Harlan Coben - Desaparecida

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Myron Bolitar no es uno más. Es la única esperanza de Terese Collins. Hace ocho años ambos huyeron a una isla caribeña para dedicarse a amarse. Pero ella desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro, incluso para alguien tan avieso como Bolitar. Hasta que sonó el teléfono a las cinco de la mañana. Sólo dijo: «Ven a Parísۛ», dejando el aroma de un encuentro romántico, sensual, lleno de fantasías, con el que recuperar el tiempo perdido. Pero Bolitar ya presagiaba que Terese había pronunciado aquellas palabras con otra intención: era un grito de socorro.
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.

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– Usted y la señora Collins no viajaron juntos, ¿verdad?

– No, ella ya está en París.

– Comprendo. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer en Francia?

– No estoy seguro. Dos, tres noches.

Berleand miró a Lefebvre. Éste asintió, se separó de la pared y fue hacia la puerta. Berleand lo siguió.

– Lamento las molestias -dijo Berleand-. Espero que disfrute de una agradable estancia.

5

Terese Collins me esperaba en el vestíbulo.

Me abrazó, pero no fuerte. Su cuerpo se apoyó en el mío en busca de apoyo, pero tampoco demasiado, ni colapso total ni nada parecido. Ambos nos mostrábamos reservados en nuestro primer encuentro. Así y todo, cuando nos abrazamos, cerré los ojos y me pareció que podía oler la manteca de cacao.

Mi mente regresó a aquella isla del Caribe, pero sobre todo volvió -seamos sinceros- a la cosa que nos definía de verdad: el sexo que te atraviesa el alma. Aquel desesperado sujetarse y destrozarse que te hace comprender, de una forma nada sadomasoquista, que el dolor -el dolor emocional- y el placer no solo se mezclan, sino que se incrementan el uno al otro. Ninguno de los dos tenía interés en las palabras, los sentimientos, los falsos consuelos, el sujetarse las manos, o tan siquiera los abrazos reservados, como si todo eso fuese demasiado tierno, como si una suave caricia pudiese reventar aquella frágil burbuja que de momento nos protegía a ambos.

Terese se apartó. Seguía siendo toda una belleza. Había envejecido un poco, pero en algunas mujeres -quizás en la mayoría de las mujeres de estos tiempos de excesivos estiramientos- un poco de envejecimiento funciona.

– ¿Qué pasa? -pregunté.

– ¿Ésa es tu primera frase después de todos estos años?

Me encogí de hombros.

– Yo empecé con «Ven a París» -dijo Terese.

– Me estoy esforzando en contener el encanto, al menos hasta saber qué está mal.

– Debes de estar agotado.

– Estoy bien.

– Tengo una habitación para nosotros. Un dúplex. Dormitorios separados para que podamos tener esa opción.

No dije nada.

– Tío. -Terese consiguió sonreír-. Es fantástico verte de nuevo.

Yo sentía lo mismo. Quizás nunca había sido amor, pero estaba allí, fuerte, sincero y especial. Ali dijo que lo nuestro no era para siempre. Con Terese, bueno, quizás no estábamos hechos para el día a día, pero había algo, algo difícil de definir, algo que podías poner en un estante durante años y olvidarte y dar por sentado que quizás era así como debía ser.

– Sabías que vendría -dije.

– Sí, y sabes que habría hecho lo mismo si hubieras sido tú quien hubiese llamado.

Lo sabía.

– Estás fantástica -dije.

– Ven. Vayamos a comer algo.

El conserje cogió mi maleta y dirigió de soslayo una mirada de admiración a Terese antes de obsequiarme con aquella sonrisa universal de hombre a hombre que dice: «Menuda suerte, cabrón».

La Rué Dauphine es una calle angosta. Una furgoneta blanca había aparcado en doble fila junto a un taxi y ocupaba casi toda la calle. El conductor del taxi gritaba lo que solo podía suponer eran obscenidades francesas, pero bien podía haber sido solo una forma muy agresiva de pedir indicaciones.

