Jonathan Kellerman - La Rama Rota

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Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

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Medía menos de un metro y medio. Su cuerpo era de un tamaño normal, pero estaba doblado por la cintura, con su columna formando una S y con su deformada espalda cargada con una joroba del tamaño de una mochila bien repleta. Su cabeza parecía demasiado grande para su figura y era como un huevo arrugado coronado por un mechón de cabello blanco y muy fino. Cuando se movía parecía un escorpión adormecido.

Tenía una expresión de falsa contricción, pero el centelleo de sus llorosos ojos azules decía más que su boca sin labios y las comisuras caídas.

– ¿Puedo ayudarte, cariño? -su voz era seca y tenía un acento muy culto.

Margaret recogió sus últimos efectos personales del suelo y los metió en el bolso.

– No, gracias profesor. Ya lo tengo todo -recobró el aliento y trató de parecer compuesta.

– Pero, ¿a pesar de todo tendremos ese picnic con pizza?

– Sólo si se porta bien.

Él junto sus manos, como rezando.

– Te lo prometo, cariño -afirmó.

– De acuerdo, profesor. Éste es Bill Roberts, el periodista del que le hablé. Bill, le presento al profesor Van der Graaf.

– Hola, profesor.

Me miró bajo párpados adormilados.

– No te pareces a Clark Kent -me dijo.

– ¿Cómo?

– ¿No se supone que los periodistas deben parecerse a Clark Kent, la identidad secreta de Superman?

– No tenía noticias de que eso estuviera regulado por la Asociación de la Prensa.

– A mí me entrevistó un periodista después de la Guerra… la grande, la Segunda. Quería saber qué lugar tendría esa guerra en la Historia. Y él se parecía a Clark Kent -se pasó una mano por su cráneo, lleno de manchas del hígado-. ¿No tienes unas gafas o algo así jovencito?

– Lo siento, pero tengo unos ojos perfectamente sanos. Me dio la espalda y fue hacia una de sus librerías.

Había una gracia rara, como reptiloide, en sus movimientos: su deforme cuerpo parecía moverse hacia un lado, cuando en realidad se estaba moviendo hacia adelante. Se subió lentamente a una escalera baja, tendió el brazo hacia arriba y tomó un volumen encuadernado en piel, bajó y regresó.

– Mira – me dijo, abriendo el libro que pude ver que era una colección de tebeos encuadernados -. Esto es lo que yo quiero decir.

Su tembloroso dedo apuntaba a un dibujo del mejor de los periodistas del Daily Planet entrando en una cabina telefónica.

– Clark Kent. Éste sí que es un periodista.

– Estoy segura de que el señor Roberts sabe quién es Clark Kent, profesor.

– Entonces que vuelva cuando se parezca más a él, y hablaremos -nos espetó el viejo.

Margaret y yo intercambiamos miradas de impotencia. Ella iba a decir algo cuando Van der Graaf echó hacia atrás su cabeza y lanzó una seca carcajada.

– ¡Inocentada! -se reía de muy buena gana de su propio ingenio, hasta que su risa se disolvió en un ataque de tos y flemas.

– ¡Oh, profesor! -le riñó Margaret.

Se enfrentaron el uno con el otro, en un torneo verbal. Comencé a sospechar que su amistad estaba bien establecida. Me quedé a un lado, sintiéndome como el asistente involuntario a uno de esos espectáculos de seres monstruosos de las ferias.

– Admítelo, cariño -él estaba diciendo -. ¡Te había engañado!

Dio pataditas al suelo, con plena satisfacción.

– ¡Te habías creído que ya estaba totalmente senil!

– No es usted más senil que yo -le contestó ella-. Simplemente es un crío malcriado.

Mis esperanzas de obtener información fiable de aquel enano jorobado estaban disminuyendo por momentos. Me aclaré la garganta.

Dejaron de hablar y me miraron. Una burbuja de saliva se había formado en la comisura de la retorcida boca de Van der Graaf. Sus manos vibraban con falso Parkinsons. Margaret se alzaba frente a él con las piernas abiertas.

– Y ahora quiero que coopere con el señor Roberts – le dijo con severidad.

