Barry Eisler - Sicario

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John Rain, de profesión asesino, está especializado en hacer trabajitos finos en los que sus víctimas parecen morir de forma natural. Aquel que le contrata sabe que es un hombre fiel a sus principios: trabaja en exclusiva; liquida únicamente al protagonista del juego, no a sus familiares, y no asesina a mujeres. Por eso, cuando tras finalizar un trabajo le piden wque se encargue de la hija del objetivo, empieza a sospechar que hay gato encerrado y decide investigar por qué quieren matar a Midori. La investigación le hará descubrir peligrosas conexiones entre el gobierno nipón y la yakuza, que comprometerán su anonimato y complicarán su vida.

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Caminamos en silencio varios minutos más.

– Rain-san, ¿qué ha estado haciendo en Japón todos estos años? Desde que nos vimos por última vez.

Con Tatsu era un error suponer que una pregunta como ésa era trivial. En alguna parte de mi conciencia se disparó una alarma.

– Nada nuevo -respondí-. El mismo trabajo de consultor de siempre.

– ¿En qué consistía?

– Ya sabe, ayudar a varias empresas americanas a encontrar el modo de importar sus productos a Japón. Evitar el papeleo, encontrar los mejores socios, cosas así.

– Parece interesante. ¿Qué clase de productos?

Tatsu debería de haber imaginado que necesitaría algo más que un par de preguntas sencillas para desmontar mi tapadera. El negocio de consultor, los clientes, están todos limpios, aunque no sean precisamente de los que salen en Fortune 500 .

– ¿Por qué no le echa un vistazo a mi página web? -le pregunté-. Hay un apartado con todas las referencias de los clientes.

Agitó la mano como para dar a entender que no dijera tonterías.

– Lo que me pregunto es qué está haciendo en Japón, por qué sigue aquí.

– ¿Qué más da, Tatsu?

– No lo entiendo y me gustaría entenderlo.

¿Qué podía contarle? «Necesitaba seguir en guerra. Un tiburón no puede dejar de nadar, o muere.»

Pero tuve que admitir que eso no era todo. A veces detesto vivir en Japón. Incluso después de veinticinco años sigo siendo alguien «de fuera», y me molesta que sea así. Y no sólo es mi profesión la que vive en las sombras, sino que también, a pesar de mis rasgos nipones y mi dominio del japonés, lo que de veras importa es que en mi interior soy medio gaijin . En una ocasión, una maestra cruel me dijo cuando era niño: «¿Qué sale cuando se mezcla agua limpia con agua sucia? Agua sucia». Transcurrieron varios años más de desdenes y rechazos antes de que entendiera de verdad qué quería decir: que tengo una mancha indeleble que las sombras ocultan pero no limpian.

– Lleva más de dos décadas aquí -añadió Tatsu con tacto-. Quizá haya llegado el momento de volver a casa.

«Lo sabe -pensé-, o está a punto.»

– Me pregunto dónde está mi casa.

– Si se queda, es posible que caigamos en la cuenta de que tenemos intereses opuestos -dijo con voz pausada.

– Pues no caigamos en la cuenta.

Le vi esbozar la sonrisa apesadumbrada.

– Podríamos intentarlo.

Seguimos caminando y entonces se me ocurrió algo. Me detuve y le miré.

– Quizá no haya acabado -anuncié.

– ¿A qué se refiere?

– Al disco. Tal vez podamos recuperarlo.

– ¿Cómo?

– No puede copiarse ni transmitirse por medios electrónicos. Y está codificado. Holtzer necesitará a un experto para descifrarlo. O lleva el disco a los expertos o los expertos vienen a él.

Pensó en ello apenas unos segundos antes de extraer el móvil. Marcó un número, se llevó la unidad a la oreja y esperó.

– Necesito una lista con el personal del Gobierno estadounidense de visita -dijo en un japonés cortante-. En especial el de la ASN o la CIA. Durante la semana que viene, sobre todo los próximos días. Ahora mismo. Sí, esperaré.

Los gobiernos de Japón y EEUU se declaran entre sí a los agentes secretos de altos vuelos como parte del tratado de seguridad y la cooperación de inteligencia general. Las probabilidades eran pocas, pero valía la pena intentarlo.

Además, conocía bien a Holtzer. Era un fanfarrón. Anunciaría el disco como el hallazgo informativo del siglo. Se aseguraría de entregarlo en mano para así llevarse todos los méritos.

