Barry Eisler - Sicario

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John Rain, de profesión asesino, está especializado en hacer trabajitos finos en los que sus víctimas parecen morir de forma natural. Aquel que le contrata sabe que es un hombre fiel a sus principios: trabaja en exclusiva; liquida únicamente al protagonista del juego, no a sus familiares, y no asesina a mujeres. Por eso, cuando tras finalizar un trabajo le piden wque se encargue de la hija del objetivo, empieza a sospechar que hay gato encerrado y decide investigar por qué quieren matar a Midori. La investigación le hará descubrir peligrosas conexiones entre el gobierno nipón y la yakuza, que comprometerán su anonimato y complicarán su vida.

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Me miraba atentamente, sin duda viendo las mismas arrugas en mi rostro que yo en el suyo, y quizá algo más. Era la primera vez que Tatsu me veía desde que me hiciera la cirugía estética. Seguramente le sorprendió el hecho de que la edad parecía haber ocultado mis rasgos caucásicos. Me pregunté si sospecharía que mi cambio de aspecto se debía a algo más que al paso del tiempo.

– Rain-san, ittai , ¿qué ha hecho todo este tiempo? -preguntó sin dejar de mirarme-. ¿Sabe los problemas que tendría si alguien averiguase que me he reunido con usted sin detenerle? Es sospechoso de un doble asesinato, y una de las víctimas ocupaba un alto cargo en el PLD. Me presionan para que solucione el caso, ya lo sabe.

– Tatsu, ¿ni siquiera va a decirme que se alegra de verme? Tengo sentimientos.

Esbozó su típica sonrisa apesadumbrada.

– Ya sabe que me alegro de verle. Pero desearía que las circunstancias fueran otras.

– ¿Cómo están sus hijas?

Sonrió abiertamente y asintió con orgullo.

– Muy bien. Una es médico, la otra abogada. Por suerte, han heredado el cerebro de su madre, ne ?

– ¿Casadas?

– La mayor está prometida.

– Felicidades. Seguro que dentro de poco será abuelo.

– No en un futuro cercano -dijo al tiempo que la sonrisa desaparecía, y pensé, «no me gustaría nada ser el joven al que Tatsu pillara tonteando con una de sus hijas».

Regresamos por el centro comercial y pasamos junto a una reproducción perfecta de un castillo francés que parecía echar de menos su patria en aquel entorno.

Tras la charla trivial de turno, fui directo al grano.

– Toshi Yamaoto, dirigente de Convicción, le ha puesto precio a su cabeza, Tatsu.

Se detuvo y me miró.

– ¿Cómo lo sabe?

– Lo siento, no puedo desvelar nada al respecto.

Asintió.

– Su fuente debe de ser fidedigna o, de lo contrario, no me lo diría.

– Exacto.

Comenzamos a caminar de nuevo.

– Muchas personas querrían verme muerto, Rain-san. A veces me pregunto cómo he logrado seguir con vida tanto tiempo.

– Quizá le proteja un ángel de la guarda.

Se rió.

– Ojalá. De hecho, la explicación es más sencilla. Mi muerte pondría de manifiesto mi credibilidad. Mientras viva, se me puede tachar de estúpido, de ser alguien que persigue fantasmas.

– Mucho me temo que las circunstancias han cambiado.

Volvió a detenerse y me miró de hito en hito.

– No sabía que estuviera liado con Yamaoto.

– No lo estoy.

Asintió con la cabeza, y supe que acababa de añadir esa información al perfil del misterioso asesino.

Empezó a caminar de nuevo.

– Estaba diciendo que las circunstancias han cambiado.

– Hay un disco. Que yo sepa, contiene información sobre casos importantes de corrupción política. Yamaoto intenta conseguirlo.

Tatsu sabía algo del disco -había oído decir a Yamaoto por el micro que Tatsu era quien había enviado a sus hombres al apartamento de Midori-, pero no dijo nada.

– ¿Sabe algo al respecto, Tatsu? -pregunté.

Se encogió de hombros.

– Soy poli. Sé un poco de todo.

– Yamaoto cree que usted sabe mucho. Sabe que también quiere conseguir el disco. Le está costando recuperarlo, así que ha decidido eliminar los cabos sueltos.

– ¿Por qué le está costando recuperarlo?

– No sabe dónde está.

– ¿Y usted?

– No lo tengo.

– No le he preguntado eso.

– Tatsu, no se trata del disco. He venido para avisarle del peligro que corre. Quería advertirle.

