Michael Palmer - Tratamiento criminal

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La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.

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Ray tenía la boca reseca. Le latía el corazón con tal fuerza que estaba seguro de que el Doctor lo notaba.

«No lo haga, por favor -clamó Ray en silencio-. Por favor…» La yema del pulgar de Perchek oprimió el émbolo.

– Creo que empezaremos con algo modesto -dijo el Doctor-, equivalente, poco más o menos, a una fresca brisa en sus alvéolos dentarios.

La última voz que Ray oyó antes de la inyección fue la de Joe Dash.

«Un hombre puede optar por tres maneras de enfrentarse a la muerte…»

II

Seis años después

Desde hacía doce años, el restaurante Jade Dragón, en la zona alta del West Side de Manhattan, se enorgullecía de tener una cocina excepcional a precios muy razonables. Como consecuencia de ello servían casi cuatrocientos cubiertos los días laborables, con un comedor con capacidad para 175 personas. Los fines de semana superaban los ochocientos cubiertos.

Aquella noche de un cálido viernes de junio había demoras de hasta media hora para conseguir mesa.

Sentado en su lugar acostumbrado, Ron Farrell les comentaba a su esposa Susan y a sus amigos Jack y Anita Harmon lo mucho que había progresado el local desde que él y Susan comieron allí por primera vez diez años atrás. Ahora, aunque habían cambiado de domicilio tres veces, se habían impuesto cenar en el Jade Dragón viernes alternos, solos o en compañía de amigos.

Casi habían acabado ya con un plato, que los Harmon aseguraron era de lo mejorcito de la cocina china, cuando Ron se interrumpió a media frase y empezó a tocarse el abdomen. Súbitamente, sintió retortijones acompañados de arcadas. Le sudaban las axilas y el rostro, y se le nubló la vista.

– ¿Estás bien, Ronnie? -le preguntó su esposa.

Farrell trató de imponerse un lento ritmo respiratorio. Siempre había dominado bien el dolor, pero el que ahora sentía se agudizaba.

– No me encuentro bien -logró decir-. No sé… De repente, me ha entrado un dolor aquí.

– No puede ser por lo que has comido -dijo Susan-. Todos hemos comido lo mismo.

De pronto, Susan se quedó lívida. El sudor le perlaba la frente. Luego, sin que le diese tiempo a articular palabra, ladeó el cuerpo y vomitó sobre el suelo.

De pie junto a la puerta de la cocina del atestado restaurante, el joven ayudante del chef observaba el revuelo que se había organizado, al percatarse los clientes de que los cuatro de la mesa 11 se sentían tan alarmantemente indispuestos.

Sin inmutarse, el ayudante volvió a la enorme cocina y fue a llamar desde el teléfono público (reservado al personal eventual). Marcó un número escrito a mano en una ficha de 8 x 14 centímetros.

– Diga -le contestaron.

– Aquí Xia Wei Zen.

– Sí, dígame.

El ayudante leyó despacio las palabras escritas en la ficha.

– El trébol tiene cuatro hojas.

– Muy bien. Ya sabe donde tiene que ir cuando termine su turno. El hombre del coche negro le recogerá el vial vacío a cambio de lo que queda por pagarle.

El interlocutor del ayudante colgó sin más. Xia Wei Zen miró en derredor para asegurarse de que nadie se fijaba en él y luego volvió a su sitio. El trabajo no se le haría tan pesado en lo que faltaba para terminar su turno. Por lo pronto, le esperaba un buen montón de dinero y, además, habría muchos menos clientes durante lo que quedaba de noche.

* * *

La llamada se recibió en la sala de urgencias del hospital Good Samaritan a las 21.47. Cuatro pacientes, con prioridad dos, eran trasladados en ambulancia desde un restaurante chino que estaba a veinte manzanas de allí. El diagnóstico inicial era intoxicación aguda debida a alimentos en mal estado.

Prioridad dos significaba lesiones o enfermedad potencialmente grave, sin peligro inmediato para la vida del paciente.

