John Katzenbach - El profesor

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Adrian Thomas es un profesor universitario retirado, al que acaban de diagnosticarle una demencia degenerativa que lo llevará pronto a la muerte. Ha dedicado toda su vida a estudiar los procesos de la mente y a transmitir a sus alumnos todo su conocimiento. Ahora, jubilado, viudo y enfermo cree que lo mejor que puede hacer es quitarse la vida. Pero al salir del consultorio del médico es testigo involuntario del secuestro de Jennifer Riggins, una conflictiva adolescente de dieciséis años con un largo historial de huidas, que desaparece sin dejar rastro dentro de una camioneta conducida por una mujer rubia. El profesor Thomas se debate entre poner fin a su vida y ser útil una última vez antes de morir. Decide ayudar a encontrar a Jennifer, intentar darle la oportunidad de vivir su joven vida. Para eso debe sumergirse en el oscuro mundo de la pornografía en Internet, un mundo perverso y criminal donde todo su saber académico se pone en juego, y donde debe utilizar los pocos momentos de lucidez para avanzar en una investigación para la que hay muy poco tiempo?

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Otra vez echó un vistazo al monitor primero, y luego dejó que sus ojos permanecieran sobre Linda. Cuando diseñaron las primeras ideas que habían conducido a Serie # 1, él se había sumergido en el mundo del cautiverio. No había trabajo escrito sobre el síndrome de Estocolmo que no hubiera leído. Había devorado las memorias de los prisioneros de guerra y obtenido informes militares desclasificados en los que se describía la vida en el Hanoi Hilton, el centro de torturas del Vietcong llamado así irónicamente por los prisioneros. Incluso se las había arreglado para obtener algunos de los manuales de interrogatorio y evaluación de riesgos de la unidad de operaciones psicológicas de la CÍA para objetivos de alto valor. Había leído los relatos de los carceleros y las biografías de los hombres a quienes habían mantenido encarcelados. Conocía la verdad sobre el Birdman de Alcatraz y podría haberle explicado a cualquier profesor de historia del cine minuciosamente hasta qué punto la famosa actuación de Burt Lancaster se había apartado de la realidad.

Pensaba que sabía tanto sobre la privación de libertad como cualquier experto. Este seguro conocimiento de sí mismo siempre lo hacía sonreír. La diferencia entre él y los profesionales era que ellos buscaban información, o querían infligir dolor, o simplemente necesitaban medir el paso del tiempo. Linda y él estaban haciendo arte. Eran únicos.

Ella se movió otra vez y él se levantó tranquilamente para dirigirse al baño. Se dijo a sí mismo que una ducha lo renovaría. Necesitaba estar alerta para el próximo momento dramático con la Número 4.

Había un espejo pequeño encima del lavabo y se tomó un segundo para mirarse en él. Flexionó sus músculos fibrosos y pensó que parecía delgado como un asceta, como un monje, o tal vez tan en forma como un corredor. Se apartó los mechones de pelo que le caían sobre la cara y pasó los dedos por su barba descuidada. Tenía dedos largos que alguna vez pensó que serían adecuados para bailar por el teclado de un piano. Ahora la música que hacían se tocaba sobre las teclas del ordenador. Se echó un poco de agua en la cara. Le pareció que estaba un poco pálido. Pensó que él y Linda tenían que salir un poco más, no mantenerse tanto tiempo encerrados. O tal vez después de que terminara Serie # 4 debían ir al sur para descansar un poco y disfrutar. Tal vez a algún sitio cálido, húmedo y tropical como Costa Rica, o quizá uno exótico como Tahití.

Tendrían dinero más que suficiente para cualquier extravagancia de lujo que desearan. Serie # 4 era, de lejos, la que más éxito había tenido hasta ese momento. Todavía había abonados que entraban al sistema con nuevos números de tarjeta de crédito, enviando fondos electrónicamente. Recordó que tenía que hacer una actualización para que los espectadores más nuevos estuvieran tan al día como los que habían estado desde el comienzo. Michael decidió afeitarse, y abrió al máximo el agua caliente, cubriendo casi instantáneamente el espejo de vapor. Se enjabonó la cara con crema de afeitar; estaba preparado, con la maquinilla de afeitar en la mano.

– ¡Es hora de comenzar la función! -susurró con confianza.

