– Todavía ando dándole vueltas -contestó West. Tenía una barba gris y el pelo largo y canoso. Se había dejado la barba cuando Fink le dijo que parecía una vieja con tanto pelo.
– ¿No deberías estar en el New Yorka o como se llame? -preguntó Fink. Se refería a la cafetería de ambiente íntimo de la línea District, en la esquina más allá de Crisfield-. Ahí están siempre los tíos de tu cuerda, dándole a la tecla en sus portátiles con su cafetito delante.
– Y con sus boinas -apuntó Bonano.
– Ésos tíos no escriben nada -replicó West-. Están ahí haciendo el canelo.
– No como tú -le pinchó Holiday.
Hablaron del nuevo chico que Gibbs había seleccionado como quarterback. Comentaron a cuál de las Mujeres Desesperadas les gustaría follarse, las razones por las que echarían a las otras de la cama y el Chrysler 300. A Bonano le gustaba su línea, pero se le antojaba «muy de negrata» con aquellas llantas, no encontraba mejor manera de definirlas. Aun así, miró alrededor al decirlo. Por la noche los parroquianos del bar eran casi todos negros, como los empleados. Por las tardes solían estar ellos solos: cuatro blancos alcohólicos y maduritos sin ningún otro sitio al que ir.
El tema del coche les llevó a una charla sobre delincuencia, y todos giraron la cabeza hacia Holiday, que conocía el tema de primera mano.
– La cosa está mejorando -aseguró Fink-. El índice de asesinatos es la mitad que hace diez años.
– Porque han metido a casi todos los cabrones en el trullo -explicó Bonano.
– Los criminales violentos se han largado a P.G. County, eso es lo que pasa -objetó Fink-. Este año tienen allí más homicidios que en Washington D.C. Y eso por no mencionar violaciones y otros delitos sexuales.
– No es ningún misterio -terció West-. Los blancos y los negros con dinero vuelven a la ciudad y echan a los negros pobres a P.G. Joder, las zonas esas entre Beltway y Southern Avenue: Capítol Heights, District Heights, Hillcrest Heights…
– Heights, «cumbres» -tradujo Bonano, moviendo la cabeza-. Manda huevos, como si tuvieran castillos en las montañas. Joder. Por no hablar de Suitland. Menuda mierda.
– Es como Southeast hace diez años -dijo Fink.
– Es la cultura -replicó Bonano-. ¿Cómo coño se cambia eso?
– Ward 9 -apuntó Fink. Se había convertido en el otro nombre afectuoso o peyorativo, del suburbio de Prince George, P.G., dependiendo de quién lo dijera. Significaba que el distrito era igual de malo que las zonas orientales de D.C, de población negra y de gran actividad criminal.
– ¿Y qué esperabas? -dijo West-. La pobreza es violencia.
– ¿De verdad, Hillary? -replicó Bonano.
– Nadie respeta ya la ley -aseveró Holiday con voz queda. Se quedó mirando su copa, agitó los hielos y apuró el contenido. Luego cogió el tabaco y el móvil de la barra y se levantó.
– ¿Adónde vas? -preguntó Fink.
– A trabajar. Tengo que ir al aeropuerto.
– Tómatelo con calma, Doc -se despidió Bonano.
– Adiós.
Holiday salió a la luz cegadora de la calle. Llevaba el uniforme: traje negro con camisa blanca. En cuanto a la gorra, la había dejado en el coche.
Los detectives Ramone y Green recorrían el pasillo central de las oficinas de la VCB, una nave sin ventanas con varios cubículos y mesas más o menos alineadas, el cuartel general de docenas de detectives con casos de asesinato y, como algunos decían, casos de víctimas que aún no habían muerto pero estaban bien jodidas. Mientras avanzaban, los pocos detectives que estaban en la oficina les lanzaron algunas felicitaciones y alguna broma a expensas de Ramone. Los comentarios aludían al hecho de que Green había hecho el trabajo sucio y Ramone se llevaría el mérito de cerrar el caso. A Ramone no le importaba. Todo el mundo tiene sus puntos fuertes, y el de Green eran los interrogatorios. Se alegraba de haber contado con su ayuda. Cualquier cosa para llegar a buen puerto. De hecho, el asunto había ido rodado en todos los aspectos desde el principio.