En el hospital había el trajín habitual de los viernes por la noche. Las enfermeras y los médicos residentes llevaban ya tres horas de retraso en su trabajo rutinario. Las veinte salas de urgencias de que disponía el centro estaban llenas, al igual que la sala de espera. El aire olía a sudor, desinfectante y sangre. Por todas partes se percibía la enfermedad, el sufrimiento y el dolor (los lamentos, el llanto de los niños, la tos incontrolada).

– ¿Ha comido alguna vez en el Jade Dragón? -preguntó la enfermera que atendió la llamada de la ambulancia.

– Creo que sí -repuso la jefa de la planta.

– Pues la próxima vez quizá sea mejor que vaya a un italiano, ya que viene para acá una ambulancia con dos intoxicados, probablemente por alimentos en mal estado. Y nos traerán dos más en seguida: dos hombres y dos mujeres, cuarentones. Con vómitos. Los cuatro a la UVI.

– ¿Constantes vitales?

– De momento, normales, pero, según los de la ambulancia, ninguno tiene muy buen aspecto.

– Vaya manera de aguarles la fiesta a los cuatro.

– ¿Qué habitaciones les damos?

– ¿Es que hay alguna que no esté ocupada?

– Se podría dejar libre la siete, si el doctor Buenamuerte, o comoquiera que se llame, tiene a bien autorizarlo.

– Perfecto. Instalen a quien esté peor allí y a los demás en el pasillo. Les daremos habitación en cuanto podamos. Pídale que le firme también volantes para análisis de rutina y un electrocardiograma para los cuatro.

– Pe eme.

* * *

Ron Farrell gruñó de dolor al pasar su camilla al ascensor de urgencias para el traslado. Iba acostado en posición fetal. El dolor de estómago no remitía.

Jack Harmon -que enseguida se había sentido peor que Susan- había llegado en la ambulancia con Ron, que lo vio saludarlo con la mano desmayadamente, al conducirlos a ambos a través de las puertas automáticas hacia la atestada sección de ingresos, intensamente iluminada por los fluorescentes.

Los minutos siguientes transcurrieron entre un alud de preguntas, jeringuillas, espasmos de dolor y exploraciones por parte del personal médico.

A Ron lo condujeron a una pequeña habitación llena de estanterías con material clínico. Junto a una pared había una botella de oxígeno. El personal médico se dirigía a él con cortesía, aunque era evidente que todos estaban desbordados. Que Ron supiese, su médico de cabecera no pertenecía al cuadro del hospital Good Samaritan. No podía hacer nada, salvo aguardar a que le administrasen el calmante que le habían prometido.

– ¿Se encuentra mejor, verdad? -dijo un hombre con fuerte acento extranjero que Ron no pudo identificar.

Todavía en posición fetal, que era la que le resultaba menos incómoda, Ron parpadeó y alzó la vista. El hombre, que vestía uniforme azul, como casi todo el personal de urgencias, le sonrió. La lámpara del techo, eclipsada por su cabeza, formaba un brillante halo a su alrededor y le oscurecía el rostro.

– Soy el doctor Kozlansky -le dijo-. Parece que usted y los demás han sufrido una intoxicación por alimentos en mal estado.

– En ese condenado Jade Dragón. ¿Está bien mi esposa?

– Desde luego. Claro que sí. Está muy bien.

– Menos mal. Me duele muchísimo el estómago, doctor. ¿No podrían administrarme un calmante?

– Para eso precisamente estoy aquí -contestó Kozlansky.

– Maravilloso.

El médico cogió una jeringuilla medio llena de un líquido claro y la vació en el tubo intravenoso.

– Gracias, doctor-dijo Farrell.

– Quizá sea mejor que aguarde a darme las gracias hasta ver… qué efecto le hace.

– Muy bien. Como prefiera…

Farrell se quedó de pronto sin habla. Sintió un horrible vacío en el pecho. Y se percató de inmediato de que su corazón había dejado de latir.

Kozlansky siguió sonriéndole con benevolencia.

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