porque la más antigua prevalece.

Las damas dejaban paso a la recién llegada entre miradas reverentes y silencios trémulos. Rulfo no podía ver la expresión de Saga, pero rogaba por que fuera la que estaba imaginando.

En el oscuro interior del cuerpo de Jacqueline, los ojos que nunca parpadeaban vieron aproximarse a Raquel y se despidieron de la luz.

Ya no era Raquel tan solo. Era, de nuevo, Saga. Y Jacqueline contempló fascinada el majestuoso porte de su figura, sus movimientos adamados y la seriedad funérea de su rostro, donde los ojos brillaban como hidrófanas. Sintió su propia debilidad, su nulidad , y comprendió que volvía a ser, otra vez, su secular sirviente. Y Saga se acercaba a ella con parsimonia de reina. O de tigre.

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