Junto a la puerta encontraron un tesoro que daría mucho que hacer a los científicos de Portón Down. Eran tubos pequeños de gas rotulados con las letras GA, GB y otros símbolos que McConnell no reconoció. Pegados a los tubos GB había tiras de cinta adhesiva con rótulos manuscritos : Sarin II; Sarin III; Tabun VII; Soman I, Soman IV. En el fondo del armario había un arcón de madera vacío semejante a un cajón para municiones, con ranuras de veinte centímetros de longitud, a la medida de los tubos metálicos. Probablemente era la caja que utilizaba Brandt para transportar muestras de gas a otras instalaciones.
Mientras McConnell la llenaba con muestras, Stern exploraba un anaquel más alto, del que retiraba una cantidad de artefactos pequeños. Entre ellos había una esfera metálica con un vástago en la tapa. El rótulo de cinta adhesiva indicaba Soman IV. Enseguida comprendió: era una granada experimental de gas neurotóxico.
Guardó tres en su talego.
McConnell encontró el diario principal de Brandt abierto sobre un escritorio. Aparentemente el sargento Sturm había evacuado a los químicos cuando desmantelaban el equipo para transportarlo. Habían abandonado todo tal como estaba, como una mesa puesta para la cena en una casa que se incendiaba. McConnell hojeó rápidamente el grueso cuaderno. Contenía inscripciones realizadas por distintas personas; muchas incluían fórmulas químicas, la mayoría de ellas basadas en fosfatos orgánicos. Cada inscripción terminaba con las iniciales de su autor. Muchas llevaban las iniciales K.B. McConnell guardó el cuaderno en el talego de Stern, tomó el cajón de las muestras e indicó a Stern que lo siguiera. Habían conseguido su objetivo.
Era el momento de huir.
-¡Rottenführer , mire el portón! -exclamó el comandante Schörner-. ¿Qué ve?
El joven cabo miró a través del parabrisas. Había avanzado el camión unos cincuenta metros durante el último minuto, pero no veía nada.
– Lo siento, Sturmbannführer.
– ¡Junto al portón, idiota! ¡Mire bien! Cruzando el camino.
El cabo siguió los haces de los faros del camión. Entonces vio -creyó ver- algo negro y brillante que se desplazaba contra el fondo oscuro.
– ¿Qué es eso, Sturmbannführer ?
Schörner se dio un puñetazo de furia impotente en la pierna.
– Comandos -dijo-. Con equipos químicos. Avance el camión, Rottenführer. Muy despacio.
Los faros del camión que avanzaba iluminaron por un instante a dos figuras que corrían agazapadas. Parecían estar envueltas en papel de aluminio negro.
Schörner dio un manotazo sobre el tablero:
– ¡Corren a la barca!
– ¿Qué debo hacer, Sturmbannführer ?
Schörner lo pensó un instante. La respuesta le hizo dudar un instante. Pero en ese momento otra idea le traspasó el corazón como un puñal. Si los comandos aliados habían liberado el Soman depositado en Totenhausen, Rachel Jansen estaba muerta. Los hombres de equipos negros no sólo habían destruido las instalaciones puestas bajo su protección, sino también asesinado a la única mujer que despertaba algún sentimiento en él después de la muerte del amor de su vida bajo las bombas británicas. Con la serena temeridad del hombre condenado a muerte, abrió la portezuela y salió de la cabina.
Respiró profundamente varias veces.
– ¿Todos bien? -preguntó a los hombres en la caja del camión.
– Una esquirla mató a Hofer, Sturmbannführer . Los demás estamos bien.
– A tierra todo el mundo.
Diez SS saltaron a tierra y formaron en hilera con los fusiles y las metralletas listos para disparar.
Schörner acomodó el parche de su ojo y se irguió.
– Hay dos comandos aliados en la orilla del río cerca de la barca. Tal vez sean más. La barca probablemente está cercada por hielo, pero puede haber gas tóxico entre ellos y nosotros. Bock y Fisher permanecerán aquí por si tratan de huir en un vehículo. Los demás avanzaremos hacia la barca a pie.
