Anne Perry - El Rostro De Un Extraño

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El Rostro De Un Extraño: краткое содержание, описание и аннотация

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Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.

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Se obligó a volver al presente.

– ¿Más de tres semanas?

– Sí-replicó Runcorn y después tosió y se aclaró la garganta.

Tal vez Runcorn estaba cohibido. ¿Qué se le puede decir a un hombre que no te recuerda, que ni siquiera se recuerda a sí mismo? Monk lo sintió por él.

– Todo llegará -repitió Runcorn-. Cuando se reponga, cuando vuelva al trabajo. Pero necesita descansar para recuperarse, eso es lo que necesita, un descanso que le permita renovar fuerzas. Una semanita o dos, es el tiempo indispensable. Cuando esté en condiciones de trabajar vuelva a la comisaría y entonces se hará la luz, me atrevería a decir que eso es lo que ocurrirá.

– Sí-dijo Monk, aunque más para dar la razón a Runcorn que por creerlo realmente, porque no lo creía.

Tres días más tarde Monk abandonó el hospital. Ya tenía fuerzas suficientes para andar y, además no hay nadie que se quede más tiempo del necesario en un hospital. No sólo por consideraciones de tipo financiero, sino también por el peligro que entrañaba permanecer en un sitio como aquél. Muere más gente por contagio que por enfermedad o por las heridas que los llevaron al hospital. Se lo contó con aire resignado el enfermero que le había dicho cómo se llamaba.

No le extrañaba lo más mínimo. En los pocos días que recordaba había visto a médicos pasar de una herida abierta a una úlcera enconada, de pacientes aquejados de fiebre a otros que vomitaban o soltaban flujo, para después volver a curar heridas abiertas, y vuelta a empezar. El suelo estaba cubierto de vendas sucias y se hacían pocas coladas de ropa, aunque era indudable que todos hacían lo que podían con los escasos medios disponibles.

De hecho, para ser sinceros, hacían cuanto estaba en sus manos para no admitir a pacientes declarados de tifus, cólera o viruela y, en caso de detectar estas enfermedades una vez ingresados corregían el error y enviaban a aquellos pobres desgraciados a sus casas, para que pasasen en ellas la cuarentena, donde estaban abocados a una muerte segura o se recuperaban sólo si ésa era voluntad de Dios. Pero por lo menos allí constituían un peligro menor para la comunidad. Todo el mundo sabía qué significaba la bandera negra que colgaba fláccida en una bocacalle cualquiera.

Runcorn le había dejado el abrigo y el sombrero de copa de su traje de Peeler, limpio y arreglado con esmero después del accidente. Por lo menos eran de su medida, aunque ahora le quedaban un poquito grandes debido al peso que había perdido mientras guardaba cama. Ya lo recuperaría. Se había dado cuenta de que era un hombre fuerte, alto, esbelto y musculoso, pero como no se había afeitado él mismo, sino el enfermero, todavía no había tenido ocasión de verse la cara. Sin embargo, se la había palpado, la había recorrido con las yemas de los dedos cuando no lo observaba nadie. Era huesudo y fuerte y, al parecer, tenía una boca ancha. Pero no sabía nada más. En cuanto a sus manos, eran suaves y no estaban encallecidas por el trabajo manual y tenía el dorso de las mismas cubierto de vello oscuro.

Al parecer, llevaba unas monedas en el bolsillo en el momento de su ingreso, que le devolvieron al marchar. Alguien debía de haber pagado el tratamiento al que lo habían sometido. ¿Habría bastado con su salario de policía? En aquel momento estaba de pie en la escalera y tenía ocho chelines y once peniques en el bolsillo, además de un pañuelo de algodón y un sobre en el que figuraba su nombre y una dirección: 27 Grafton Street. Dentro del sobre había una factura de su sastre.

Al dirigir la vista a su alrededor no reconoció nada. Era un día radiante y nubes viajeras que se movían rápidas, empujadas por un viento cálido, cruza ban el cielo. A unos cincuenta metros de distancia, en un cruce, había un niño con una escoba, ocupado en dejar la encrucijada limpia de estiércol de caballo y otros desechos. Un carruaje tirado por dos caballos bayos lanzados a la carrera pasó veloz.

