Después de un rato, se decidió a acercarse al muro que separaba el puerto de una avenida arbolada. Al otro lado de aquella carretera se encontraba el Parque de Málaga, una confusa maraña de senderos y pequeñas parcelas llenas de bulliciosa vegetación. Lo que en otro tiempo resultaba una visión pacífica y agradable, era ahora una promesa de muerte: sus mil rincones sumidos en penumbra podían ser el cubil perfecto de atroces emboscadas. En silencio, agradeció que su plan para volver a casa no pasase por allí. No atravesaría la ciudad, algo de todas formas completamente imposible, pues sus calles eran un hervidero de zombis y vehículos abandonados atascando las calles. Eso provocaba que cualquier desplazamiento resultase una epopeya de proporciones bíblicas, un viaje a través del infierno que sólo podía acabar en tragedia.
Mientras se acercaba con paso deliberadamente lento hacia el muro exterior, reflexionó sobre cómo habían resuelto el problema de transitar de un lado a otro. No recordaba quién tuvo la idea, o cuándo empezaron a hacerlo, pero se servían de la enmarañada red de túneles subterráneos que constituían las alcantarillas para moverse de forma segura. Eran más que una compleja suerte de galerías que recorrían el subsuelo de la ciudad, eran un pasaporte prácticamente seguro porque los zombis habían demostrado tener una coordinación psicomotriz más que pobre. Eran simplemente incapaces de ascender o bajar por una escalera de mano, y mucho menos por los mínimos enganches metálicos que tan a menudo encontraban en los colectores de la ciudad. Allí abajo la luz era insuficiente y olía a cien mil demonios, pero no había podredumbre en el mundo que justificase no usar esa afortunada vía alternativa.
Cuando Dozer llegó hasta el muro que protegía el recinto del puerto, sin embargo, se encontró con una escena que, aunque no inesperada del todo, le hizo esbozar una mueca. Las figuras errantes y taciturnas de los caminantes llenaban la calle; vagaban, con ese aire ausente y ensimismado, hacia un lado y hacia otro. El que estaba más próximo tenía una suerte de pelo ralo y enmarañado que crecía en una piel negruzca y cuarteada. Dozer supuso que, en algún momento de su periplo como muerto viviente, su cabello debió arder como una tea. El que estaba al lado tenía los brazos retraídos sobre el cuerpo, donde abrazaba con furiosa resolución un objeto inidentificable.
¿ Un osito?, ¿un trapo?, ¿otra cosa ?
Dozer chasqueó la lengua. De haber tenido su fusil, la escena no le hubiera preocupado en demasía, pero si no se movía con la suficiente rapidez, aquellas cosas muertas repararían en él y se reactivarían, como si una mano invisible hubiera agitado una bandera en señal de luz verde. Lo había visto tantas veces… saldrían de su ensimismamiento para concentrar en él sus miradas furiosas, y se pondrían en marcha con el ímpetu ciego de un toro de lidia.
Llegado a ese punto, flexionó las rodillas para mantenerse tan oculto como fuera posible. No quería que alguno de ellos le descubriera mientras localizaba su objetivo: una tapa viable. Mientras lo hacía, inconscientemente, su mente escoró hacia los primeros días de la pandemia, cuando discutían sobre la viabilidad de los túneles colectores, y con dolor todavía palpitante, Dozer recordó las palabras de su amigo Uriguen:
– Las tapas de alcantarilla -decía- son algo que pasa desapercibido en el quehacer diario de cualquier persona de a pie, pero en un mundo sumido en el terror de los muertos vivientes, adquieren una nueva dimensión.
– ¿La dimensión desconocida? -bromeaba Susana.
– Escuchad, pimpollos, que os va la vida en ello -insistía Uriguen-. En primer lugar, desechad las tapas cuadradas. No queremos tapas cuadradas, porque suelen conducir a agujeros de unos veinte centímetros con conexiones eléctricas o de otro tipo. Las practicables son las redondas.
– ¿Y eso atiende a alguna razón? -quería saber Susana.
– Naturalmente -resolvía Uriguen, con aire de suficiencia-. El motivo de su forma atiende a una sencilla cuestión geométrica; si fuesen cuadradas, al ser la diagonal más larga que el lado, la tapa podría colarse por el agujero y ésta caería dentro. Al ser circulares, es imposible que la tapa se caiga por el agujero. Por eso, las que son practicables, son siempre redondas.