Esperamos en silencio durante varios minutos.

– Sí, sí, sí. Entendido. Un momento -dijo finalmente.

Apoyó el móvil en el pecho.

– Un especialista en criptografía informática de la ASN, declarado al Gobierno japonés. Y el director de la CIA para Asuntos del Este Asiático. Ambos llegan esta noche a Narita procedentes de Washington. No creo que se trate de una coincidencia. Holtzer los habrá puesto en marcha en cuanto tuvo el disco en sus manos.

– ¿Adónde van? ¿A la embajada?

– Un momento. -Volvió a colocarse el móvil junto a la oreja-. Averigüe si han solicitado escolta diplomática y, si así fuera, dónde piensan ir. Esperaré.

Apoyó de nuevo el móvil en el pecho.

– El Keisatsucho recibe muchas peticiones de escoltas para el personal del Gobierno estadounidense -dijo-. Los del Gobierno no tienen presupuesto para costearse un sedán, así que nos usan con el pretexto de la seguridad diplomática. Ésta será la primera vez que esa costumbre no me moleste.

Se colocó el móvil junto a la oreja y esperó.

– Bien, bien -dijo al cabo de unos minutos-. Espere. -El móvil regresó al pecho-. Base naval de EEUU en Yokosuka. Jueves por la mañana, directo desde el Hilton del aeropuerto de Narita.

– Entonces ya le tenemos.

Su expresión era adusta.

– Exactamente, ¿cómo?

– Joder, paramos el coche de Holtzer, recuperamos el disco y, por lo que a mí respecta, le declaramos persona non grata .

– ¿Con qué pruebas, para ser exactos? Los abogados querrán saberlo.

– Coño, no lo sé. Dígales que fue una fuente anónima.

– Creo que no lo ha entendido. Lo que me ha contado no es una prueba. Son rumores.

– Por Dios, Tatsu -dije exasperado-, ¿cuándo se transformó en un maldito burócrata?

– No es una cuestión de burocracia -replicó en un tono cortante, por lo que deseé no haberme encolerizado-. Hay que usar las herramientas adecuadas para hacer el trabajo. Lo que sugiere no serviría de nada.

Me ruboricé. Tatsu siempre lograba que me sintiera como un gaijin torpe y paleto.

– Bueno, si no podemos seguir esa vía, ¿qué propone entonces?

– Puedo recuperar el disco y proteger a Midori, pero usted tendrá que participar.

– ¿Qué sugiere?

– Lo dispondré todo para que detengan el coche de Holtzer delante del complejo naval, quizá con el pretexto de inspeccionar los bajos en busca de explosivos. -Me miró con sequedad-. Quizá una llamada anónima nos avisaría de ello.

– Bien -dije.

Se encogió de hombros y recitó un número de teléfono que me apunté en la mano, cambiando el orden de los cuatro últimos números y restándole dos a cada uno de ellos.

– Por supuesto -dijo cuando hube acabado-, un oficial tendrá que pedir al conductor que baje la ventanilla para explicárselo.

Asentí, ya me imaginaba cuál era el plan.

– Éste es el número de mi busca -le dije mientras se lo daba-. Úselo para ponerse en contacto conmigo cuando haya obtenido información sobre los movimientos de Holtzer. Indique un número de teléfono y luego añada 5-5-5, así sabré que es usted. Necesitaré material… una aturdidora. -Las granadas aturdidoras son como suenan: nada de metralla, sólo mucho ruido y un fogonazo, por lo que en lugar de matar y mutilar, desorientan temporalmente. Las unidades antiterroristas las emplean para aturdir a los ocupantes de una sala antes de derribar la puerta y cargarse a los malos.

No hacía falta que le dijera para qué quería la aturdidora.

– ¿Cómo se la entrego?

– La fuente del parque Hibiya -repliqué improvisando-. Déjela caer en el lado que da a Hibiya-dori. Junto al borde, así. -Tracé un diagrama sobre la palma de mi mano para que lo entendiera mejor-. Avíseme por el busca cuando la deje allí para que no esté demasiado tiempo en un lugar inseguro.

– De acuerdo.

– Una cosa más -añadí.

– ¿Sí?

– Avise a los suyos. No quiero que me disparen por error.

– Haré todo lo posible.

– Haga lo imposible. Es mi culo el que está en juego.

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