George Pelecanos - El Jardinero Nocturno

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La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…

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– Ya me lo has dicho -dijo Ramone por tercera vez.

– Vale, pero escucha. La semana pasada estábamos en un bar, el Constable, en la Octava…

– Lo conozco. -Ramone había ido al Constable muchas veces antes de ingresar en la policía, en el año que él consideraba «de transición». Allí podías pillarle coca al camarero, oír música en vivo, los Tiny Desk Unit o los Insect Surfers o quien fuera, o sentarte bajo las estrellas en el patio, beber birra, pillar algún cigarrito de la risa y charlar con las chicas, en aquellos tiempos en que todas llevaban maquillaje a saco y medias de malla. Eso fue después de su cuarto y último semestre en Maryland, cuando asistió a las clases de Criminología y pensó que ya no necesitaba tanto rollo académico, que se podía tirar ya a la piscina. Pero antes de entrar en el cuerpo se dedicó a rondar por los bares, a fumar hierba y meterse algo de perico, a perseguir a las chicas de las medias de malla. La sensación que tenía entonces era de ir dando tumbos. Pero esa noche, con el uniforme, la placa y la pistola, junto a un tipo del que se habría burlado unos años atrás y que ahora era su compañero, la sensación que le producían aquellos recuerdos era de libertad.

– … y va y me suelta la bomba. Me dice que le gusto y todas esas chorradas, pero que también está saliendo con uno de los Redskins.

– ¿Joe Jacoby? -preguntó Ramone, mirándole de reojo.

– No, esa bestia no. -Entonces, ¿quién?

– Un receptor. Y no es Donnie Warren, no sé si me entiendes.

– Me estás diciendo que sale con un receptor negro.

– Con uno de ellos. Y ya sabes cómo les molan las blancas.

– Y a quién no -replicó Ramone.

Sobre el crepitar de las radios de los coches oyeron la voz de Cook. Le pedía a uno de sus hombres que mantuviera apartado del cadáver al periodista del Canal 4, que intentaba colarse bajo la cinta policial.

– Es el que consiguió que mataran a aquella testigo en Congress Park -comentó Cook lo bastante alto como para que el reportero lo oyera-. Al cabrón no se le ocurre otra cosa que soltar en directo que una joven estaba a punto de testificar…

– La verdad es que la tía me dejó mosqueado -prosiguió Holiday, mirando a Cook pero centrado en su historia.

– Porque es negro.

– Para qué te voy a mentir. No se me iba de la cabeza que se habían enrollado. Cuando estaba en la cama con ella, quiero decir.

– ¿Por qué? ¿Es que te entró complejo o algo?

– Nos ha jodido. Un jugador de fútbol profesional, un negrata… -Holiday se puso la mano a treinta centímetros de la entrepierna-. Fijo que la tiene así.

– Es un requerimiento para entrar en la liga.

– ¿Eh?

– También les miran los dientes.

– Joder, yo soy un tío normal. Ahí abajo, digo. A ver, no te equivoques, cuando se pone dura es un pedazo de tranca, pero así en frío…

– ¿Adónde quieres llegar?

– Pues nada, que supongo que ahora que sé que la chica ha estado colgada del rabo de ese tío, ya no me hace gracia.

– Y entonces, ¿qué? ¿La vas a dejar?

– No, con el pedazo de culo que tiene no pensaba dejarla. Ni hablar.

Una mujer había atravesado la cinta policial mientras ellos charlaban, y en cuanto se acercó al cuerpo de la niña vomitó profusamente en el césped. El sargento Cook se quitó el sombrero, pasó un dedo por el ala y respiró hondo. Volvió a ponerse el Stetson en la cabeza, se lo colocó bien y escrutó con la vista el perímetro del lugar. Luego se volvió hacia el hombre que tenía al lado, un detective blanco llamado Chip Rogers, y señaló a Ramone y a Holiday.

– Dile a esos blanquitos que hagan su trabajo. Aquí la gente vomitando y jodiéndome la escena del crimen… Si no pueden mantener a raya al personal, me buscas a alguien que pueda. Y no es coña.