Schörner recorrió la hilera y miró sucesivamente a cada hombre a los ojos.
– Cinco hombres formarán una hilera delante de mí, a intervalos de diez metros. Dos hombres me flanquearán a veinte metros a cada lado y uno me seguirá a quince metros. Disparen contra cualquier cosa que se mueva. Si alguno cae debido al gas, los demás seguirán en la dirección contraria, sin dejar de disparar. ¿Entendido?
Varios rostros palidecieron al oír la palabra gas y todos se estremecieron al comprender que los usarían como alarmas antigás humanas. Pero las SS se habían creado para enfrentar precisamente esa clase de situaciones. Schörner se preguntó si la escoria del campo de concentración, como Sturm haría honor a la tradición del cuerpo. En todo caso, era escoria alemana. Sus ojos recorrieron la hilera una vez más.
– Señores, recuerden el juramento al Führer. "Te juro a ti y a los superiores que tú designes subordinación hasta la muerte, y que Dios me ayude. Heil Hitler!
Diez pares de borceguíes chocaron los tacos al unísono y diez brazos se alzaron rígidos hacia el frío cielo nocturno:
– Heil Hitler!
Las correderas chasquearon en la oscuridad. El pelotón formó según la orden de Schörner y se desplazó rápidamente hacia la barca.
Anna estuvo a punto de disparar su pistola cuando la figura enfundada en negro golpeó la ventanilla del Mercedes. Con la vista fija en los faros del camión, no había visto las dos sombras que cruzaron el camino. Reconoció el retazo de tartán atado al tubo de oxígeno en la espalda de McConnell, bajó del Mercedes y lo abrazó con fuerza.
Oyeron un rugido sordo, y la barca se estremeció en el agua. Anna miró sobre el techo del Mercedes. En la timonera, Stern había encendido el motor de la doble hélice a máxima potencia. La barca se puso en marcha y chocó contra la capa de hielo que cubría el canal. Anna y McConnell cayeron sobre la cubierta. Invirtió el giro de las hélices, retrocedió y avanzó nuevamente.
Nada.
La tercera vez, dejó que la barca chocara contra el muelle, y una parte de la rampa de acceso se rompió con un estruendo metálico. Puso marcha adelante, aceleró el motor, cerró los ojos y rezó. El crujido del hielo al romperse llenó sus oídos al tiempo que los primeros proyectiles atravesaban la timonera.
– ¡Más rápido! -vociferó Schörner-. Pusieron en marcha la barca.
El pelotón del comandante avanzaba paralelamente al río a la vez que disparaba hacia el muelle. Mientras los hombres disparaban hacia la posición que debía de ocupar la barca, Schörner mantenía su único ojo fijo en la hilera que lo precedía, alerta a cualquier señal de la presencia de gas. Pero al oír el rugido del motor, comprendió que había llegado el momento de jugarse el todo por el todo. A ochenta metros de distancia, la embarcación enfiló hacia el centro del río, ofreciendo un blanco perfecto contra la sábana blanca del hielo. Schörner abrió la boca para ordenar la carga hacia el muelle, pero advirtió que el hombre a su izquierda ya no estaba en su puesto.
– ¡Gas! -gritó-. ¡Todos a la derecha! Schnell !
Los hombres rompieron filas hacia el río, sin dejar de avanzar ni disparar a la barca. Schörner chocó contra la espalda del hombre que lo precedía y perdió el equilibrio. Se paró y dio un empellón furioso al soldado que vacilaba. El hombre se negó a dar un paso. Entonces comprendió. Treinta metros más adelante, dos hombres se retorcían en el suelo. La hilera de vanguardia había quedado reducida a tres hombres. Además, tenía al hombre del flanco derecho casi pegado a él en la orilla del río. Echó una mirada atrás: la retaguardia seguía de pie.
– ¡Cuerpo a tierra! ¡Fuego a discreción!
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