Giramos a la derecha. Eran las nueve de la mañana. En Nueva York a esa hora ya estarían en plena marcha, pero los parisinos aún se estaban levantando de sus camas. Llegamos al Sena por el Pont Neuf. A nuestra derecha, en la distancia, veía las torres de la catedral de Nôtre Dame. Terese comenzó a caminar junto a la ribera en aquella dirección, donde están las casetas verdes famosas por sus libros antiguos, pero que en realidad parecen más interesadas en vender vulgares recuerdos para turistas. Al otro lado del río se alzaba una gigantesca fortaleza con un magnífico tejado abuhardillado que, citando a Bruce Springsteen, era atrevida y austera.

Cuando nos acercamos a Nôtre Dame, dije:

– Te sentirías avergonzada si encorvase la espalda, arrastrase la pierna izquierda y gritase: ¡Santuario!

– Alguien podría confundirte con un turista -contestó Terese.

– Bien dicho. Quizás debería comprarme una gorra con mi nombre escrito en la cinta.

– Sí, entonces pasarías desapercibido.

Terese aún tenía aquella increíble manera de caminar, la cabeza erguida, los hombros echados hacia atrás, la postura perfecta. Otra cosa más de la que acababa de darme cuenta sobre las mujeres de mi vida: todas tenían un andar de fábula. Me resulta sensual el caminar confiado, la manera casi felina que tienen algunas mujeres de entrar en una habitación, como si ya la poseyesen. Puedes saber mucho por la manera como camina una mujer.

Nos detuvimos en la terraza de un bistrot en Saint Michel. El cielo aún estaba gris, pero el sol luchaba para hacerse con el control. Terese se sentó y observó mi rostro durante un largo tiempo.

– ¿Tengo algo entre los dientes? -pregunté.

Terese consiguió sonreír.

– Dios, te he echado de menos.

Sus palabras flotaron en el aire. No sabía si era ella quien hablaba o era la ciudad. París es así. Se ha escrito mucho sobre su belleza y esplendores, y desde luego, todo muy cierto. Cada edificio es una pequeña maravilla arquitectónica, una fiesta para los ojos. París es como una hermosa mujer que se sabe hermosa, le gusta el hecho de ser hermosa y, en consecuencia, no tiene que esforzarse tanto. Es fabulosa y usted y ella lo saben.

Pero más que eso, París te hace sentir, a falta de un término mejor, vivo. Táchelo. París hace que quieras sentirte vivo. Quieres actuar, ser, saborear cuando estás aquí. Quieres sentir, simplemente sentir, y no importa qué. Todas las sensaciones se ven incrementadas. París quiere que llores, rías, te enamores, escribas un poema, hagas el amor y compongas una sinfonía.

Terese pasó la mano por encima de la mesa y cogió la mía.

– Podrías haber llamado -dije-. Podrías haberme dicho que estabas bien.

– Lo sé.

– No me he movido. Mi oficina todavía está en Park Avenue. Todavía comparto el apartamento de Win en el Dakota.

– También has comprado la casa de tus padres en Livingston -añadió ella.

No era un desliz. Terese sabía de la casa. Sabía de Ali. Terese quería que supiese que me había estado siguiendo.

– Desapareciste sin más -dije.

– Lo sé.

– Intenté encontrarte.

– Eso también lo sé.

– ¿Podrías dejar de decir «lo sé»?

– Vale.

– Entonces, ¿qué pasó? -pregunté.

Ella apartó la mano. Su mirada se dirigió hacia el Sena. Una joven pareja pasó junto a nosotros. Discutían en francés. La mujer estaba furiosa. Recogió una lata de refresco aplastada y se la lanzó a la cabeza al chico.

– No lo entenderías -respondió Terese.

– Eso es peor que «lo sé».

Su sonrisa era tan triste…

– Soy un producto caducado. Te hubiera hundido conmigo. Te quiero demasiado como para permitir que eso ocurra.

Lo comprendí solo a medias.

– No lo tomes como una ofensa, pero eso suena como un exceso de racionalización.

– No lo es.

– Entonces, ¿dónde has estado, Terese?

– Oculta.

– ¿De qué?

Ella sacudió la cabeza.

– Entonces, ¿por qué estoy aquí? -pregunté-. Por favor, no me digas que es porque me echabas de menos.

– No. Quiero decir, sí te echo de menos. No tienes idea de cuánto. Pero tienes razón, no te llamé por eso.

– ¿Y?

Apareció el camarero con un delantal negro y camisa blanca. Terese pidió por los dos en un francés fluido. Yo no hablo ni una palabra de francés, así que bien podría haberme pedido un pañal sobre una tostada de pan integral.

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