Ramone y Holiday se plantaron de inmediato junto a la cinta asumiendo una pose autoritaria. Holiday abrió las piernas y enganchó los pulgares en el cinturón, sin inmutarse por las palabras de Cook. Ramone tensó la mandíbula, como furioso porque le hubieran llamado «blanquito». Lo había oído de vez en cuando, habiéndose criado fuera de D.C., y muchas veces cuando jugaba al béisbol y al baloncesto en la ciudad. Y no le gustaba. Sabía que lo decían con ánimo de joder y que se suponía que se lo tenía que tragar, y eso todavía le molestaba más.

– ¿Y tú? -preguntó Holiday.

– ¿Yo qué?

– Que si has estado pillando o qué.

Ramone no contestó. Le tenía echado el ojo a una mujer en concreto, una policía, que Dios le ayudara. Pero había aprendido a no dejar que Holiday se inmiscuyera en su vida personal.

– Venga, hermano -insistió Holiday-. Yo te he enseñado el mío, ahora te toca enseñarme el tuyo. ¿Tienes puesta la mira en alguien?

– En tu hermana pequeña.

Holiday abrió la boca. Sus ojos llamearon.

– Mi hermana murió de leucemia cuando tenía once años, hijo de puta.

Ramone apartó la vista. Por un momento sólo se oyeron los siseos y chirridos de las radios de policía y los murmullos de conversación entre los espectadores. Hasta que Holiday lanzó una carcajada y le dio un palmetazo en la espalda.

– Que te estoy tomando el pelo, Giuseppe. ¡Ay, Dios, cómo te lo has tragado!

La descripción de la víctima se había cotejado con una lista de adolescentes desaparecidos en la zona. Media hora más tarde llegó un hombre para identificarla. En cuanto miró el cadáver, el angustiado aullido de un padre llenó la noche.

La víctima se llamaba Eve Drake. En el pasado año habían asesinado a otros dos adolescentes negros, ambos residentes de las zonas más pobres de la ciudad, y ambos descubiertos de manera similar en jardines comunitarios, poco antes del amanecer. Los dos habían recibido un tiro en la cabeza y tenían restos de semen en el recto. Se llamaban Otto Williams y Ava Simmons. Igual que con Otto y Ava, el nombre de pila de Drake, Eve, se escribía igual al derecho que al revés. La prensa había establecido la relación y había titulado los casos como «los Asesinatos Palíndromos». Dentro del departamento, algunos comenzaban a referirse al asesino como el Jardinero Nocturno.

Al otro lado de la ciudad, al mismo tiempo que un padre lloraba sobre el cadáver de su hija, otros jóvenes de Washington veían en sus casas Corrupci ó n en Miami, y se metían rayas de coca contemplando las andanzas de dos policías infiltrados en el mundo del narcotráfico. Otros leían best sellers de Tom Clancy, John Jakes, Stephen King y Peter Straub, o charlaban en bares de las menguantes posibilidades que tenían los Washington Redskins de llegar a la final liderados por Jay Schroeder. Otros veían cintas de vídeo, Superdetective en Hollywood y C ó digo de silencio, las más populares esa semana en Erol's Video Club, o apenas sudaban con el En forma de Jane Fonda, o habían salido al cine a ver la nueva película de Michael J. Fox en el Circle Avalon, o Cal í gula en Georgetown. Mr. Mister y Midge Ure estaban en la ciudad, tocando por los clubes.

Y mientras los de la generación Reagan se entretenían al oeste de Rock Creek Park y en las zonas residenciales, detectives y técnicos trabajaban en el escenario del crimen entre la calle Treinta y tres y E, en el barrio de Greenway, en Southeast D.C. No podían saber que ésa sería la última víctima del Asesino Palíndromo. De momento sólo se trataba de una adolescente muerta más, uno de tres casos sin resolver, y alguien ahí fuera, en alguna parte, perpetraba los asesinatos.

Una noche fría y lluviosa de diciembre de 1985, dos jóvenes policías uniformados y un detective de Homicidios, de mediana edad, estaban en la escena del crimen.

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