El día anterior Ramone estaba de turno cuando el administrador de un bloque de apartamentos llamó para denunciar que había encontrado un cadáver en el umbral de uno de los pisos. Encargaron el caso a Ramone. Rhonda Willis, lo más parecido a una compañera que había tenido jamás, le ayudaría.
Los agentes de patrulla y un teniente del Distrito Siete esperaban en la calle cuando llegaron Gus Ramone y Rhonda Willis. El escenario del crimen era un apartamento de la tercera planta de un edificio de Cedar Street, Southeast, uno de varios bloques de pisos-caja que corrían a ambos lados de una corta manzana que empezaba en la calle Catorce y terminaba en un patio.
Varias horas más tarde, cuando se llevaron el cadáver, Ramone y Willis se quedaron en el salón del piso, bastante callados, comunicándose más que nada con los ojos. Una pareja de agentes de uniforme montaba guardia en la puerta, en una escalera que olía ligeramente a humo de marihuana y fritanga. Mientras los técnicos y el fotógrafo trabajaban en silencio y con diligencia, Ramone miraba la mesa de comedor en una zona del salón, junto a la puerta de la cocina.
Lo que más le interesó fue la bolsa del supermercado, de la que se habían volcado sobre la mesa varios artículos, incluso los alimentos perecederos, lo cual significaba que la víctima acababa de llegar de la compra y no había tenido tiempo de meter la leche, el queso y el pollo en la nevera. La apuñalaron cerca de la mesa, calculó, puesto que había gotas de sangre en la alfombra marrón y un rastro que llevaba hasta la puerta. Luego mucha sangre en la alfombra junto a la puerta. Probablemente había acudido allí a pedir ayuda antes de desplomarse.
La compra también le llamó la atención en otro aspecto. Además de los alimentos básicos había varias golosinas: natillas, regaliz de colores, barritas de crema de cacahuete, Choco Krispies. Vale, no era una madre muy preocupada por la nutrición. Era una de esas madres que se gastan el dinero en dar gusto a sus hijos.
A Ramone le recordó a su mujer, Regina, que jamás volvía de la compra sin chucherías para su hijo Diego, aunque el chico era ya adolescente, y su hija Alana, de siete años. Le reprochaba sobre todo su manera de mimar a Diego: se dejaba tomar el pelo, no podía estar enfadada con él más de unos minutos, y siempre le concedía todos sus caprichos. Bueno, si lo peor que puedes decir de tu mujer es que quiere demasiado a tus hijos, tampoco es para quejarte.
A los hijos de la víctima los había recogido su tía del colegio para llevarlos a casa. A Diego todavía iba a buscarle al instituto casi siempre su devota madre, a pesar de que Ramone le tenía advertido que lo iba a convertir en un blando.
Menos mal que los hijos de la víctima no habían visto muerta a su madre. Había recibido múltiples puñaladas en la cara, los pechos y el cuello. La inmensa cantidad de sangre provenía de la yugular. Las heridas de defensa se manifestaban en varios cortes en los dedos y una cuchillada limpia en la palma de la mano. Había vaciado los intestinos, y los excrementos manchaban de marrón su uniforme blanco.
Ramone y Willis recorrieron el apartamento, procurando no molestar a los técnicos del laboratorio móvil. Aunque todavía tenían que comparar sus observaciones, ambos habían llegado a similares conclusiones. La víctima conocía a su asaltante, puesto que no había señales de que hubieran forzado la entrada. El apuñalamiento se produjo a unos seis metros dentro de la casa, junto a la mesa. La víctima había dejado pasar al asesino. El asesinato no estaba relacionado con las drogas, ni habían querido eliminar a un testigo, ni era una venganza entre bandas rivales. Las puñaladas solían ser casi siempre un asunto personal, muy raramente tenían que ver con el bisnes.
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