Van der Graaf me lanzó una mirada aviesa.

– Oh, de acuerdo -gimió-, pero sólo si me llevas alrededor del lago en mi Doosie.

– Ya le he dicho que lo haría.

– Tengo un coche Duesenberg del treinta y siete -me explicó -. Un carruaje maravilloso. Cuatrocientos garañones relinchantes bajo una capota rubí brillante. Escapes cromados. Consume gasolina con una voracidad despreocupada. Yo ya no puedo conducirlo y Maggie es una moza robusta; siguiendo mis instrucciones podría manejarlo. Pero rehusa.

– Profesor Van der Graaf, hubo una buena razón para que yo rehusara: estaba lloviendo y no quise ponerme tras el volante de un automóvil que vale doscientos mil dólares en un tiempo peligroso.

– ¡Bah! Yo llevé a ese juguete de aquí a Sonoma en el cuarenta y cuatro. Se agranda ante las adversidades metereológicas.

– De acuerdo, le llevaré. Mañana, si el señor Roberts me da un buen informe de su comportamiento.

– Yo soy el profesor. Yo doy las notas.

Ella le ignoró.

– Tengo que volver a la biblioteca, señor Roberts. ¿Sabrá hallar usted el camino de regreso a mi oficina?

– Desde luego.

– Le veré cuando haya acabado, entonces. Adiós, profesor.

– Mañana a la una. Llueva o haga sol -gritó él, mientras ella se alejaba.

Cuando la puerta se hubo cerrado, me invitó a sentarme.

– Yo me quedaré de pie, no encuentro una silla que se me adapte. Cuando era un chico, papá llamó a carpinteros y tallistas en madera, tratando de hallar un modo de sentarme cómodamente. Sin conseguirlo; no obstante, produjeron algunas esculturas abstractas realmente fascinantes – se rió, y se aferró a la mesa de caballetes para sostenerse-. He pasado de pie la mayor parte de mi vida y al cabo probablemente eso haya sido beneficioso. Tengo unas piernas que parecen fundidas en acero. Y mi circulación es tan buena como la de alguien con la mitad de mi edad.

Me senté en un sillón de cuero. Ahora nuestros ojos estaban a la misma altura.

– Esta Maggie -dijo-, ¡vaya una chica! Flirteo con ella, trato de animarla… Parece estar tan sola la mayor parte del tiempo.

Revolvió los papeles y sacó de entre ellos una petaca.

– Whisky escocés. Encontrará dos vasos en el cajón superior derecho del escritorio. Haga el favor de tomarlos y sea tan amable de entregármelos.

Encontré los vasos, que no parecían estar demasiado limpios. Van der Graff echó en cada uno de ellos unos tres centímetros de whisky, sin dejar caer una sola gota.

– Aquí tiene.

Le vi dar un sorbito a su bebida y yo seguí su ejemplo.

– ¿Cree usted que aún seguirá virgen? ¿Es tal cosa posible en nuestros días? -se enfrentó con las preguntas como si fueran una cuestión epistemológica.

– Realmente no sabría decírselo, profesor. Sólo la conozco desde hace una hora.

– No puedo imaginármelo, la virginidad en una mujer a su edad. Y, sin embargo, me resulta igualmente increíble la sola idea de esas caderas de lechera rodeando a un par de cachas de fornicador.

Bebió algo más de whisky y contempló la vida sexual de Margaret Dopplemeier en silencio, con la mirada perdida en el vacío. Finalmente dijo:

– Es usted un hombre joven paciente. Ésa es una cualidad poco común.

Asentí con la cabeza.

– Me imagino que empezaremos cuando usted esté dispuesto, profesor.

– Sí, confieso que tengo una buena parte de comportamiento infantil. Es un requisito de mi edad y condición. ¿Sabe cuánto tiempo hace que no he dado una clase o escrito un artículo serio?

– Me imagino que bastante.

– Más de dos décadas. Desde entonces he estado aquí arriba dedicado a largas y solitarias temporadas de lo que supuestamente es un profunda actividad mental… en realidad, lo que hago es vaguear. Y, sin embargo, soy catedrático honorífico. ¿No cree que un sistema que tolera tal insensatez es absurdo?

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