– Pero el disco desaparecido es el motivo por el que corro peligro, ¿no? -dijo, adoptando una expresión inocente y perpleja que habría engañado a alguien que no le conociera-. Disco encontrado, peligro eliminado.

– El método inakamono no es necesario -dije, dándole a entender que sabía que no era un paleto-. Le diré que la persona que tiene el disco cuenta con los medios necesarios para publicar el contenido. Eso debería eliminar el peligro, como ha dicho.

Se detuvo y me aferró el brazo.

Masaka , dígame que no le dio el puto disco a Bulfinch.

Varias alarmas comenzaron a sonar simultáneamente en mi interior.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque ayer asesinaron a Franklin Bulfinch en Akasaka Mitsuke, frente al Akasaka Tokyu Hotel.

– ¡Joder! -exclamé perdiendo el control momentáneamente.

Komatta -blasfemó de nuevo-. Se lo dio, ¿no es así?

– Sí.

– ¡Maldita sea! ¿Lo llevaba consigo cuando le asesinaron?

Frente al Akasaka Tokyu, apenas a cien metros de donde se lo di.

– ¿A qué hora ocurrió? -pregunté.

– A primera hora de la tarde. A eso de las dos en punto. ¿Lo llevaba consigo?

– Seguramente -repliqué.

Tatsu hundió los hombros, y supe que no estaba haciendo teatro.

– Maldita sea, Tatsu. ¿Cómo sabe lo del disco?

Se produjo un largo silencio antes de que respondiera.

– Porque se suponía que Kawamura debía entregármelo.

Arqueé las cejas, sorprendido.

– Sí -prosiguió-, llevaba bastante tiempo camelándome a Kawamura. Le había convencido para que facilitase la información que ahora está en el disco. Parece que, al final, todo el mundo confía más en un periodista que en un poli. Kawamura decidió entregar el disco a Bulfinch.

– ¿Cómo lo sabe?

– Kawamura me llamó la mañana que murió.

– ¿Qué dijo?

Me miró con cara de póquer.

– «A la mierda. Le daré el disco a los medios occidentales.» Fue por mi culpa, la verdad. Mi entusiasmo era tal que le presioné demasiado. Estoy seguro de que eso le resultó desagradable.

– ¿Cómo sabe que era Bulfinch?

– Si quisiera entregar esa clase de información a alguien de «los medios occidentales», ¿a quién acudiría? A Bulfinch se le conoce por sus artículos sobre la corrupción. Pero no estuve seguro hasta esta mañana, cuando supe que le habían asesinado. Y ahora sí que no me cabe la menor duda.

– ¿Ése es el motivo por el que ha estado siguiendo a Midori?

– Por supuesto. -Tatsu suele decir «por supuesto» con tal sequedad que parece poner en evidencia la falta de agudeza de su interlocutor-. Kawamura murió poco después de llamarme, por lo que es probable que no entregara el disco a «los medios occidentales» como había planeado. Su hija se quedó con sus cosas. Era el objetivo lógico.

– Por eso investigaba el allanamiento del apartamento de su padre.

Me miró con desaprobación.

– Mis hombres fueron los que entraron en su casa. Buscábamos el disco.

– Dos oportunidades para encontrarlo: el allanamiento y luego la investigación -dije, admirando su eficacia-. Muy oportuno.

– No lo suficiente. No lo encontramos. Por eso comenzamos a centrarnos en la hija.

– Usted y todo el mundo.

– Rain-san -dijo-, hice que un hombre la siguiera en Omotesando. Sufrió un accidente inverosímil en el baño de un bar de la zona. Se rompió el cuello.

Por Dios, era un hombre de Tatsu. Así que quizá Benny hubiera hablado en serio al decir que me daba cuarenta y ocho horas para aceptar la misión de Midori. Aunque ahora daba igual.

– ¿De veras? -repliqué.

– Esa misma noche aposté a varios hombres en el apartamento de la hija. A pesar de que iban armados, un solo hombre les tendió una emboscada y les redujo.

– Vergonzoso -comenté, esperando que añadiera algo más.

Sacó un cigarrillo, lo observó durante unos instantes, luego se lo colocó entre los labios y lo encendió.

– Muy académico -dijo mientras exhalaba una nube de humo gris-. Se acabó. Ahora la CIA tiene el disco.

– ¿Por qué lo dice? ¿Qué hay de Yamaoto?

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