Sue Grafton - L de ley

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La detective Kinsey Millhone se aprestaba a ser dama de honor en la boda del hermano de su casero cuando, pocos días antes, acepta investigar para un vecino, Chester, por qué en los archivos militares ha desaparecido todo rastro de Johnny Lee, su padre recién fallecido y veterano de la segunda guerra mundial. ¡Adiós planes de boda!, porque, de pronto, alguien ha entrado en casa del difunto dejándolo todo patas arriba y Chester descubre, en una caja de caudales, una llave con esta misteriosa inscripción: LEY. A partir de entonces nadie es ya quien dice ser: ni Ray Rawson, el antiguo amigo del ejército, que quiere alquilar la casa; ni Gilbert Hays, a quien Kinsey sorprende llevándose una bolsa de la casa de Lee; ni Laura Huckaby, la mujer a quien aquél entrega la bolsa. A Kinsey no le queda más remedio que emprender una salvaje odisea en la que, para desenredar la madeja, acabará pasando por cualquier cosa, menos por detective…

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Pulsé el timbre y esperé un rato mientras me quitaba la broza de los calcetines. Imaginé que una masa de minúsculos granos de polen me bajaba por el esófago como una nube de mosquitos y noté que en la base del cerebro se me formaba el embrión de un estornudo. Procuré pensar en otra cosa. Sin cruzar ni siquiera la puerta, habría jurado que la casa tendría habitaciones pequeñas y separadas por arcos toscos y enlucidos, y tal vez compensados por inútiles intentos de «modernizar» el lugar. Carecía de sentido, pero volví a pulsar el timbre.

Momentos después abría la puerta un joven al que reconocí. Bucky tenía veintitantos años y medía unos diez centímetros más que yo, es decir, alrededor de un metro setenta y cinco. No estaba gordo, pero era fofo como una croqueta. Tenía el pelo dorado tirando a rojo, y lo llevaba largo y con la raya, torcida, en el centro. Se lo había recogido y atado en la nuca de manera muy desigual. Tenía los ojos azules y la piel rojiza parecía amoratada bajo la barba pelirroja de cuatro días. Vestía téjanos y camisa de pana de manga larga, de color azul oscuro, con los faldones por fuera del pantalón. Costaba adivinar cómo se ganaba la vida, si es que se la ganaba. Podía ser perfectamente una estrella de rock con una cuenta bancaria de seis cifras, pero lo dudaba.

– ¿Eres Bucky?

– Sí.

Le tendí la mano.

– Soy Kinsey Millhone, amiga de Henry Pitts. Dice que tienes un problema con cierta reclamación que has hecho a la Oficina de Veteranos. -Me estrechó la mano, pero me miró de tal modo que me entraron ganas de darle en la cabeza con los nudillos y preguntar si había alguien en casa. Insistí-. Cree que puedo serte de ayuda. ¿Me invitas a entrar?

– Ah, disculpa. Iba a hacerlo. Eres la detective privada. Al principio creí que eras de la Oficina de Veteranos. ¿Cómo has dicho que te llamas?

– Kinsey Millhone. Inquilina de Henry. Seguramente me habrás visto en el local de Rosie. Ceno allí tres o cuatro noches a la semana.

El piloto del reconocimiento parpadeó por fin.

– Eres la que se sienta en el reservado del fondo.

– La misma.

– Claro. Te recuerdo. Pasa. -Retrocedió y entré en un pequeño vestíbulo de suelo de madera noble que no se pulimentaba desde hacía años. Entreví un pedazo de cocina al fondo del pasillo.

– Mi padre no está en casa ahora y creo que Babe está duchándose. Le diré que estás aquí. ¡Eh, Babe!

No hubo respuesta.

Ladeó la cabeza en actitud de escuchar.

– ¡¡Eh, Babe!!

Ir gritando de habitación en habitación no me ha entusiasmado nunca.

– Ve a buscarla, hombre. Te espero.

– Sí, será lo mejor. Volveré enseguida. Siéntate -dijo. Recorrió el pasillo golpeando el suelo con los zapatos de suela dura. Abrió la puerta de la derecha y metió la cabeza. Hubo un ahogado chirrido de cañerías en la pared y la conducción del agua tembló y se sacudió después de que cerraran el grifo de la ducha.