– ¡Vaya! -exclamaba José, asintiendo pensativamente.
– Y otra cosa -decía Uriguen en el recuerdo brumoso de su pensamiento inconsciente-: las tapas que van montadas sobre el asfalto suelen ser más pesadas y resistentes que las de las aceras, por lo que en un momento de aprieto, pasad de ellas. Están hechas así para soportar el peso de los vehículos.
Y por último, con el recuerdo desvaneciéndose de su cadena de pensamientos como un jirón de niebla que se deshace, Susana reía de buena gana diciendo:
– Desde luego, ¡la Pandemia Zombi te lleva a unos grados de especialización insospechados!
Sacudiendo la cabeza, Dozer volvió lentamente a la escena. Estudió la reja. Tenía algunos nudos metálicos que hacían las veces de embellecedores, pero de los que se serviría para trepar con cierta rapidez. La rapidez era la clave. Tenía que llegar a lo más alto, pasar con cuidado por encima de los penachos acabados en punta y saltar hasta el suelo. Todo en cuestión de segundos. Si se descuidaba e invertía demasiado tiempo en hacer todo eso, los zombis se abalanzarían sobre él y lo tendrían agarrado antes de que llegara siquiera a la tapa.
Y uno no se escapa de los zombis cuando te agarran.
Retirar la tapa de alcantarilla era otra cosa. Siempre llevaban consigo un gancho o una varilla acabada en una T metálica, pero la mochila, como el resto de las cosas útiles, estaba en el fondo del puerto, probablemente a los pies de alguno de aquellos zombis con los pulmones y el estómago llenos de agua. Por lo tanto debía añadir al menos treinta segundos adicionales para forcejear con la dichosa alcantarilla. En treinta segundos, un muerto puede hacerte girar la cabeza más allá de lo humanamente posible. En treinta segundos, uno podía irse por el jodido agujero del olvido eterno.
Por un segundo, pensó en utilizar alguna treta sacada de alguna vieja peli de espías: algo como arrojar un objeto metálico y pesado a la otra punta de la calle. Pero estaba seguro de que eso no funcionaría con los caminantes . No perseguirían la fuente del sonido, simplemente se enervarían y empezarían a buscar alrededor, agitando sus cabezas con gestos espasmódicos. Y entonces no llegaría nunca al otro lado: los tendría allí mismo, introduciendo sus brazos descarnados a través de la reja, con las manos anhelantes y sedientas de carne.
Respiró profundamente; una, dos y hasta tres veces, antes de ponerse en marcha. Dozer era un hombre corpulento, y los músculos de sus brazos eran abultados y redondos como bolas de billar, por lo que verlo saltar y encaramarse a la reja con aquella rapidez resultaba un espectáculo, cuanto menos, chocante. En apenas un instante, su gran corpachón volaba literalmente por encima de la reja y caía sobre el suelo, con las piernas flexionadas, y aprovechaba esa posición para impulsarse y lanzarse hacia delante, a la carrera. Incluso en esos momentos de febril actividad mental, dedicó unos pensamientos a sus compañeros. Hacía demasiado tiempo que funcionaban como un equipo, que no salían solos. Era una regla de oro no escrita; y se le hacía raro que Susana no estuviera detrás, cubriendo sus movimientos a golpe de gatillo.
Dozer recorrió la distancia que le separaba de la apertura en un tiempo récord, batiendo sus robustas piernas con toda la potencia de que era capaz. Cruzó como una estela al lado de dos zombis que se pusieron rígidos como si un viento helado les hubiera cogido de improviso, y los dejó atrás, girando sobre sí mismos con las bocas abiertas. Al lado de la tapa había un muerto que caminaba con las piernas entreabiertas, ligeramente combadas hacia dentro. Parecía mirarle con una expresión de sorpresa, como si en su cerebro una pequeña válvula de alerta estuviera empezando a calentarse y a iluminar, todavía tibia. Dozer llegó hasta él y embistió como un tren de carga, lanzándolo contra el muro bajo que delimitaba el parque. El golpe fue contundente. Allí quedó como Dozer quería: quebrado y confundido, con los brazos bajo el cuerpo doblado y la cabeza ladeada hacia arriba, donde las ramas de los árboles se mecían ajenas a todo.
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