* * *

Como antes, Jennifer no estaba segura de si todavía estaba soñando o si ya se había despertado. Detrás de la cortina negra que cubría sus ojos podía percibir que las cosas estaban empezando a deslizarse, como si nada estuviera unido y fijo en todo el mundo, la gravedad había disminuido, y todo estaba suelto y desconectado. No sabía si era de día o de noche, si era por la mañana o por la tarde. No recordaba cuántos días llevaba cautiva. El tiempo, la posición, quién era ella, todo se desmoronaba minuto a minuto. Dormir no significaba descanso. La comida que le llevaba la mujer de manera azarosa no aplacaba su hambre. Beber no reducía su sed. Permanecía sepultada detrás de la venda, encadenada a una pared.

Sus dedos se cerraron por millonésima vez sobre el Señor Pielmarrón. Las puntas de sus dedos sintieron cosquillas al tocar el gastado oso sintético. Se preguntaba por qué le permitían conservarlo. Se daba cuenta de que no podía ser para ayudarla. Tenía que estar ayudándolos a ellos y por un segundo se preguntó si debía lanzar el juguete familiar al vacío, donde nunca más volvería a encontrarlo. Sería un desafío. Sería un acto que demostraría a la pareja que ella no iba a quedarse quieta y dejarles hacer con ella lo que pensaban.

Apretó con fuerza su mano alrededor de la cintura del animalito de peluche y sintió que sus músculos se ponían tensos, como un jugador de béisbol que se prepara a lanzar una pelota al bateador. ¡No lo hagas!, se dijo de pronto a sí misma con un grito. Prestó atención esperando el eco, pero no escuchó nada.

Se llevó el oso hasta el pecho y lo acarició, pasando sus dedos por la espalda del juguete.

– Lo siento -susurró en voz alta-. No quería decir eso. No sé por qué me dejaron encontrarte, pero lo hicieron, así que ahora estamos juntos en esto. Como siempre.

Jennifer giró la cabeza hacia un lado, como si esperara escuchar la puerta o el grito del bebé llorando otra vez, pero no hubo nada. Lo único que pudo escuchar fue el latido de su corazón, e imaginó que estaba compartiendo eso con el juguete. El hecho de escuchar su propia voz hizo que se sintiera un poco mejor, aun cuando ésta se desvaneció rápidamente. Eso sirvió para recordarle que todavía podía hablar, lo cual quería decir que seguía siendo quien era; aunque fuera poco, era importante.

Casi empezó a reírse. Habían sido muchas las noches en las que ella había estado echada en su cama, en su casa, con las luces de su habitación apagadas, envuelta por la noche, hecha un ovillo con el Señor Pielmarrón, dejando caer todos sus dolores y lágrimas sobre el peluche, como si sólo él en todo el mundo comprendiera lo que ella estaba sufriendo. Fueron muchas conversaciones, a lo largo de muchos años, sobre muchos problemas. El había estado allí para ella todo el tiempo, desde el primer instante en que había roto el papel brillante del paquete de cumpleaños que su padre había preparado con cierta torpeza para envolver el juguete. Él ya estaba muy enfermo y fue lo último que había podido regalarle antes de ir al hospital. Le regaló un juguete y luego murió; odiaba a su madre porque no había podido hacer nada contra el cáncer que lo asesinó.

Jennifer respiró hondo y acarició al oso. Tal vez son asesinos, especuló con dureza, como si pudiera hacer pasar las palabras de su cabeza directamente al osito de peluche, pero no son cáncer. Se dijo que eso era lo único en el mundo a lo que realmente le tenía miedo: cáncer. Otro suspiro hondo y se movió en la cama.

– Tenemos que poder ver -susurró Jennifer en la oreja gastada del oso-. Tenemos que ver dónde estamos. Si no podemos ver, bien podríamos estar muertos.

Vaciló. Probablemente estas palabras la pusieron nerviosa porque eran verdad.

– Tú mira con atención este sitio -continuó en voz muy baja-. Memoriza todo y podrás decírmelo después. -Sabía que esto era una tontería, pero eso no le impidió girar la cabeza del oso de un lado a otro para que las pequeñas cuentas de vidrio que eran sus ojos pudieran examinar el lugar donde la mantenían cautiva. Era algo estúpido e infantil, pero le hizo sentirse mucho mejor y un poco más fuerte, de modo que cuando escuchó el ruido de la puerta que se abría, no se puso tensa tan rápidamente, ni su respiración se hizo áspera. En cambio se volvió hacia el ruido, esperando que fuera algo tan rutinario como una comida o una bebida, pero nerviosa porque también podía anunciar algo peor.

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