Monk, todavía débil, bajó la escalera y se dirigió a la calle principal. Tardó cinco minutos en encontrar un cabriolé libre, al que hizo señal de que se detuviera y a cuyo cochero dio la dirección. Ocupó su asiento en el interior y se dedicó a observar las calles y plazas que iban desfilando ante sus ojos, así como otros vehículos y carruajes, algunos con lacayos vestidos con librea, otros cabriolés, carros de cerveceros y las carretas de los verduleros ambulantes. Vio buhoneros y mercachifles, un vendedor de anguilas frescas, otro de pasteles calientes y otro de budines de ciruela. Eran cosas que le apetecían y se moría de hambre, pero como no tenía idea de lo que podían costar, no se atrevía a pararse para comprarlas.

Un vendedor de periódicos gritaba algo, pero pasaron tan rápidamente por su lado que el ruido de los cascos de los caballos apagó el clamor. Un hombre con una sola pierna vendía cerillas.

Encontraba algo familiar en aquellas calles, pero era una sensación que le llegaba muy débil desde el fondo de sus pensamientos. Aunque no le parecían del todo extrañas, no habría podido decir el nombre de ninguna de ellas.

Tottenham Court Road. El tráfico era intenso: carruajes, carros, carretas, mujeres que rozaban con sus amplias faldas los desperdicios de la cuneta, dos soldados que se reían a carcajadas y un borracho, levitas rojas convertidas en manchas de color, una florista y dos lavanderas.

El carruaje enfiló Grafton Street y se paró.

– ¡Aquí es, señor, el número veintisiete!

– Gracias -dijo Monk apeándose con torpeza del carruaje, el cuerpo muy envarado y desagradablemente débil.

Incluso aquel esfuerzo, pese a ser insignificante, lo había dejado exhausto. No tenía idea de cuánto dinero debía pagar. Mostró un florín, dos monedas de seis peniques, una de un penique y otra de medio penique en una mano.

El cochero titubeó, cogió una de las monedas de seis peniques y la de medio penique, se llevó la mano al sombrero e hizo restallar las riendas sobre la grupa del caballo dejando a Monk en la acera. Ahora que había llegado el momento, el miedo se había apoderado de él. No tenía ni la más ligera idea de qué encontraría ni a quién.

Pasaron dos hombres que lo observaron llenos de curiosidad. Probablemente suponían que se había perdido. Se sentía ridículo, confundido. ¿Quién respondería a su llamada? ¿Conocería a la gente de la casa? Si aquélla era su casa, lo tenían que conocer por fuerza. Pero ¿hasta qué punto? ¿Serían amigos o sólo los propietarios? Por absurdo que pareciera, ni siquiera sabía si tenía familia.

De cualquier modo, si la hubiera tenido, con seguridad lo habrían visitado en el hospital. Runcorn lo había ido a ver, o sea que ahora ya sabían dónde estaba. Tal vez él era uno de esos hombres que no inspiran amor, sólo una cortesía profesional. ¿Por eso había ido a verlo Runcorn? ¿Porque era lo que correspondía hacer?

¿Había sido un buen policía? ¿Eficiente en su trabajo? ¿Era un hombre simpático? Toda aquella situación era ridícula, patética.

¡Bah, era infantil! Si hubiera tenido una familia, una esposa o un hermano o una hermana, Runcorn se lo habría dicho. Debía ir descubriendo las cosas a medida que pudiera; si trabajaba con los Peelers, quería decir que era detective. Iría reuniendo todas las piezas hasta completar el rompecabezas, su modo de vida. El primer paso consistiría en llamar a aquella puerta de color marrón oscuro cerrada ante él.

Levantó la mano y llamó con viveza. Transcurrieron unos minutos largos y desesperados mientras en su cabeza se iba devanando una serie de preguntas antes de que una mujer fornida y de mediana edad, que llevaba un delantal, abriera la puerta. Era gruesa, llevaba el cabello peinado hacia atrás con desaliño, pero iba limpia y tenía un rostro que parecía haberse restregado con denuedo y que revelaba una expresión de generosidad.

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