Bajé un peldaño y entré en la sala de estar, que era un poco más grande que la alfombra de dos metros por tres que cubría el suelo. Al fondo había una chimenea de ladrillo, de poca profundidad, pintada de blanco y con una repisa de madera que parecía abarrotada de chucherías. A ambos lados del hogar había sendas estanterías empotradas y llenas de periódicos y revistas. Me instalé con mucho cuidado en un jiboso sofá cubierto por una manta afgana de color marrón y amarillo. La casa olía a moho o a orines de perro. La mesita del café estaba hasta los topes de envases de comida instantánea y todas las sillas y los sillones estaban orientados hacia un antiguo televisor instalado en una consola de tamaño descomunal.

Volvió Bucky.

– Dice que adelante. Tenemos que estar en un sitio dentro de nada y se está vistiendo. Mi padre no tardará en volver. Se ha ido a Perdido, a mirar apliques de la luz. Queremos que el piso del abuelo esté en condiciones. -Se quedó en la puerta, al parecer viendo la habitación con mis mismos ojos-. Parece una pocilga, pero es que el abuelo era un tacaño.

– ¿Desde cuándo vives aquí?

– Va para dos años, desde que me casé con Babe -dijo-. Creía que el viejo nos fiaría en lo del alquiler, pero resulta que había convertido la tacañería en ciencia.

Como también yo soy tacaña, sentí una curiosidad natural. Puede que aprendiera algún truco.

– ¿De qué modo?

Bucky frunció los labios.

– No sé. Como no quería pagar al camión de la basura, se levantaba temprano los días que pasaba y echaba la basura en los cubos de los vecinos. Y bueno, alguien le dijo en cierta ocasión cómo pagar los recibos de los servicios públicos. Bastaba con pegar en el sobre un sello de un centavo, no se ponía remitente y se echaba en un buzón lejano. Correos entrega la carta porque el ayuntamiento quiere el dinero y de ese modo te ahorras el franqueo.

– Oye, es una idea genial -dije-. ¿Cuánto se ahorra así? ¿Diez dólares al año? Es difícil resistirse. Tu abuelo tuvo que ser todo un carácter.

– ¿No lo conocías?

– Lo veía a veces en el local de Rosie, pero creo que no nos presentaron.

Bucky señaló la chimenea con la cabeza.

– Está ahí. A la derecha.

Seguí su mirada creyendo que iba a ver una foto en la repisa, pero lo único que vi fueron tres urnas y una caja de metal de tamaño mediano.

– La urna de mármol verdoso -dijo Bucky- es mi abuela y a su lado está mi tío Duane. Era el único hermano de mi padre, murió de pequeño, a los ocho años, según tengo entendido. Estaba jugando en las vías y lo arrolló un tren. Mi tía Maple está en la urna negra.

No se me ocurría ninguna respuesta educada. La fortuna familiar había tenido que menguar con el paso de los años porque daba la sensación de que con cada difunto se habían gastado menos dinero, hasta que el último, John Lee, había tenido que contentarse con la caja del crematorio. Y la repisa no daba para mucho más. Fuera quien fuese el siguiente, sus cenizas tendrían que transportarse en una caja de zapatos y arrojarse por la ventanilla del coche al volver a casa. Cambió de conversación con un gesto de la mano.

– Bueno, olvídalo. Sé que no has venido a darme conversación. Tengo todos los papeles aquí mismo. -Se dirigió a la estantería y empezó a pasar revistas, que por lo visto estaban mezcladas con facturas sin pagar y otros documentos críticos-. Se trata sólo de una reclamación de trescientos dólares para el entierro del abuelo -subrayó-. Babe y yo costeamos la incineración y nos gustaría que nos devolvieran el importe. Creo que por las inhumaciones la administración abona otros ciento cincuenta dólares. No parece mucho, pero no estamos para derrochar. No sé qué te habrá contado Henry, pero no podemos permitirnos pagar tus servicios.

– Eso tenía entendido. En cualquier caso, no creo que pueda hacer mucho. A estas alturas, seguro que sabes más que yo sobre las reclamaciones a la Oficina de Veteranos.

Sacó un fajo de papeles, los miró por encima y me los alargó. Quité el clip y leí la copia del certificado de defunción de John Lee, su partida de nacimiento, su cartilla de la Seguridad Social y dos formularios de la Oficina de Veteranos. Uno era la solicitud para cubrir los gastos de entierro, el otro la petición del historial militar. En el segundo se había rellenado la casilla del cuerpo de las Fuerzas Armadas, pero estaban en blanco las correspondientes al número, la graduación, el empleo y las fechas de los servicios prestados por el anciano. No me extrañaba que a la Oficina de Veteranos le costase comprobar los datos.

– Parece que os falta mucha información. Por lo que veo, no conocéis su número de identificación ni la unidad en que sirvió.

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