No escuches esta cinta solo, Myron, sino en compañía de un amigo.
Cole
Myron dobló la carta. No sabía qué pensar. Echó un vistazo al pasillo. Ni rastro de Clip. Corrió hacia la salida. Casi todos los jugadores ya habían abandonado el estadio; TC, por supuesto, el primero de todos. Siempre era el último en llegar y le faltaba tiempo para marcharse. Myron subió a su coche e hizo girar la llave en el contacto. Después introdujo el casete y esperó.
Esperanza marcó el número del teléfono del coche de Myron. No obtuvo respuesta. Probó con el móvil, con idéntico resultado. Myron siempre llevaba encima el móvil. Si no contestaba era porque no quería hacerlo. Marcó a toda prisa el número del móvil de Win, quien contestó al segundo timbrazo.
– ¿Sabes dónde está Myron? -preguntó Esperanza.
– Ha ido al estadio.
– Ve a buscarlo, Win.
– ¿Por qué? ¿Pasa algo?
– La Brigada del Cuervo robó las cajas de seguridad. De ellas sacaron la información que utilizaron para extorsionar a Greg Downing.
– ¿Qué descubrieron?
– No lo sé, pero tengo una lista de los arrendatarios.
– ¿Y?
– Una estaba a nombre de B. Wesson.
– ¿Estás segura de que se trata del mismo B. Wesson, el que lesionó a Myron? -preguntó Win tras unos segundos de silencio.
– Ya lo he comprobado. La be es de Burt, y consta en su contrato como entrenador de baloncesto juvenil, de treinta y tres años. Es él, Win. Es el mismo Burt Wesson.
Nada.
Myron hizo girar el botón del volumen. Lo único que surgió por los altavoces del coche fue el sonido de la cinta al rozar los cabezales. Bajó un poco el volumen y luego volvió a subirlo. Oyó un susurro apagado, pero no tenía ni idea de qué podía ser. Después el susurro se desvaneció.
Se hizo el silencio.
Al cabo de unos dos minutos, al fin se oyeron voces. Myron aguzó el oído, pero no distinguió gran cosa. Después las voces empezaron a oírse mejor. Se acercó más al altavoz y, de repente, oyó una voz ronca con nitidez aterradora:
«¿Tienes el dinero?».
Myron sintió que una mano invisible le oprimía el corazón. Hacía diez años que no oía aquella voz, pero la reconoció al instante. Era Burt Wesson. ¿Qué coño…?
Después la segunda voz lo sacudió como un puñetazo:
«Tengo la mitad. Mil dólares. Recibirás la otra mitad cuando lo retiren…».
Myron se puso a temblar. Un sentimiento de furia se apoderó de él. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó haberse preguntado por qué los chantajistas habían intentado venderle lo que sabían sobre Greg. Recordó la carcajada de Cole Whiteman y la sonrisa irónica de Marty Felder cuando se enteraron de que lo habían contratado para encontrar a Greg Downing. Recordó también la voz que había escuchado en el contestador automático de Greg, diciendo: «Está dispuesto a pagar. ¿Es eso lo que quieres?». Y, sobre todo, recordó la expresión de pesar del rostro de Greg en el hospital, muchos años atrás. No fue el vínculo profesional o de amistad lo que había llevado a Greg a visitarlo tantas veces; había sido la culpa.
«No le hagas mucho daño, Burt. Sólo quiero que Bolitar se ausente durante unos cuantos partidos…»
Algo se disparó en los más profundos recovecos de la mente de Myron. Sin ser consciente, dio marcha atrás.
«Escucha, necesito de veras el dinero. ¿No puedes darme otros quinientos? Me van a echar pronto. Es mi última liga, y después me quedaré en la calle…»
Myron aceleró. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Conducía a ciegas.
Cuando llegó a la salida de Jones Road, Myron se enjugó el rostro con una mano y entró en el camino de acceso a la casa de TC. La barrera de seguridad le cerró el paso.
El guardia salió de su caseta. Myron le hizo señas de que se acercara. Cuando el guardia se aproximó al coche, Myron le enseñó la pistola.
– Un movimiento y te vuelo la tapa de los sesos.
El guardia levantó las manos. Myron se apeó, rodeó el coche sin dejar de apuntarle, abrió la puerta del acompañante y le ordenó que subiera. Cuando el hombre lo hubo hecho, abrió la barrera, se sentó nuevamente al volante, puso el coche en marcha y frenó a pocos centímetros de la puerta principal de la casa. Volvió a apearse, la abrió de una patada y entró sin vacilar.
La televisión estaba encendida. TC levantó la vista, sobresaltado.
– ¿Qué coño…?
Myron saltó sobre TC y le inmovilizó un brazo a la espalda.
– ¿Dónde está? -le preguntó.
– No sé de qué…
Myron le retorció el brazo.
– No me obligues a rompértelo. ¿Dónde está?
– ¿Qué cojones te…?
Myron aplicó más presión. TC gritó y se dobló por la cintura para aliviar el dolor.
– Te lo pregunto por última vez -masculló Myron-. ¿Dónde está Greg?
– Estoy aquí.
Myron soltó a TC y se volvió hacia el lugar de donde procedía la voz. Greg Downing estaba en la puerta. Myron no vaciló. Soltó un grito y se abalanzó sobre él.
Greg levantó las manos, pero fue como intentar apagar un volcán con una pistola de agua. El puño de Myron se estrelló contra la cara de Greg, que cayó al suelo. Myron se arrojó sobre él, hundió la rodilla en sus costillas y le dio otro puñetazo.
– ¡Basta! -exclamó TC-. Vas a matarlo.
Myron hizo caso omiso. Echó hacia atrás el otro puño, pero TC se lanzó sobre él para impedírselo. Rodaron por el suelo. Myron hundió el codo en el pecho de TC. Cuando chocaron contra la pared, éste quedó sin aire. Myron se levantó al tiempo que Greg trataba de huir a cuatro patas; saltó por encima del sofá, agarró a Greg por la pierna y tiró de él.
– ¡Te follaste a mi mujer! -exclamó Greg-. ¿Creías que no lo sabía? ¡Te follaste a mi mujer!
Las palabras hicieron mella en Myron, pero no lo detuvieron. Bañado en lágrimas, lanzó otro puñetazo. La boca de Greg se llenó de sangre. Myron se dispuso a darle otro puñetazo, pero una mano de hierro lo cogió por el brazo.
– Ya es suficiente -dijo Win.
Myron levantó la vista. Su rostro estaba transfigurado en una mueca de confusión y rabia.
– ¿Qué?
– Ya tiene bastante.
– Es lo que tú dijiste -protestó Myron-. Greg le pagó a Wesson para que lo hiciera.
– Lo sé -repuso Win-, pero ya ha recibido bastante.
– ¿De qué coño estás hablando? Tú en mi lugar…
– Probablemente lo mataría -admitió Win. Bajó la vista y sus ojos destellaron débilmente-. Pero tú no.
Myron tragó saliva. Win asintió y le soltó la muñeca. Myron dejó caer el brazo a un costado y se puso de pie. Greg se incorporó y tosió sangre en su mano.
– Seguí a Emily aquella noche -consiguió balbucear-. Os vi a los dos… Sólo quería vengarme. No estaba previsto que la lesión fuese tan grave.
Myron respiró hondo. La descarga de adrenalina no tardaría en remitir, pero por el momento aún seguía viva.
– ¿Has estado escondido aquí desde el primer momento?
Greg se tocó la cara, se encogió de dolor y asintió.
– Tenía miedo de que me acusaran de la muerte de esa mujer -dijo-. La mafia me perseguía, continuaba la batalla por la custodia de mis hijos, mi novia estaba embarazada… -Levantó la vista-. Sólo necesitaba un poco de tiempo.
– ¿Quieres a Audrey?
– ¿Lo sabes? -preguntó Greg.
– Sí.
– Sí -repuso Greg-. La quiero mucho.
– Pues llámala -dijo Myron-. Está en la cárcel.
– ¿Qué…?
Myron no dio más explicaciones. Creyó que arrojando aquello a la cara de Greg iba a experimentar cierto placer perverso, pero no fue así. Sólo consiguió rememorar que él tampoco estaba libre de culpa en todo aquel asunto.
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